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La crisis en perspectiva histórica (S.XVII) (II)

José Manuel Cuenca Toribio
martes 04 de diciembre de 2012, 19:46h
A peste…, libera nos, Domine. También a España le correspondió ser atravesada en el “siglo de hierro” por este jinete apocalíptico. En tres ocasiones –principios, mediados y finales de la centuria-, la implacable guadaña de la muerte segó con saña un contingente de españoles de muy elevadas proporciones. El primer azote sobrevino en la bisagra del XVI al XVII -la “peste atlántica”: 1596-1602-, y en él los centros neurálgicos de la vida meridional –centro, no se olvide, aún de todo el tejido económico de la monarquía hispana- se vieron seriamente afectados, aunque no tanto como en las posteriores. Un flagelo terrible sería el de la pandemia del quinquenio 1647-52, en el que, por ejemplo, en 1649 Sevilla perdería la mitad de su población… La tercera y última oleada de peste, la del bienio 1679-80 supuso el jaque mate para algunas de las reducidas zonas sobrevivientes mal que bien a las horrorosas consecuencias de las precedentes. Así, por ejemplo, aconteció el sur peninsular, en el que Granada y sus principales localidades, libradas en buena parte de la fase epidémica anterior, experimentarían un auténtico cataclismo demográfico, con escenas dantescas y episodios escalofriantes. El balance final de todo ello es fácil imaginar; y más si se incluye en él, como debe hacerse, la expulsión de los moriscos en 1609-10, que sentenció por largo tiempo la prosperidad de uno de los focos esenciales de la agricultura peninsular como era la valenciana. Del cuarto de millón de los expulsados, muy cerca de la mitad habitaban las tierras levantinas, cuyas tierras de secano permanecerían barbecho durante varias generaciones, con quejas unánimes e impotentes de munícipes y vecinos. En el ecuador del reinado de Felipe III, España había conseguido, definitivamente, la unidad religiosa dentro de sus fronteras; pero –dejando a un lado el coste humano tan bien precisado por el Ricote cervantino- el económico se mostró muy elevado en una coyuntura material y social decisiva.

La regresión demográfica abrió el camino a la económica. El descenso de la demanda produjo el aumento del desempleo, la descapitalización de la industria, la atrofia de la producción y la obliteración de los circuitos comerciales. Y aún quedaba por apurar el cáliz. El galopante proceso inflacionista característico de la centuria registró justamente sus vértices en los principales núcleos de la actividad económica, singularmente, en el Sur. El pincel de Murillo y los de otros muchos pintores barrocos captaron con insuperable verismo el relejo de la decadencia de una tierra por unos decenios había sido el emporio del mundo.

Ante tal panorama, no puede sorprendernos que algunos de los más importantes arbitristas y proyectistas de la época cifrasen en el declive poblacional la causa primordial o básica de la decadencia nacional. Madrugadoramente lo estableció así uno de los más famosos de todos ellos: el licenciado Martín González de Cellorigo, quien, en su “Memorial de la política necesaria y útil restauración a la República de España, y estados della, y del desempeño universal de estos Reynos”, atribuyó a la infirmidad demográfica la deriva desastrosa que amenazaba, en términos de nuestros días, a la superpotencia mundial…En la salida misma del siglo, el sagaz escrutador de los males del país no se contentaba con tal diagnóstico, sino que veía en la debilidad poblacional la secuela inevitable de la ausencia de una industria que ejerciera el efecto multiplicador de aumentar la riqueza nacional y con ella y, en paralelo, el crecimiento demográfico; llegando incluso, por esta ruta, a señalar un rasgo identitario y un punto determinista y hasta teratológico como la “flojedad de los nuestros” para tal suerte de menesteres. En un clima social y cultural adverso, sin capitales, técnica ni mano de obra cualificada, en España, “República de hombres que semejaban encantados”, frisaba en lo milagroso aspirar a una palintocracia verdadera…

En la legión de analistas e intérpretes de la postración y decadencia española de la centuria décimo sexta y su panoplia de argumentos acerca de sus causas y remedios ocupó puesto relevante, según es harto sabido, el catedrático toledano Sancho de Moncada. Su obra más difundida, Restauración política de España -(Edición y estudio preliminar a cargo de J. Vilar. Madrid, Instituto de Estudios Fiscales, 1974)-, un veintenio posterior a de González de Cellorigo, no se distanciaba mucho de la de éste e incidía en sus razonamientos más importantes. La situación nacional al término del reinado de Felipe III (1598-1621) se auscultaba en sus páginas desde el prisma de la anemia poblacional y la carencia de un tejido productivo industrial, que provocaba la salida de numerario hacia el extranjero con su corolario de aumento de la presión fiscal y del éxodo rural y, a la postre, la obliteración de las mismas fuentes demográficas. En su texto volvía a escucharse parte de la argumentación expuesta decenios atrás en los inicios del gobierno del Rey Prudente por el contador burgalés de Luis de Ortiz en su famoso Memorial a Felipe II: poca inclinación al trabajo de los españoles; tejido productivo industrial en poder de los extranjeros; permanente importación de mercancías manufacturadas –ya, afortunadamente, no encarecida por los mismos naturales a través de sus representantes en Cortes, como sucediera, v. gr., en las de 1551- y exportación masiva de materias primas a Europa y América. El cuadro, agravado con el paso del tiempo, resultaba aterrador. Lo que medio siglo atrás semejaba más una premonición o profecía que el dibujo de una opresiva realidad, se descubría ahora, apenas comenzada la guerra de los Treinta Años en que se cortocircuitaría la hegemonía hispana en el Viejo Continente, una pintura exacta de la situación…

No todo siempre quedó, al igual que en épocas pasadas, en estéril lamento o desahogo literario, llegando a calar, al menos teóricamente, en ciertos sectores la lluvia fina de los textos de memorialistas y críticos. Ante las fuertes críticas de que era objeto el celibato eclesiástico como una de las causas fundamentales de la despoblación de la Monarquía de los Austrias, el mismo estamento sacerdotal tuvo que hacerse eco de la superpoblación en sus filas, muy singularmente, en las masculinas. “Sacerdote soy –escribiría Gil González Dávila en su Historia de la vida y hechos del ínclito monarca Don Felipe III, citado por el gran hispanista británico John H. Elliot en su ya clásica obra La España Imperial-, pero confieso que somos más de los que son menester”. Desde la Junta de Reformación, creada en 1618, hasta las postrimerías de la centuria, abundaron los planes y propuestas de reducción, de acuerdo con Roma, de los abultados efectivos clericales; sin llegar nunca a medidas que se plasmasen con operatividad en la realidad, pasando el tema intacto a la centuria siguiente, en el que concitaría una particular atención del lado de los ilustrados.
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