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Louise Bourgeois: Dolores e ironías

jueves 15 de noviembre de 2012, 21:17h
Cuando aparecieron las necrológicas a raíz de la muerte de la artista francesa, hubo cierta unanimidad en que nos dejaba una de las “grandes” del arte del siglo XX. Viendo la exposición que nos ofrece la Casa Encendida de Madrid sobre la producción de los últimos diez años, uno encuentra justificada la valoración.

Sin entrar a juzgar sus calidades estético-formales, la visita a la exposición deja una impresión clara: la extraordinaria complejidad de las referencias, implícitos, alusiones, guiños, “citas”, indicios que acumula su obra. Podría decirse con poca exageración que la obra de Bourgeois contiene capas y capas sedimentadas de la inteligencia francesa (y occidental), al menos desde que la Ilustración se volvió un ideal sospechoso, sombrío, ironizable.

Desde el Marqués de Sade hasta las ideas segregadas desde las minimalistas galerías del Village neoyorkino se pueden detectar como estratos geológicos más o menos reconocibles en las formas, colores, texturas, “narraciones” o “instalaciones” de la obra de Louise Bourgeois el trabajo que la presión del tiempo histórico ha ejercido sobre la materia simple de las ideas recibidas. Ahí está el pasado de la inteligencia francesa, desde Rimbaud y Baudelaire, pasando por las ingenuas vanguardias de Dadá y el surrealismo, aunque sospecho que se sentía más cómoda dialogando con los márgenes del movimiento y, en tal sentido, Bataille le resultaba más interesante que Breton, y, por supuesto, Artaud y su teatro de la crueldad aún más. También hay algo de la oscura autorreferencialidad de Blanchot, y por esa vía conecta con la tradición que siempre se siente cómoda ironizando sobre la clarté de Monsieur Descartes. Pienso en Lacan y, por supuesto, en su maestro Freud: su forma de relacionar emociones humanas, pulsiones animales y mitos religiosos.

La absorción plástica de ese pasado francés también me parece evidente aunque mi ignorancia me invita a ser prudente: veo a Duchamp, a Picasso, a Giacometti y una cierta asunción irónica de Brancusi… Si la obra que se expone en La Casa Encendida fuera toda la obra de Louise Bourgeois y no la de sus últimos diez años, ya merecería la calificación de “una de las grandes” del arte occidental. Pero a pesar de haber descrito su obra como una poderosa síntesis de la modernidad europea, ello no le resta, antes al contrario, originalidad alguna. El enfoque sintético de su trabajo, a la par que profundo, revela experiencias estéticas perfectamente nuevas, quizá no fácilmente comprensibles. Creo que Bourgeois es una creadora genuina, aunque no sé si hay que tomarla en serio. Viendo una de sus instalaciones pensé que era una Cocó Chanel que prefiriera configurar sus más íntimas fantasías con materiales de deshecho. Es un tópico repetido en los catálogos y notas de presentación: la Bourgeois objetiva sus fantasmas. Hace arte transformando, transfigurando, en suma, exorcizando las más antiguas, profundas y queridas heridas del alma, de la existencia.

Pero hay algo que no me termina de encajar. ¿Una síntesis de tragedia e ironía, de dolor y cotidianidad? La racionalidad puede ser ironizada y las emociones también y mejor. Pero, ¿puede serlo el absurdo y el sinsentido de la vida, la muerte innumerable y el dolor sin fondo? Hay un ingrediente de nihilismo civilizado en su obra que no admite ser tomado en serio. Algo así pasaba con Picasso. Y es que ciertas manifestaciones de la inteligencia que se hicieron cargo de la crisis del siglo XX sólo se salvan –y por eso nos interesan aún—por la falta de seriedad, por la elección del tono menor, por dejar fuera las grandes palabras, gestos, rescates. Pero sin perder de vista ese trasfondo trágico, que se ironiza, sí, ma non troppo.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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