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Política en trance mafioso

Antonio Domínguez Rey
sábado 01 de diciembre de 2012, 19:28h
Las últimas elecciones autonómicas de Galicia, País Vasco y Cataluña, más la huelga general del 14 de noviembre, inducen a preguntarnos si la economía española está tan en declive como se dice. El gasto es enorme. Los compromisos también. Ningún partido, ni sindicato, cubre provisiones con el dinero de afiliación y cuota por diputado o representantes laborales. La connivencia de la política con los bancos, especialmente las Cajas de Ahorros, es un hecho. Palabras largas y mutismo oficial sobre el tema. “Omertà” política.

Si exigiéramos el precio real del IVA y cuentas a cada partido y sus movimientos, bancarios, de prensa, radio, televisión, la economía española respiraría sosegada. Sobre todo nosotros. Sentiríamos alivio en las nóminas. Sin embargo, invertimos el voto a cambio de nada. El voto útil, tonto, oculto, incierto, embobado.

Asistimos estos días, con motivo de la elecciones catalanas, a una inversión del crédito social acorde con el financiero. Un valor alto de las sociedades es la honorabilidad de los mandatarios. El honorable, se dice. Y el honor de los políticos españoles cae en picado.

La propaganda financiera se alía con los depósitos oficiales. Se engrandecen los políticos con sus tributos y atribuciones y, dueños de los destinos humanos, deciden cómo, quién, por qué y para qué ha de invertirse el dinero público, depositado con interés especial en la banca amiga o asociada. Se genera así una metonimia entre finanzas y políticos. Usted me presta dinero. Yo le prometo que se hará tal y cual con su beneficio. Con él pagaré la deuda. Y resulta que el compromisario, constructor, comerciante, vendedor, intermediario, negocian o se les invita a ello con los mismos bancos. Mire usted -le dice el político o sindicalista al banquero-, es otro modo de pagarles. Contribuyo a su valor social y crédito en forma de imagen. Le aseguro además horas de trabajo sin problemas. Y como la alianza de la banca con comercio, industria, servicios, gestores, empresas, se revaloriza también, entonces el agente político, sindical, interviene oportuno: oiga, nosotros hemos engordado el beneficio de sus inversiones. Y pasan la minuta tributaria. Reparten. Exigen, Se condona la deuda. Gratifican esfuerzos.

Las autonomías comunitarias, que son cachos de Estado, se han vuelto endogámicas y, algunas, como parece ser la catalana, no única, por cierto, partenogénicas. Los poderes se arremolinan, conchaban, confabulan. Aparecen hijos, primos, sobrinos, allegados en filia varia repartidos por cargos en administraciones, partidos, centrales, sucursales, ayuntamientos, diputaciones, complejos turísticos, universidades. Ourense, Sevilla, Valencia, Barcelona… Y cuando las alianzas genéticas funcionan como un círculo, el poder crece honorable porque ha mudado en valor de uso y rédito la norma de vida y sus intereses. El público, la masa dócil, gemela, gregaria, diría decir Ortega y Gasset, responde, ciega, al embrujo.

A esto han venido, con grado diverso de gasto y derroche, las Autonomías y partidos políticos del Estado. Recordarles la génesis de su evolución amancebada, les suena a insulto, imperialismo. El flujo y reflujo de poder y dinero ha encumbrado de tal modo a sus señorías, que se sienten jefes, por qué no, estatales. Y tal fue, y es, el engolamiento de los presidentes de Cataluña Jordi Pujol, ayer, y su albacea político, Mas, de hoy, ambos en la picota del descrédito.

Los ciudadanos ingenuos queremos creer que todo esto es un hervor social inducido por una imagen rutinaria de poder sin contrapartida. Vieron a su presidente de antes moverse y viajar por el extranjero con ínfulas de Estado y con la anuencia de la Moncloa en Madrid. Ven hoy a su líder de turno embanderarse con la palabra Europa en un momento en el que España muestra su verdadero valor y talla dentro de la Unión Europea. Nosotros no, dicen algunos catalanes, los que ostentan poder social, económico, político, la cultura subvencionada. Nosotros no somos responsables de tal espectáculo. Sufrimos sus miserias. Nos roban la entraña del tributo. Hemos ahorrado prestigio, honra, crédito internacional. Lo tenemos a buen recaudo y rédito. Así lo quiso la banca, el comercio, la empresa, la dignidad comunitaria. Somos Europa por los cuatro costados. Nos corresponde lo que somos, un Estado, pues corre por nuestras venas el flujo turístico, cultural, económico y comercial europeo.

“El movimiento desintegrador, decía Santiago Ramón y Cajal en 1934, surgió en 1900, y tuvo por causa principal, aunque no exclusiva, con relación a Cataluña, la pérdida irreparable del espléndido mercado colonial.” Traducidas tales palabras al día de hoy, la ausencia de un marco internacional que proteja, potencie y difunda a Cataluña, la induce a buscar otro sombrero. Otra sombra. Vive de tal sobrepuja.

El juego metafórico y metonímico se complica. Es retórica pura. Tic-tac mafioso. El enganche económico a Europa va y viene por vía española. Pero miren ustedes, dicen, a España no le queda otra salida, pues los comerciantes somos nosotros. Nosotros hemos abierto los cauces, mediaciones, las autopistas de mercado. Y como somos miga del Reino español y este ya no es lo que era, sobre todo en el marco continental, y lo que sea pasará, de todas formas, por aquí, preferimos Estado propio. Luego veremos cómo y qué negociamos juntos.

Por esto resulta tan atractiva la imagen de un coestado. Es la que estuvo anunciando Jordi Pujol por Italia, Suiza, Túnez, Francia, nuevos países europeos. Primero pidió un sistema a modo de virreinatos y propuso reducir las Autonomías a las históricas y dos o tres más, con rango de presidente estatal cada uno de sus titulares. Dentro y fuera de España. Luego, el coestado. Ahora, Estado propio.

Y en toda esta génesis de “interpretación evolutiva” de la sociedad, concepto hermenéutico ya avalado por el Tribunal Constitucional en reciente sentencia histórica sobre el matrimonio, no cuenta el pasado, el presente y sus fundamentos. Al replicarles que esa evolución es atributo, riqueza y parte de España, arguyen que bastante hicieron conteniendo el ímpetu de la masa, secesionista, durante estos años. Los réditos los reclaman íntegros. Y tal fue el argumento esencial para que los presidentes de España, quien más -y mucho-, quien menos, pero no se salva ni uno, contendieran y pactaran. De la metonimia Cataluña-España dentro de Europa, la parte y el todo del horizonte continental, se salta en corto, por efecto de sinécdoque -atribución del conjunto a un elemento-, a la metáfora absoluta y por correlación de fuerzas: Estado propio.

La política se enreda mafiosa. Parte de Cataluña es hoy emblema de corrupción democrática. No el único, cierto, pero notable por la grandeza de su historia. Policía judicial, magistratura, prensa, comercio, cultura, industria y líderes políticos funcionan adunados y circuidos por intereses que requieren y exigen soberanía para que no se deshaga el concierto y caigan, unos, otros, bajo el peso de la justicia española. Hablarles de corrupción, cuentas fraudulentas, sedes autonómicas intervenidas, les suena a cuento de hadas y príncipes nostálgicos. La acusación rebota sobre el argumento. El fraude viene de España. Aquí, en Cataluña, todo funciona consensuado.

Tal contexto incita al presidente Mas a declararse fuera y por encima de la ley, al margen de la Constitución. Y reta al Estado español con la soberanía de Cataluña y, de modo oblicuo, la independencia. Lo hace además con los recursos legales y económicos de España. Arrogancia pura. ¿Imaginan a un líder alemán, francés, inglés, alardear de Estado propio desde su comarca y en las narices del Estado al que pertenece, con sus medios, leyes y fondos? La sociedad lo hubiera arrinconado.

Después del 25 de noviembre, España no puede seguir como hasta ahora. El reto catalán crea incertidumbre. El horizonte de integración europea requiere otras miras, supuestos. Otro ánimo. Aliento. Y Cataluña lo tiene, ciertamente. Vive el impulso de Europa con exaltación diferenciada. La que debiéramos tener todos los españoles.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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