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Una de las dos Españas ha de helarte el corazón

José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 14 de diciembre de 2012, 19:54h
Elegía a la clase política y a la sociedad civil. A lo único que aspiro como escritor, es a que Umbral, el día que lea uno de mis libros, no lo tire a la piscina. No soporto el olor a cloro, pero mucho menos el hedor a político rancio.

Ojalá anduviera en lo cierto Sartre cuando dijo que «la existencia precede a la esencia». No tiene el abajo firmante tan claro como desearía que en el fondo del ombligo de este mundo tan mediatizado el individuo como sujeto pensante sea libre y totalmente responsable de sus actos.

Si así fuera, no prosperarían los salvapatrias; ni el seguidismo sería la actitud vital de tantas «estatuas yacentes» (José Hierro); ni la Hispania romana, obsesionada con rememorar los episodios más oscuros de la década Ominosa, sería un país de tramperos furtivos y ciudadanos claudicantes resignados a su incierto destino.

Confieso que mis limitaciones mentales tampoco me permiten responder a la pregunta de cuál fue el móvil que me indujo a ser periodista. Como en la leyenda de Sileno, a veces pienso que «una vida vivida en el desconocimiento de los propios males es la menos penosa». Pero ya es demasiado tarde para desandar el camino de regreso al pasado de ninguna parte.

No creo que Dios haya muerto -¡Dios me libre!-, como sentenció Nietzsche, aunque a menudo da que pensar su clamorosa ausencia. Pero sí que la sociedad se encuentra sumida en un profundo nihilismo existencial, que nada tiene que ver con la auto incumplida profecía maya.

El fin del mundo tendrá que esperar, para desgracia de España, que con el petardazo apocalíptico se hubiera evitado prolongar su agonía. Ni han caído sobre nosotros las bóvedas celestiales ni el mar ha cubierto la tierra, aunque la verdad sea dicha, la amenaza de tontuna permanece intacta, pues Arturo sigue ahí, con su tupé enhiesto por una sobredosis de laca, pidiendo a gritos que acuda a socorrerlo el peluquero de Felipe II.

Prefiero pensar que Schopenhauer se pasó varias cuadras de la salida de la autopista de Danzig cuando dijo que vivimos en un mundo donde el dolor es perpetuo. Pero lo mismo Leibniz, el de la peluca a rulos, también estaba mamado de Klarer, el chupito de Hannover, cuando elucubró acerca de su optimismo infundado.

Pido disculpas por esta inusual declaración de principios, que viene a cuento del libro que estoy a punto de publicar (Crónicas de la España negra. Del Septenato Zapatético al Marianato), y que tiene que ver con mi manifiesta incapacidad para encontrar un final feliz a la “historia” presente de España después de trescientas páginas haciendo inventario de sus heridas sin mayor pretensión que la del ejercicio intelectivo de sus hechos, dichos y silencios.
Como a Javier Cámara, «no me gusta morirme en las películas». Además, siempre es un consuelo saber que el verde esperanza será el color del año 2013 y bien vale la pena esperar a verlas venir a ver si escampa después del chaparrón de lluvia ácida.

Qué difícil es sobreponerse a la mediocridad cuando uno se entera de que la prima riesgo (esa cosa a la que il Cavaliere se pasa por la entrepierna) y la reforma laboral son los dos términos más buscados por los españoles en Google. Démonos por fracasados ante semejante inquietud colectiva, pues va a ser verdad que somos más propensos a la vainilla que las columnas de Buruaga.

Suerte que cuando más decaído estoy, siempre acontece algo que me ayuda a reencontrar el sentido de esta jodida y hermosa profesión. De pronto me he venido arriba al ver a un sujeto (Joan Tardá) y a una sujeta (Teresa Jorquera), ambos de Esquerra, exhibiendo en el Congreso un cartel del 39 con la leyenda “Keep Calm and Speak Catalan” (Mantén la calma y habla catalán) y desafiando, con lenguaje propio de matones, al ministro Wert, para que si tiene güevos le mande a la Guardia Civil a todos los iluminados de la Catalonia independiente que no tienen intención alguna de respetar la legalidad.

Me quedo sin argumentos para adjetivar la imbecilidad. Sólo reconozco que miro al tal Joan y me viene a la mente el rey de León Sancho el Gordo recreándose en su espesura viscosa, o mismamente un personaje que me callo de la película El Hobbit; y miro a la tal Teresa y no tengo tan claro como Miranda Kerr que «todas las mujeres tienen algo especial»; y miro al “líder” del PSC posando en la foto coral junto al resto de caudillos insumisos, y me vuelvo a venir abajo.

¡Cuánto aprendiz de Triboulet! Asistiendo estamos a la reencarnación del bufón de Francisco I de Francia. De haber sido contemporánea de nuestro tiempo, María Luisa de Orleans ya hubiera adoptado a todos los mentados para que le hicieran compañía a sus dos loros parisinos. Pero lo que es de un atribulado servidor, que no esperen que le dispense el mismo trato que Calígula a su caballo.

Claro que mientras las armas no desplacen a la toga, es preferible como mal menor que sigan desfogándose por la espita de las sandeces. Cierto que mientras hablamos del rabo del perro de Alcibíades, no atendemos a otras cosas más importantes; pero al menos evitamos llegar a las manos como sus señorías del Parlamento ucraniano.

Comprendo que con este nivelazo de diputados que tenemos, el foro para hacer política se esté desplazando desde el “hemicirco” hasta los fogones, allí donde Karlos Arguiñano suele convertir su cocina en el estrado de la Carrera de San Jerónimo, y donde a menudo se le va la olla y se tele transporta como si estuviera dando un mitin en Vista Alegre.

Pero hasta se puede entender que la parroquia busque receta a este doble plato de crisis económica e institucional en otras plazas de abastos diferentes a aquella en la que Tejero a punto estuvo de joderlo todo.

Dicho sea al paso, al otro lado del charco, desde U.S.A. opina José Andrés que «nos vendemos muy mal». Este cronista, que no entiende de fogones, piensa que lo mismo la mercancía ibérica es de saldo, está averiada y tiene difícil salida.

España entera es una ratonera donde estamos atrapados 47 millones de almas errantes como los ocho personajes de la casa de hospedaje de Agatha Christie. Se ha escrito un crimen y es tal la confusión creada por los mirones de obra alrededor del cadáver, que nadie, a ojos de los demás, está libre de ser sospechoso o víctima. Mucho me temo que como en Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos, el inocente acabará siendo declarado culpable. España contra España (Moa). Deja que te cante como Serrat: «Entre una España que muere y otra España que bosteza. Españolito que vienes, al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Amén.

José Antonio Ruiz

Periodista

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