El origen de la cuestión catalana
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 23 de noviembre de 2012, 20:37h
Publicística y tertulianamente, el origen de todas las batallas y controversias acerca del actual independentismo catalán radica en los inicios del Estatut de 2005. Es probable, sin embargo, que cuando el tema caiga plenamente bajo la jurisdicción de Clío sus estudiosos residencien sus principales causas en otros terrenos, o, en todo caso, amplíen el paralaje de sus motivaciones. Mas, en todo caso, hoy por hoy, como queda dicho, el fragor de la polémica surge del mencionado extremo.
A finales de la centuria anterior, en el último de los seis mandatos del presidente Pujol, los cuadros del partido gobernante y a su cabeza, por supuesto, el Honorable citado, albergaban la firme convicción de que el Estatuto de 1979 había agotado ya todas sus virtualidades y se hacía, por ende, necesaria una revisión en fórmula de otro nuevo, diseñado en consonancia con las exigencias que no sólo de CIU sino de todas las fuerzas políticas catalanas -con la natural excepción de los populares- pensaban, indispensables para afrontar otra fase del proceso autonomista. Las recientes –y muy poco leídas al sur del Ebro- Memorias de Jordi Pujol son irrefragables respecto del pis aller que fuese para la conciencia nacionalista más alquitarada el texto de 1979, en cuya elaboración, dada una coyuntura en que, según los catalanistas más ardidos, seguían vivos los prejuicios del viejo autoritarismo cara al Principado, sus aspiraciones más genuinas y radicales de autogobierno quedaron orilladas para mejor ocasión. Ésta, empero, se aprovechó por su principal adversario, el PSC, al ocupar, tras 23 años de actuación de Convergencia y Unió, la Generalitat. Desde el primer día en ella, Pascual Maragall encaminó sus pasos a la consecución del propósito en el que coincidía por entero con sus rivales. La designación de Rodríguez Zapatero como jefe de gobierno –(había conquistado pocos años atrás la Secretaría General del PSOE debido justamente al voto de los socialistas catalanes)- le deparó la oportunidad soñada, y el Estatuto fue una realidad –promulgación por el Parlament catalán, ratificación por referéndum en el Principado y aprobación por las Cortes Generales- en 2005, antes de que el coup de teatre del PP lo estancase durante un lustro, antes de su refrendo definitivo, en junio de 2010, después de retoques sustanciales en el Tribunal Constitucional.
Según el muy autorizado juicio de Jordi Pujol –vigor mental, experiencia, pasión, cultura histórica-, en su hora primigenia, el flamante texto estuvo huérfano enteramente de la estrategia e incluso de la táctica adecuada por sus patrocinadores, que se olvidaron o no tuvieron en cuenta la compleja red de alianzas de toda índole que debía anudarse para la fortuna de la empresa: “…podría decirse que Carod (Rovira) y Maragall –éste sin el PSC detrás o con una parte minoritaria- simplemente cometieron un error de ligereza consistente en lanzar una iniciativa muy difícil sin calibrar ni sus perspectivas ni sus posibles incidencias negativas (…) veíamos su precipitación y éramos conscientes de que se hacía muy mal –porque ni se preparaba el terreno ni se buscaban aliados fuera de Cataluña que garantizaran el éxito de la operación.” (Años decisivos. Memorias (1993-2011). Barcelona, 2012, pp. 255-6).
Por desgracia, no podremos ya tener nunca la versión de Pascual Maragall del nacimiento y tramitación del proyecto estatutario. Las reservas o aporías de su antagonista parecen –se repetirá- muy puestas en razón y sólo cabe esperar el posible testimonio de Rodríguez Zapatero en unos futuros recuerdos de su etapa gobernante. Como es bien sabido y estos días es un hecho comprobable ad sacietatem, gran parte de la opinión anti-independentista atribuye al anterior presidente de gobierno la responsabilidad mayor de su eclosión por el aval que, desde el primer momento, prometió y otorgó al texto estatutario, obediente mucho más que a una demanda y a un estado de espíritu en la población del Principado, a los intereses de los partidos. Es difícil, desde la perspectiva hodierna, no ratificar tal planteamiento. Pero lo es quizá más desechar la hipótesis de que la idea del nuevo Estatuto arraigaba al paso de las horas; y entraba en la naturaleza de las cosas que su reclamo y puesta en pie firme no se hubiese demorado más allá de las promesas y luego del respaldo de Rodríguez Zapatero. Claro es también que el vehículo, esto es, los procedimientos y hasta incluso alguna de sus metras habrían podido ser diferentes. Mas ni lo ficcionable ni lo futurible se ubican en el campo de la Historia, sino en el de la novela, reino de la imaginación y la fantasía.