RESEÑA
Ramón González Férriz: La revolución divertida
domingo 04 de noviembre de 2012, 12:08h
Ramón González Férriz: La revolución divertida. Debate. Barcelona, 2012. 192 páginas. 17,90 €
La revolución divertida, de Ramón González Férriz, reflexiona sobre los movimientos culturales y las revueltas que se han sucedido desde los años sesenta hasta hoy en día. Desde el Mayo francés de 1968 al 15-M español y al Occupy norteamericano, el autor explica por qué las diferentes revoluciones no han conseguido cambiar el panorama político-económico mundial y que sus participantes, paradójicamente, se han integrado exitosamente en la vida pública, ocupando destacados cargos.
El libro subraya cómo, desde su punto de vista, estos movimientos han carecido de ideología política, preocupándose más bien de promover la idea de un mundo mejor, más libertino y libre. Los protagonistas de estas revueltas auguraban –y luchaban por- una mayor libertad sexual o el uso libre de las drogas, y defendían valores como el feminismo, el pacifismo y la ecología. Promovían los derechos civiles y la música rock. Por eso, haciendo un balance, el autor argumenta que estos movimientos han fracasado en su intento de ofrecer una alternativa al capitalismo, un modelo diferente y viable. Diagnóstico correcto, aunque hay un punto importante que quizá el autor no subraya suficientemente: la fortaleza del sistema capitalista y su capacidad de asimilar –e incluso absorber- los movimientos contestatarios. En las últimas décadas, el capitalismo ha mostrado su fuerza, su flexibilidad y su habilidad no solo para “soportar esas revueltas”, tal y como dice el autor, sino también para englobarlas, convertirlas en algo suyo. Como consecuencia de esto, se ha creado esa tensión entre el ideal romántico de la rebeldía y la visión de la imposibilidad práctica de que eso pueda realizarse en tiempos breves.
Se trata de un libro crítico y desencantado. En sus páginas, alternan afirmaciones provocadoras con frases escépticas, mostrando una postura crítica, pero lúcida –y tal vez cínica-, respecto a los resultados alcanzados por los diferentes movimientos de protesta. El volumen se lee rápidamente, de golpe, provocando un “regusto” amargo, una desmitificación que invitan a reflexionar sobre sus planteamientos. Probablemente su principal virtud reside en el hecho de que no deja indiferente y empuja al lector a reflexionar sobre la efectividad y la vigencia de aquellos movimientos que, en sus primeros pasos, gozaron de gran popularidad y que terminaron perdiendo su influencia, siendo absorbidos con el tiempo por la sociedad. Resulta muy interesante la idea del “rebelde burgués”, con sus contradicciones y sus limitaciones. González Férriz revela que los rebeldes de ayer han terminado por formar parte de la sociedad que tanto atacaron. Asimismo, esos movimientos “contraculturales” fracasaron y empezaron a ser instrumentalizados por el sistema. Pese a eso, han triunfado en el plano cultural, consiguiendo condicionar el desarrollo artístico y cultural del mundo occidental.
El libro constituye una interesante reflexión sobre las revoluciones sociales y la sociedad contemporánea, subrayando cómo, en realidad, la mayoría de los actos “revolucionarios” son “revoluciones divertidas”, actos que no anhelan cambiar la política sino aparecer en los medios de comunicación. Un concepto ya expresado en el pasado por el escritor mexicano Carlos Fuentes que habló de “revolución posmoderna” (refriéndose al caso del Chiapas) para indicar una revuelta sin contenido ni trascendencia, montada más bien por un experto en técnicas de publicidad. Finalmente, González Férriz invita a los jóvenes a encontrar nuevas formas de protesta “quizá menos ruidosas, seguramente menos utópicas, pero sin duda más acordes con nuestro tiempo y sus nuevas realidades”. Parece un sabio consejo, ya que muchas veces las acciones de estos movimientos de protesta sirven más bien para ofrecer material –y espectáculo- a los medios de comunicación, sin modificar la realidad vigente. Estos movimientos deben contribuir a la creación de una conciencia crítica ciudadana, anhelando cambiar el sistema, aunque sea a pequeños pasos.
Por Andrea Donofrio