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Las calaveradas de una necrófila

José María Herrera
sábado 24 de noviembre de 2012, 17:55h
Una persona sumamente tolerante en cuestiones sexuales quizá disculpe al pastor que tras varios meses en el monte empieza a mirar con cariño a su cabra, pero es difícil que haga lo mismo con el loco que desplaza una lápida, abre el ataúd y se arroja sobre el cadáver que hay dentro. No digo que juzgado fríamente, a la manera de los sexólogos mediáticos, el cadáver no sea como una muñeca hinchable. Sin embargo, entre la frigidez de la muerte y la de la materia inerte hay diferencias sustanciales, tantas que tomar por objeto del deseo sexual los despojos de un ser vivo es, para casi todo el mundo, una barbaridad que hace saltar las costuras de la razón y de la naturaleza.

La historia recuerda, no obstante, algunos casos de necrofilia cuyos actores no estaban precisamente locos. En España, el más conocido es el que implica a José Cadalso, quien en sus Noches lúgubres relató la historia de un individuo que desenterró el cuerpo de su amada para besarla por última vez. Que esto ocurriera realmente, como algunos sostuvieron en su época, es bastante dudoso. En todo caso, no se trataría de necrofilia, sino más bien de romanticismo desaforado. Tampoco Juana la Loca, la hija de los Reyes Católicos, quiso separarse del cadáver de su marido, pero no por amor demencial a su cuerpo, sino a la persona que lo usufructuó en vida. Quien sí fue, en cambio, un necrófilo de verdad es Victor Ardisson, el vampiro de Muy, un sepulturero que violó más de cien cadáveres recién enterrados de jóvenes doncellas. Hasta la semana pasada esta era, por cierto, una de las peculiaridades de la necrofilia. Yo al menos no había escuchado hablar nunca de necrófilos reales que buscaran cuerpos en descomposición y mucho menos esqueletos con los que satisfacer sus macabros impulsos. Esto último parece, además, manifiestamente absurdo. Sin carne, los placeres de la carne no son placeres. Y, sin embargo, acabamos de saber que una mujer sueca de treinta y siete años ha sido acusada de mantener relaciones con uno de ellos.

¿Qué hacía esta buena señora con el descarnado esqueleto que tenía en su cama? No lo sé. Aunque la fiscalía ha dicho que podría ser condenada a prisión por perturbar la paz de los muertos -“ya quisieran los muertos!, pensará alguno-, no sólo se desconocen los detalles, sino que ni siquiera nadie ha conseguido imaginarlos. Lo que es seguro es que tanto el esqueleto como la media docena de calaveras y el montón de huesos hallados en la casa de esta vecina de Göteborg son humanos. No se trata de ninguna broma. Tampoco lo es su pasión. La policía ha encontrado en su poder documentos informáticos con títulos tan espeluznantes como “mi necrofilia”, “mi primera experiencia”. Se ve que a la mujer no le van sólo las osamentas, sino el estilo Paolo Coelho. A mí el detalle gazmoño me ha recordado una anécdota de Groucho Marx. “¿Qué recuerda usted de su primera vez?” –le pregunta una periodista románticamente. “La factura”, responde él. “¿Y la suya, como fue su primera vez?”, podríamos preguntar a nuestra protagonista. “¿Mi primera vez? De muerte”.

Ella lo ha negado todo, rotundamente. Ha justificado la posesión de restos humanos alegando que pretendía utilizarlos en investigaciones históricas. Si a la religión no le fuera tan mal como le va tal vez hubiera colado el pretexto de las reliquias. Es lo que ha hecho Donna León para solucionar el misterio de su último libro, un bodrio destinado a convertirse en best seller. Lamentablemente para ella -la sueca necrófila, no la dama del crimen (literario)-, había dejado rastro de sus tendencias en un foro de internet, donde parece que escribió cosas como estas: “Reivindico mi derecho a vivir con un esqueleto”, “deseo un hombre como es, vivo o muerto”. Otra vez el estilo Coelho. La verdad es que yo también conozco charlatanes que, con tal de seguir perorando, les da igual cuál sea el estado de sus interlocutores. Pero yo no soy de esos. La prueba es que, en vez de acabar este artículo, voy a abandonarlo abruptamente.
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