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Política digital y secesión

lunes 19 de noviembre de 2012, 20:39h
El panorama político norteamericano tras las recientes elecciones es todo menos letárgico. Lo previsible del triunfo del presidente en ejercicio, especialmente tras el huracán Sundy, no se ha traducido ni mucho menos en rutinario “business as usual”. No es tanto la incertidumbre de cómo salvar el abismo fiscal al que la estrategia negociadora de Obama con la mayoría republicana de la cámara baja ha conducido, porque todos dan por hecho que alguna fórmula habrá para evitar despeñarse, sino el coruscante asunto de la dimisión del director de la CIA por su enredo sentimental y sus amistades con la arribista que, al parecer, ha tenido todo el día pegado al PC para intercambiar mensajes escabrosos al jefe de las fuerzas en Afganistán. Lo mollar del asunto no son sus ingredientes de vodevil, que los tiene todos y ya los veremos en su día en las pantallas, sino que detrás va a venir la necesidad de dar explicaciones por lo ocurrido en Bengasi y los engaños de la Casa Blanca, sin que vaya a resultar suficiente la línea Maginot de medios afectos tras la que se esconde Obama.

Las derivaciones de los comicios se van superando mientras los republicano se lamen las heridas, aunque haya quien se pregunte cómo fue posible que en tantos distritos de mayoría negra Romney no sacara ni un solo voto o en otros Obama lograse el ciento diez por ciento del censo. Hay, no obstante, una cuestión indirectamente procedente de las elecciones y propiciada por la iniciativa de ciberpolítica de la Casa Blanca. Se trata de una página abierta para que quien quiera plantee propuestas que el presidente pueda incorporar a su agenda política. La presidencia se compromete poco, sólo a considerarla y someterla a análisis, pero es algo. Para ello es necesario que en el plazo de un mes reciba al menos 25.000 firmas de apoyo procedentes del mismo estado al que afecte la propuesta. Hasta ahora pocas han pasado ese umbral y menudean las ocurrencias peregrinas junto a otras de mayor calado como legalizar la marijuana o romper relaciones con Israel. A los pocos días de proclamados los resultados, en esa página se insertó una propuesta para la secesión del estado de Texas de la Unión. Los tejanos han cultivado siempre una cierta personalidad entre sus compatriotas expresada a veces en asuntos aparentemente triviales y otros no tanto. También, dada la historia de su incorporación a la Unión, es común la creencia, falsa, de que el Texas Annexion Agreement de 1845 les faculta para independizarse si así lo quieren. Hace unos meses, un escritor novel, Bob Smiley, publicó un relato de política-ficción, “Don’t mess with Travis”, en el que un presidente tipo Obama decidía a un gobernador conservador a independizar el estado tejano para huir de las políticas dispendiosas e intervencionistas de Washington. Es difícil saber en qué medida el libro recogía un estado de opinión o ha inspirado esa iniciativa plasmada en la página de la presidencia.

Lo importante es su efecto; en pocos días no sólo ha alcanzado el mínimo de firmas requeridas sino que lo ha cuadruplicado sobradamente, desencadenando un conjunto de reacciones sociales y políticas notables: desde grupos progresistas que piden por la misma vía que se despoje a los firmantes de la ciudadanía americana, hasta la intervención del gobernador Rick Perry (un gobernante que conoce sus obligaciones y el sentido de la prudencia) reiterando la solidez de los vínculos que unen Texas a los Estados Unidos. Pero sobre todo, en este momento de casi todos los estados de la Unión han salido peticiones insertas en la página de la Casa Blanca pidiendo la secesión. En varios casos se trata de más de una petición para un mismo estado, varios de ellos (según los datos de media mañana, hora de Washington, del 16 de noviembre), por ejemplo, Florida, Tennessee, Lousiana o Carolina del Norte han sobrepasado las 25.000 firmas, y otros más podrán hacerlo en las próximas horas o días. En total se acerca al millón el número de norteamericanos que han firmado (posiblemente algunos las peticiones de más de un estado). Las posibilidades de que esas pretensiones prosperen son nulas, pero su significado intrigante. Seguro que muchos firmantes son votantes frustrados por la victoria nacional de Obama en cuyos estados la mayoría ha sido claramente de signo contrario, y también recelosos de sus políticas de expansión del gasto e intervencionismo. Pero sin duda hay algo más que también puede en cierto modo relacionarse con el furor secesionista que cunde por Europa al abrigo del discurso miserable patentado por los intachables capos de la Padania, el de “somos especiales y mejores, nos roban y nos vamos”.

Las razones de todo orden que hay detrás de esas tendencias son complejas e interpretar el fenómeno por una única de ellas carece de sentido. Pero algo tendrá que ver con las estrategias de política electoral que segmentan identidades culturales, sexuales y de toda condición, cristalizando minorías que quieren hacer de su diferencia privilegio. En suma, actuar cara a lo que se dice ser diferenciadamente y no a lo que de común y compartido hay en toda comunidad política. Con ello se minan las homogeneidades y lo universal, y se cultivan las actitudes centrífugas. Algunos tienen la suerte de verlas exteriorizar sólo mediante política digital, que es más inocua.

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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