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mundo árabe

¿Estamos a las puertas de una nueva guerra en Oriente Próximo?

viernes 16 de noviembre de 2012, 14:56h
La última y enésima escalada de violencia entre israelíes y palestinos amenaza con volver a desestabilizar una región frágil de por sí. Los ataques perpetrados por ambos bandos, así como la movilización de miles de reservistas hebreos, han temer por una inminente invasión de la Franja de Gaza. Mientras, la comunidad internacional llama a la calma y al diálogo con la sobra de Irán acechando en un horizonte no tan lejano.
En los últimos días, fuerzas militares israelíes y milicianos palestinos de Hamás se han enzarzado en una preocupante escalada de violencia que amenaza con desembocar en una nueva intifada y la invasión de la Franja de Gaza.

Hamás, al que muchos adjudican estrechos lazos militares y políticos con el régimen iraní de los ayatolás, ha hecho caso omiso de las advertencias del Gobierno de Benjamin Netanyahu y ha lanzado decenas de cohetes sobre territorio israelí, algunos incluso cayendo en Jerusalén o en la capital, Tel Aviv, donde las alarmas antiaéreas han sonado por primera vez desde la primera Guerra del Golfo.

En respuesta, Israel ha puesto en marcha numerosas operaciones de contraataque contra supuestos enclaves terroristas, una de los cuales acabó con la vida del jefe del brazo armado de la milicia palestina, Ahmed Yabari, llama original que prendió esta vez la mecha de las hostilidades, lanzaderas de cohetes y depósitos de armas.


Ataque contra el dirigente de Hamás, Ahmed Yabari. Fuente: Youtube


La permanente situación de tensión que sufre la región había quedado en un segundo plano a la sombra de la guerra civil que se está desarrollando en la vecina Siria. Además, el hecho de que los esfuerzos de Estados Unidos en los últimos tiempos se hayan centrado más en frenar el programa nuclear de Mahmoud Ahmadineyad y que la Unión Europea esté enfocada en asentar los regímenes políticos surgidos tras la Primavera Árabe ha provocado que, lo que para muchos es un conflicto sin solución, haya escrito un nuevo capítulo de sangre y de violencia.

Tampoco hay que dejar de lado la proximidad de las elecciones generales hebreas, previstas para el próximo 22 de enero, que condicionan en gran medida la capacidad de respuesta del Ejecutivo de Netanyahu, y las continuas reclamaciones de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), con Mahmud Abbás a la cabeza, ante Naciones Unidas para que se reconozca al territorio como un estado soberano de pleno derecho.

El círculo vicioso que supone el lanzamiento de cohetes palestinos y la consiguiente respuesta israelí, bautizada como operación Pilar Defensivo, hace muy difícil que una escalada de violencia como la actual, que ha llevado al Ejército hebreo a movilizar a 30.000 reservistas, según las últimas informaciones, logre enfriarse de manera inminente.

Esto agrava aún más si cabe la situación de miles de refugiados palestinos hacinados en los campos de acogida en donde malviven a diario. Y todo esto sucede en medio de una visita relámpago (por culpa de la escalada de la violencia) del primer ministro egipcio, Hisham Kandil, a la zona.


Soldados israelíes en un autobús cuando se dirigen a la frontera con Gaza. Foto: Efe


Pero, detrás de este nuevo episodio de violencia se esconde un intrincado juego de poderes y presiones en ambos bandos que terminan por dibujar un cuadro ya de por sí complicado y hostil.

En los últimos cuatro años, desde la operación Plomo Fundido de 2008, los ataques con misiles palestinos en el sur de Israel se han multiplicado hasta alcanzar la friolera de 800 ataques en lo que va de año.

Hasta hace pocos meses, Hamás había rebajado su discurso de retórica anti-israelí con el objetivo de afianzar su poder en la Franja de Gaza. El crecimiento de pequeños grupos yihadistas (Jihad Islámica o Comités de Resistencia Popular) en la región, auspiciados, según el Mossad, por Teherán, ha provocado que su hegemonía se tambalee, o al menos se vea incomodada. Esto ha llevado a sus dirigentes a retomar la línea dura de actuación para no perder la supremacía política y militar y evitar la inestabilidad interna.

Por lo pronto, Estados Unidos, por boca del propio Barack Obama, se ha puesto de parte de su tradicional aliado, Israel, y ha apelado a su "derecho a defenderse de cualquier ataque terrorista". Además de los tradicionales pactos entre Washington y Tel Aviv en materia de seguridad, esta declaración esconde la firme intención del Gobierno estadounidense de posicionarse del lado hebreo ante la amenaza que supone Irán.

Aunque no sea de manera oficial ni muy evidente, el régimen de los ayatolás abastece de forma periódica con material militar, entrenamiento y milicianos a los grupos que hostigan a Israel, país al que ha jurado odio eterno y su destrucción de la faz de la Tierra. Una intervención directa de tropas iraníes en favor de Palestina sería, además de muy improbable, una declaración de intenciones en toda regla que llevaría al conflicto a un nivel de violencia muy superior. En tal caso se espera que EEUU entrara de pleno en las hostilidades en defensa de Israel.

Por otro lado, Netanyahu se juega el puesto en apenas mes y medio y la opinión pública le exige mano dura contra el terrorismo. De este modo, el primer ministro israelí se enfrenta a la disyuntiva de ceder ante las presiones políticas en favor de las urnas u optar por el diálogo, tal y como se le pide desde Europa y la ONU. Y todo sin el apoyo conciliador que jugaba en la región el depuesto presidente Hosni Mubarak, sustituido por unos imprevisibles Hermanos Musulmanes.

Por lo pronto, una veintena de palestinos y tres israelíes han perdido la vida en los últimos ataques de uno y otro bando en lo que se antoja como el primer asalto de un combate que lleva décadas declarándose nulo sin que nadie sepa muy bien cuál es la solución.
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