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De nuevo la Atlántida

José María Herrera
sábado 10 de noviembre de 2012, 18:11h
Hace noventa años Howard Carter descubrió la tumba de Tutankamon. Fue un hallazgo sensacional que desató la pasión por la arqueología. Ortega interpretó esta pasión como una prueba del creciente interés de los hombres por el pasado y, paralelamente, de su necesidad de huir del presente, cada vez más opresivo. “A los europeos le interesan mucho más este tipo de exploraciones subterráneas que los debates de la Sociedad de Naciones”, escribió en 1924 en Las Atlántidas. Hoy no nos extraña en absoluto. Mientras el futuro tendía a convertirse en un atolladero, el pretérito se ensanchaba sin cesar gracias al conocimiento de la prehistoria, el mundo oriental, los pueblos salvajes y las civilizaciones perdidas.

La idea de que civilizaciones completas hubiesen llegado a desaparecer se consideraba poco razonable en el siglo XIX. Fue la arqueología precisamente la que puso de manifiesto la importancia del olvido al hacer aflorar restos de épocas y culturas de las que no se sabía nada. Las burlas que produjo Schliemann cuando embarcó camino de Troya, ciudad que se tenía por una fantasía de Homero, derivaron tras el éxito de sus excavaciones en una estupefacción similar a la que causaron los hallazgos de fósiles que corroboraban las atrevidas hipótesis de los evolucionistas. Buscar la Atlántida, el continente sumergido del que hablaba Platón, dejó, pues, de ser un disparate.

El filósofo, o más exactamente Critias, personaje de dos de sus diálogos, recuerda que Solón, uno de los mayores viajeros de la antigüedad, descubrió en el templo de Sais que los egipcios, gracias al uso inveterado de la escritura, poseían mucha más información sobre el pretérito que los griegos. Sus crónicas conservaban el recuerdo de acontecimientos que habían sido olvidados en otras partes del mundo. Una de ellas celebraba la victoria ateniense (¡nueve mil años atrás!) sobre el ejército de un potente imperio que avanzaba desde el oeste hacia Europa y Asia. Este imperio se asentaba al parecer en una isla enorme situada más allá de las columnas de Hércules, la Atlántida, la cual desapareció poco después a causa de un terremoto. Los atlantes, descendientes de Poseidon, habían desarrollado una poderosa civilización, pero al mezclarse muchas veces con los mortales fueron agotando su porción divina y llenándose de soberbia. La aniquilación de la ciudad y el hundimiento de la isla donde se asentaba fue el castigo que Zeus les impuso por sus excesos.

Este tipo de fábulas cumple una función precisa en la obra de Platón. Platón concebía la filosofía como el esfuerzo por mostrar que el mundo tiene sentido y, por lo tanto, que no coincide con la pobre idea que tenemos de él. La verdad está más allá de donde nosotros estamos habitualmente y para alcanzarla hay que romper las ligaduras que nos encadenan a la tradición. Las alegorías tienen el propósito de ayudarnos a lograr dicha ruptura. Los lectores ingenuos, entre ellos acreditados especialistas, creen sin embargo que son literalmente ciertas. No es extraño por eso que de cuando en cuando, igual que ocurre con el arca de Noé o la torre de Babel, alguien anuncie el hallazgo del continente perdido. La última hace solo una semana, coincidiendo con el descubrimiento por parte de unos científicos canadienses de una antigua ciudad sumergida en aguas caribeñas.

La Atlántida es un mito y los mitos están hechos de palabras. Detrás de ellas lo único que hay es el pensamiento de quien las concibió. Buscar algo material que pueda justificarlas es no entender la esencia del mito. Quizá en las profundidades del Atlántico haya de verdad un continente perdido, pero aunque lo hubiera, la importancia del texto de Platón no radicaría en los hechos a los que alude, sino en su significado. El filósofo ateniense, uno de los más grandes de la historia, no quería despertar la curiosidad de los arqueólogos futuros, sino prevenir a sus lectores de que el exceso es el principio del fin.
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