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La estela de Ibarretxe

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Creo que el President cada vez se parece más a Ibarretxe: empeñado en ignorar, como el exlehendakari, los obstáculos que la realidad, el mundo pragmático de lo existente, por ejemplo el derecho, o la economía, o el sentido común, oponen a sus ensoñaciones o su mundo ideal. El President, como Ibarretxe, participa de esa actitud que afecta al nacionalismo en un determinado momento, cuando la introspección y el autismo propios de los pensamientos autorreferenciales, llevan a los partidarios de tal ideología, como señalara George Orwell, a “dejar de estar interesados por lo que ocurre en el mundo real”. A mi juicio la manifestación más contundente de la desviación idealista del President consiste en su pretensión, por decirlo así, de desdramatizar la separación de Cataluña de España, nueva versión de los planteamientos amables sobre las relaciones con el Estado en que Ibarretxe solía insistir.¿Qué hay de malo en la separación? Mas detecta un tedio en las relaciones de Cataluña con España: un cansancio que demanda el término, ¿Por qué no acabar con un trato, que no puede funcionar sobre la rutina y que sólo genera reproches e incomprensión mutuos? Todo es bien sencillo en este nacionalismo de bolsillo que Mas ofrece, en este mundo simple y feliz, ingenuo y maravilloso, que el President prodiga en sus apariciones constantes en los medios, no importa su formato, a veces algo friki, ni el horario en que tengan lugar. ¿No se rompen las parejas?¿No cambian las oportunidades en la vida de las gentes? Lo mismo puede ocurrir en las relaciones políticas. Hemos vivido mucho tiempo con España, parece pensar el President, incluso sin duda hemos contribuido decisivamente a introducir la democracia en este país. Pero por qué seguir en la Unión con España , como si estuviéramos predestinados a ella . Miremos lo que ocurre en la vida civil, cambian las relaciones sentimentales y las gentes pasan de un país a otro y deciden sobre su identidad colectiva . Preguntemos a la sociedad, entonces, ¿No es esto lo democrático? ¿Quién puede impedirnos decidir? ¿Las leyes? Pero las leyes, ¿no obtienen su legitimidad de la voluntad popular? ¿Y la voluntad popular que vale, no es la última, la que puede ser convocada al efecto, consultada de verdad, pues siempre es activa y cambiante, irreducible a su consolidación de manera fija o solemne, en un derecho viejo y desacreditado?

No es fácil oponerse a este pensamiento embalado, a este disparate de encantamiento y felicidad. Pero es necesario hacerlo, contando además con el precedente del Plan de Ibarretxe, que sólo consiguió frustración y supuso el desperdicio de tantas energías gastadas. Se me ocurren dos líneas argumentales. En primer lugar el soberanismo de Mas altera la tradición catalanista que conjugaba el cuidado por los asuntos de Cataluña con el protagonismo en la política española. En este tipo de planteamientos era en los que se movía Prat de la Riba, como Cambó, y era el que asumió Convergencia hasta la fecha. Es bien difícil a una ideología como la nacionalista, que cree en la persistencia secular de Cataluña admitir que en una determinada situación, la patria pueda abandonar su tradicional definición política y aventurarse en una dirección inédita como es la independencia. Este salto contrahistórico en una ideología que atribuye al pasado un peso decisivo en su configuración como ocurre en el nacionalismo, aporta un sentido incongruente al soberanismo de Mas que llama poderosamente la atención.

Pero en segundo lugar, lo que sorprende de Mas es la ignorancia de lo que significa constitucionalmente hablando su apuesta soberanista, cuando se pretende llevarla a la práctica con independencia de que nuestro ordenamiento lo permita o lo prohíba. Se equivoca Mas de plano si cree que el límite constitucional es poca cosa o que puede ser superado ante un evocación a la voluntad popular sea cual sea la forma en que esta se solicite. Permitirá el President que ante la simplicidad de su planteamientos, presentando la opción secesionista como un episodio más, con sus ventajas e inconvenientes, de la vida política, se insista en la severidad de la cuestión, que supondría un suceso absolutamente traumático para la vida nacional de España. Por lo tanto no es la decisión sobre la separación de Cataluña un evento sin especial relieve, asimilable a las conclusiones que en su existencia particular un simple ciudadano pueda tomar. Y, por otra parte, se trata de un hecho político que solo puede contemplarse desde los cauces y procedimientos constitucionales. Una burla o sorteamiento de la Constitución en esta materia, no supondría una infracción sin alcance de la Norma Fundamental, asimilable a las que se producen con frecuencia en el mundo del derecho, sino una vulneración tan flagrante de nuestro orden político, que sencillamente nos dejaría sin Constitución. Pero sin Constitución, no es posible la democracia. Por eso, hablando desde las convicciones democráticas, las oportunidades de Mas son tan pocas.
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