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El totalitarismo laico

jueves 13 de diciembre de 2012, 20:46h
No ha tenido mejor idea Jesús Posada, el Presidente del Congreso de los Diputados, que la de felicitar las Navidades a través de un mensaje en las redes sociales con una reproducción de un bello cuadro flamenco que recoge la iconografía de la Natividad. Seguramente como ha venido hacienda a lo largo de toda su vida adulta, aunque variara el autor de la ilustración. Porque resulta que la Navidad es la celebración del nacimiento en Belén del Niño Dios, Jesucristo y en torno a ella, a lo largo de los siglos, con mas o menos énfasis religioso, se ha creado una costumbre que, con hondas raíces cristianas, sirve para evocar y dar nuevo vigor a las ansias de solidaridad, fraternidad y paz que anidan en buena parte de la humanidad. No hace falta darle muchas vueltas al invento para saber que esa y no otra ha sido la sana y loable intención de Jesús Posada desde su alta magistratura institucional.

Parece, sin embargo, que eso de asociar la Navidad con un hecho central en las creencias de los cristianos –como si fuera otra cosa- molesta a los representantes de la izquierda laica, que a falta de mejor cosa que hacer, han puesto el grito en el cielo –o mejor, en el infierno, que por las alturas no suelen andar y tampoco creen demasiado en ellas- calificando de inadmisible, y quien sabe de cuántas lindezas más, la felicitación navideña de Posada y a su mismo firmante. La argumentación, tan cansina ella, es la consabida: este, España, es un país laico y en consecuencia deben ser abandonadas todas las manifestaciones confesionales en y desde el espacio público. La segunda, no por implícita menos visible, viene dada más por el tono que por el contenido: aquí, como en otras partes, y con independencia de lo que piensen la mayoría de los ciudadanos -cosa que por cierto se averigua cuando votan, no cuando vociferan- es la izquierda la que tiene un derecho inalienable a dictar los que está bien y lo que está mal a la hora de dictaminar sobre la conducta individual y colectiva de las gentes. Pueden estar en retirada política y social en todo el planeta; pueden ser, como seguramente son, la escoria resultante de los experimentos totalitarios que han causado millones de víctimas a lo largo y ancho de este mundo en el transcurso de los últimos cien años; pueden albergar en sus cabezas, como seguramente ocurre, la empanada mental que siempre ha caracterizado a los de su tribu y especie. Pero cuando se trata de pontificar,-que verbo tan adecuado para caracterizar la conducta de los que no creen en el primado romano- sobre lo que las gentes deben pensar o dejar de hacerlo en materia religiosa lo florido de sus adjetivos solo es comparable a la oquedad cerebral de los que los producen:”inadmisible”, “intolerable”, “ofensivo”, “franquista”, “nacional católico”. Y así hasta la hartura, que para mayor grafismo se escribe con hache. Pobre Posada. Él, de natural apacible y bondadoso, debe estar rumiando en el salón de pasos perdidos del palacio de la Carrera de San Jerónimo qué ha hecho mal para merecer semejante andanada.

Lo que ha hecho mal, a lo mejor inconscientemente, que tiene larga andadura en esto de la vida democrática y la tolerancia le sale del alma como si de una segunda naturaleza se tratara, es su íntimo rechazo a las imposiciones totalitarias, vinieran de donde vinieran, amparándose en la naturaleza del derecho a la libertad religiosa tal como la recoge el artículo 16 de la Constitución:”Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. El artículo comienza garantizando “la libertad religiosa y de culto de los individuos y las comunidades”, por si al respecto hubiera alguna duda.

Pero, claro, la Constitución no sirve si de lo que se trata es de desplazar el hecho religioso de la plaza pública y relegarlo al hondón de las convicciones y de las prácticas individuales. Eso no tiene nada que ver con la ausencia de la confesionalidad en el Estado, característica que tiene la convivencia española desde 1978, sino con la imposición de un laicismo uniformador que bajo la clámide de la corrección política pretende anular, en el altar del pensamiento único, el derecho a la libertad religiosa. Y si se me apura, el derecho a la libertad sin adjetivos. No es coincidencia que en todos los textos internacionales y nacionales relativos a los derechos humanos y a su protección la libertad religiosa aparece indisolublemente ligada a la libertad sin calificativos.

Y no es que la izquierda cerril de nuestros pagos esté sola en esto de arrinconar a la religión. Y si se me apura sobre todo a las diversas manifestaciones de la fe cristiana. En Estados Unidos, por poner un caso significativo, país nada laico y en el que la vivencia religiosa tiene una importante vitalidad pública y comunitaria y en el que en cualquier caso las divergencias de opinión se viven con menos crispación que la que suele imperar en nuestros andurriales, existe una fuerte tendencia a ignorar el origen religioso de la Navidad para situarlo en un delicuescente limbo vacacional. También la corrección política ha ido imponiendo la fórmula del “Happy Holidays” en vez de la tradicional del “Happy Christmas”, de manera que los apegados a este ultima y bella expresión, que nunca han empleado con intenciones insultantes, separadoras o simplemente individualizadoras, extreman su cuidado para no caer ni en el anonimato de la neutralidad ni en el reto de la arrogancia. Pero tan lejos ha llegado la cosa –tan lejos en su propio ridículo, cabria anunciar- que este año, y recién reelegido, el Presidente Obama no ha iluminado en los jardines de la Casa Blanca el tradicional “Christmas Tree” sino el ahora conocido como “Holiday Tree”. De vergüenza ajena.

Tanta que Ben Stein, polifacético y conocido personaje de la vida americana, exitoso abogado, brillante escritor, agudo satirista, ha dirigido a sus conciudadanos una lacerante misiva. Cito algunos de sus párrafos:” Soy judío y todos mis antepasados lo fueron. Y no me molesta en absoluto cuando la gente llama a esos bellos e iluminados arboles “árboles de Navidad”. No me siento amenazado. No me siento discriminado. Porque eso es lo que son, árboles de Navidad. No me molesta cuando la gente me dice Feliz Navidad. No creo que me estén despreciando o que vayan a enviarme a un ghetto. De hecho, me gusta, porque muestra que somos hermanos y hermanas celebrando esta feliz época del año. No me molesta si hay un pesebre en un cruce de carreteras cerca de mi casa. Si la gente quiere un nacimiento a mi me parece bien, como bien me parece que unos pocos metros mas allá esté una Menorah. No me gusta que me avasallen por ser judío y no creo que a los cristianos les guste que les avasallen por ser cristianos. Creo que la gente que cree en Dios está harta y cansada de que los avasallen. Punto. No sé de dónde viene la idea de que America es un país explícitamente ateo. No lo puedo encontrar en la Constitución y no me gusta que me lo intenten hacer digerir a la fuerza”. Y otras interesantes cosas más que se pueden encontrar en la página web de Ben Stein. Todas merecen lectura atenta y serena reflexión. Sobre todo por parte de los nuevos inquisidores. Porque nada hay mas parecido al totalitarismo clerical que el totalitarismo anticlerical.

¡Ah!, antes de que se me olvide, y siguiendo el preclaro ejemplo de Don Jesús Posada, Feliz Navidad y Próspero-dentro de lo que cabe- Año 2013 para todos. Rezaré al Niño Jesús para que así sea.

Javier Rupérez
Embajador de España

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