España pide la independencia de España
viernes 09 de noviembre de 2012, 18:49h
A principios del siglo XX, un lingüista europeo se fue a trabajar a los EE.UU. Como su cambio involucraba la concesión de la residencia, las autoridades le hicieron un interrogatorio. Uno de estos en los que tratan de averiguar rincones subversivos de la mente del interrogado. Le preguntaron, claro está, si había pertenecido a alguna organización comunista; el viejo lingüista dijo que no. Le preguntaron si había llevado a cabo en algún momento de su vida actividades anti-norteamericanas; respondió con un rotundo no. Le preguntaron entonces si estaba a favor de la poligamia; el viejo lingüista respondió: “¿Sincrónica o diacrónicamente?
Ignoro si el agente de inmigración conocía la diferencia entre sincronía o diacronía y captó la ironía. “Sincronía” indica simultaneidad. “Poligamia sincrónica” es tener varias mujeres a la vez. “Diacronía” indica secuencia temporal, por lo que “poligamia diacrónica” es tener varias mujeres sucesivamente. El profesor viajaba a los EE.UU. acompañado de su tercera mujer, por lo que era un polígamo diacrónico, y era de esperar que un hombre preocupado por la precisión de los términos fuera puntilloso en su respuesta.
La gracia de la anécdota radica en el sesgo de la pregunta del lingüista. Cuando se menta la poligamia, todo el mundo se imagina en su cabeza un hombre con varias mujeres a la vez, no una detrás de otra. El tiempo, ese pequeño bálsamo natural para la memoria, parece que quita hierro a la poligamia diacrónica, la convierte en “una cana al aire”, “una infidelidad” y de forma genérica en “donjuanismo”.
Un sesgo similar tiene la cuestión de la independencia. Todos pensamos al oír la palabra en la separación de otro; pero, nos podemos preguntar, la independencia, ¿incluye la secesión de uno mismo con respecto a uno mismo? ¿Puedo independizarme de mí mismo?
Si declaro que me quiero independizar, todo el mundo pensará que quiero hacerlo de otro, sea mujer, organismo, institución al cabo. Nos independizamos de lo que no queremos o pasamos a querer de otra manera. Los hijos se independizan de los padres (aunque en España eso sea una forma del milagro). Pero lo importante es que la independencia es de otro, otro al que quien se independiza ve lesivo para su posterior desarrollo. Un hijo, por ejemplo, se independiza de sus padres para desarrollar su propio núcleo familiar, sea este con hijos, mono-parental o de un solo individuo.
Los catalanes han empezado a pedir la independencia. Entre ellos, ha surgido un político que pone voz a esa inquietud. Su voz ha desatado muchas reacciones que destacan desde la inconstitucionalidad del asunto, la conveniencia electoralista de la independencia como cortina de humo de los problemas regionales (que son los mismos que los centrales), hasta las carencias en la inteligencia de los involucrados. De entre ellas, se descuellan las voces que aducen razones económicas como base de tal demanda. En resumen, dicen, Cataluña se quiere independizar: a. porque no quiere contribuir con su dinero a la ayuda de regiones más pobres; b. porque quiere evitar la quiebra del estado central. En definitiva, Cataluña quiere escaparse de la debacle contable.
En principio, parece razonable querer escapar de una debacle de cualquier naturaleza. Hay muchas películas sobre el asunto, desde colosos en llamas hasta la cercana “Lo imposible” de Bayona, de bastante éxito de taquilla. Nos encanta asistir a las huidas ante el desastre, sea natural o humano. Rodeados de corrupción política, de bancos y cajas con los arcones llenos de telarañas, de corredores bastante visibles de dinero negro con destino Suiza o las Caimán, de grandes compañías deficitarias que se ven obligadas a efectuar reconversiones de forma abrupta que se podían haber efectuado de forma gradual hace algunos años, de colectivos minoritarios que han defendido privilegios con la mayor intransigencia y que han fosilizado un orden de cosas del pasado abocado al desastre, de una justicia que evita el juicio sobre ciertos delitos de malversación pero se apresta a actuar sobre personas que luego saltan por las ventanas por los desahucios… ¿Cuál sería la mejor reacción? Quizá la independencia, que es lo que piden algunos catalanes. Ante el desastre, la huida; ante lo imposible, la creación de una posibilidad. Hay que huir de España, de la torre construida con ladrillos de pandereta que comienza a desmoronarse por las lluvias de abril y noviembre. El catalán sueña con separarse de España. Pero, ¿con qué sueña un español? ¿Con qué puede soñar? ¿De qué puede independizarse?
Muchos españoles también querrían independizarse de España. Dejar atrás la clase política, la constitución del 78, las hipotecas basura, la precariedad laboral, el paro, los desequilibrios entre las comunidades, la falta de transparencia de las instituciones, la historia de división… Dejarla atrás y huir hacia otro país que es el mismo pero es otro, el mismo, otro… hacia un proyecto diferente. Pero claro, todavía no ha surgido una voz que prometa a los españoles independizarlos de España. Al tiempo.