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Pesadilla en un hotel de ciudad

jueves 15 de noviembre de 2012, 21:07h
Como el personaje de Kafka me desperté sobresaltado en aquella habitación de hotel de ciudad. No me había transformado en una cucaracha pero la cabeza me explotaba y cuando abrí los ojos caí en la cuenta del por qué. Aquellos cortinones de cuadros de colores incombinables que miré de soslayo antes de acostarme me habían provocado una patética pesadilla y me estuvieron atormentando durante la noche. ¡Qué espanto! A aquel decorador habría que encontrarle trabajo en Islandia, imponiéndole la penitencia de cargar sobre sus espaldas con mil metros de esa tela para su venta en el mercadillo de Reikiavik.

Para pasar la jaqueca necesitaba un buen pastillón que no podía pasar sin un generoso vaso de agua. Me levanté y abrí la puerta del minibar. Mi natural curiosidad me llevó a fijarme en el listado de precios. La botella de 33 cl. estaba valorada en 2,5 euros (más de cuatrocientas pelas). ¡Qué disparate! Era un atraco a mano armada. En los chinos te dan cinco o seis por ese precio. Pero tuve que pasar por el aro a riesgo de atragantarme con el paracetamol de 600 miligramos.

Me despejé –y después de superar el test de la ducha diseñada para doctores en ingeniería industrial sofisticada y de última generación- bajé al salón de desayunos. Eché una ojeada a todos los productos, pero el zumo era de bote y el café era expulsado por una máquina ruidosa que fabricaba un mejunje oscurillo capaz de engañar solamente a los guiris. Me atraganté con el bollo industrial y decidí ir al encuentro de un bar de los siempre en los que el café, el zumo y la tostada saben a lo que tienen que saber.

No tenía posibilidad de formular queja o reclamación alguna porque el hotel me salía muy barato. ¡Estos de Booking te dan unos precios excelentes!, pensé. Y con este espíritu me dirigí a recepción, arrastrando eso sí una estruendosa maleta de ruedines que tropezaba con todas las esquinas e incluso pasó por encima de algún pie situado en el lugar incorrecto.

Me dio los buenos días una señorita vestida de riguroso luto adornado con un cuellito blanco que rompía aquella tristeza y que, eso sí, se identificaba con una plaquita plateada con su nombre grabado.. Amabilísima y sonriente me preguntó por mi número de habitación y mientras aporreaba el teclado para imprimir la liquidación me preguntó –con esa típica expresión complaciente que la empresa les impone- si había estado todo a mi gusto. Tenía preparada la respuesta, escueta y positiva. No quería meterme en libros de caballerías pues tenía prisa y además no serviría para nada pues ya se sabe donde acaban las reclamaciones (en respuestas inanes). Me entregó la factura en la que, además del precio desmedido de la botellita de agua (siempre he pensado que debería estar incluida en el precio, del mismo modo que el jaboncito o el gel), me aplicó la tarifa del aparcamiento por la que me cascaba 16,50 euros (casi tres mil pesetas). Me quedé atónito. Me llegó inmediatamente a la mente el menú que estaba pegado (con papel celo) en el ascensor. Por 14 euros te ofrecían dos platos (incluido el foie al Pedro Ximénez y merluza de pincho), postre y media botella de vino de cosechero). O sea que es más caro aparcar que darse un homenaje gastronómico. ¡Esto es de locos! Puse cara de póker y pagué religiosamente.

Llegaba tarde a la jornada a la que estaba convocado. Comenzaba con una mesa redonda que era rectangular y que dejaba al aire las piernecillas de los ponentes que jugueteaban con ellas, ante las miradas de los asistentes, con un aire ridículo, casi pornográfico. Uno de ellos se había colocado unos calcetines de rayitas que daban grima, otro mostraba uso zapatos cuya última limpieza debió ser antes del estallido de la primera guerra mundial, y el último no podía ocultar un tomatón estilo Presidente del FMI en el Taj Mahal. La moderadora, mucho más prudente, cruzaba las piernas armoniosamente, pues una mujer siempre percibe los peligros de las mesas destapadas.

Volví al hotel a recoger la maleta. Aunque ya era tarde preferí tomar el camino de vuelta a casa para no someterme a nuevas penalidades.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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