En busca de propietarios chinos y rusos
miércoles 21 de noviembre de 2012, 20:25h
Reconozco que aún perduran los ecos de mi estupor – y probablemente el de muchos de ustedes – después de escuchar por primera vez la propuesta del Gobierno para deshacerse del “parque inmóvil” de este país invadido de ladrillo y hormigón. La solución anunciada consiste en dar permiso de residencia a aquellos extranjeros que compren una vivienda cuyo precio sea superior a 160.000 euros. ¿Sin más requisitos o condiciones? Hay que leerlo o escucharlo al menos dos veces para no caer en la tentación de dejar la boca abierta a merced de las moscas que pululan continuamente. Por otra parte, soy tan ingenua que aún sigo creyendo que, en general, este tipo de ideas “originales” brotan de las agudas y preparadas mentes de esos seres tan etéreos llamados asesores. No cuesta imaginarlos concentrados alrededor de una ovalada mesa de caoba con una lista de los asuntos que requieren de su indispensable análisis y posterior consejo.
A ver, primer punto del orden del día: un enorme puñado de casas que no se venden ni a tiros, edificios enteros tapiados a cal y canto para impedir el acceso de okupas o mendigos e, incluso, lujosas urbanizaciones cuyos promotores se quedaron sin dinero antes de terminar la obra. ¿Qué hacer? Inspeccionar nuevos nichos de mercado para ofrecer el producto utilizando todas las armas de que ofrece el marketing. Si quienes tienen dinero para adquirir un inmueble en suelo español resulta que ya no son los españoles, entonces habrá que trascender fronteras, idiomas y hasta culturas para, como dijo Mariano Rajoy, deshacerse del stock de viviendas. Personalmente, y les pido de antemano disculpas por la frivolidad, no creo que nadie, por mucho que un recién llegado se haga cargo de buena parte del importe de su carrito de la compra, estuviera dispuesto a darle sus apellidos a las primeras de cambio, sin conocer sus antecedentes o sus propósitos. En cualquier caso, dice el refrán que “a grandes males, grandes remedios”, aunque muchas veces se trate en realidad de aquel otro dicho que reza “pan para hoy, hambre para mañana”.
Lo que resulta indudable es que los asesores – que haberlos, los hay igual que las meigas – seguro que están plenamente convencidos de que la mencionada estrategia es brillante y, desde luego, no soy quien para quitar la razón a las sesudas mentes que dicen velar por nuestros intereses. Aún así, resulta inevitable que uno se haga preguntas e intente encontrar respuestas con el sentido común que, en definitiva, habría de regir cualquier tipo de decisión política. Lo que ocurre es, precisamente, que política y economía van estrechamente cogidas de la mano. Siempre lo han hecho, de modo que más aún cuando el asunto toca bolsillos y carteras. Es así en cualquier país del mundo, que se lo digan al recién reelegido presidente de Estados Unidos, Barak Obama, que lleva años enfrentándose a las compañías aseguradoras, indiscutible centro de poder en aquel país: Algo así como lo que ocurre en España desde hace décadas con las constructoras, “niñas de sus ojos” de los gobiernos, cualquiera que sea el color de su ideario político. Porque el color siempre destiñe al contacto con las promesas de inversión y caja. Siendo prácticos está claro que las economías nacionales, autonómicas y familiares precisan con urgencia de medidas que compensen gastos con ingresos. De modo que si ahora los potenciales compradores tienen los ojos rasgados y no pronuncian la r o son de los que huyen de los crudos inviernos de Moscú y San Petersburgo, habrá que ir a buscarlos y hasta regalarles los apellidos, en vez del juego de cacerolas con el que durante años nos han despachado a los clientes de estas tierras. Dejando de lado el surrealismo, lo que preocupa es que con esta iniciativa se líe aún más el bucle y las grandes constructoras regresen de su lucrativo exilio en los Emiratos Arábes y otros países ajenos a la crisis, para volver a instalar grúas en páramos manchegos, lomas extremeñas o costas gallegas haciendo otra vez de las suyas. Por el momento, ya se están buscando expertos en Feng Shui y eliminando el número 4 de planos y edificaciones, porque a los chinos no les gusta un número al que atribuyen desgracias y mala suerte.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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