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Ruido de lenguas

Antonio Domínguez Rey
domingo 16 de diciembre de 2012, 17:38h
El ruido que procura la lengua, todo idioma, para ocultar los escombros que arrastra, define estados especiales de su historia. Creo que nos encontramos en uno de ellos. Cuando, por otra parte, aunque se viene a lo mismo, el discurso social, político, de un Estado es incapaz de decir y comprender el valor múltiple que atesora, lengua y pueblo agonizan. Y en agonía estamos.

La crisis revela en las mentes ese lugar previo de carencia. Y hay varios tipos, aunque la etiología (la razón -logos- de la causa -aitia-) sea siempre uniforme. Ortega y Gasset detecta en la situación crítica un desconcierto ante los rostros disformes de las apariencias culturales. Sus discursos. El gesto desabrido, corrupto, de quienes ostentan norma, regla y ley. Sus atributos concretos, el habla, gramática, moneda, comercio, el bien justo. La felicidad de cada ciudadano. El filósofo intuye, no obstante, y en paralelo, una capacidad de ilusión ante el futuro. Lo revuelto de la circunstancia tendría aún orificios por donde asome el germen e impulso del instinto creador. Conocemos el contorno y escorzo del argumento: si no salvamos la circunstancia, nos hundimos.

Si no resolvemos la crisis por nosotros mismos, desaparecemos. Y hacia ahí vamos. El endeudamiento progresivo se ahonda no solo con la economía, sino, principalmente, con la obturación de las rendijas por donde respire el halo de vida. Y ya las hemos taponado. La juventud, el relevo generacional, ha huido o se siente impotente ante el desconcierto de un impulso borroso. Recula, se repliega, autoconvence.

España está en el punto crítico de la masa social que transforma la soberanía de un Estado en subsidio de otro si quiere seguir viviendo de forma autónoma. Cuando la riqueza producida se ahoga en el pago permanente de la deuda generada, los pueblos se hacen esclavos de quien les fía, presta e hipoteca.

El inconsciente histórico, incrementado en época de crisis, dicta a algunos un argumento falaz digno de tal momento. Europa engulle los escombros y los renueva en origen. Hay que prepararse, piensan los tales, para ese día histórico. Reconocen que la situación actual ya no tiene remedio. Lo importante es, intuyen, establecer las condiciones idóneas de ese rescate y situarse en posición privilegiada.

La peor de las deudas es la intelectual. La penuria de ideas. El vacío de las mentes. Reírse incluso, una vez más, de quienes las procuran. O conscientes del yermo, recurrir, como refugio, a los residuos de la Historia, la historiografía. Es campo donde siempre ha brillado España.

El endeudamiento intelectual se aprecia notablemente en la crisis periódica del sistema educativo. Siempre que se pretende una reforma, priman los intereses de fondo sobre los verdaderos estímulos del desarrollo intelectual. Una, otra vez. Subordinamos los objetivos a los medios. El conocimiento a su pedagogía. La mediación se convierte en sujeto educativo. Ahí inciden más fácilmente partidos e intereses de gremio. Aparecen los técnicos, los desertores del aula. Se multiplican los intermediarios. Y tras el ruido, agotados por la propia inutilidad, se acuerda algo valiéndose del consenso como idea suprema de orgullo gregario.

Ante el fracaso de una visión conjunta de futuro ilusionado, la fractura del medio recurre a intersticios de corto, pero sólido beneficio. Sucede así también con el ruido de lenguas, especialmente las afines o hermanas, como las nacionales. Son todas españolas porque se hablan y hablaron en suelo hispano. Suprimido el fundamento de su origen, anulada la perspectiva histórica de donde proceden, e hipotecadas con la deuda que asfixia la vida del entendimiento, se aferran a su dominio inmediato. Y con doble espejismo. Convierten lo pequeño en grande, pues toda lengua es universal, y creen que el universo aún nos asiste como antes solía.

El conflicto del catalán respecto del castellano en su extensión española procede de ese doble espejismo asociado con aquel subfondo irracional de incertidumbre histórica. Reconocen unos, los catalanes, que el sol de España proyecta más sombra que claridad. Creen otros, los “españolistas”, que su lengua identifica al Estado. El español les parece aún -números mandan, dígalo la deuda soberana- el sol que resplandece sobre mares y montañas desde un cielo mediático que alumbra hasta de noche en los televisores de gran parte del mundo civilizado. Pero no dicen qué alumbra, cuál es su contenido, cómo parpadea esa lumbre en suelo patrio. Y aquéllos lo intuyen desde el código numérico, pues la digitalización ha cambiado el concepto de cómputo.

Una escuela centrada en catalán e inglés con el español de refilón mediático es un arma sociológica de futuro, por lo menos, occidental. El código de base permite atar en corto una razón de Estado, dentro o no de otro, y, el adquirido, conecta con el resto del mundo globalizado. El español se reduce a lo que es, un medio de comunicación masiva sometido a la deuda hipotecaria de medio mundo. Y cada día, más masa.

La lengua española vive de su sombra y de esa expansión sin otra sustancia que la imagen banal de una lengua comercializada. Carece de energía intelectual y, más trágico, no comprende la que tuvo. Quienes la ostentan son parte de aquella mediación inútil, mercenaria, de los grandes asuntos de Estado. Viven el espejismo de su pobreza creadora. Así quienes se dicen, o les dicen, filósofos, políticos, productores, banqueros, poetas, artistas, profesores… Piensan el regüeldo de su experiencia. Rigen el descalabro de la economía. Producen condiciones de endeudamiento. Lo rentabilizan con maestría acumulada desde aquel sol trasatlántico sin sombra en el Reino. Cantan la miseria del pensamiento y, a más voz, más dádiva, premios institucionalizados en nombre de aquel pasado ya irrecuperable: Cervantes. Y pintan, esculpen, construyen lo que la hipoteca les dicta. Enseñan su impotencia, deudos también de cuanto copian, glosan, clonan.

Cataluña tiene un instinto especial, mediterráneo, pero pegado a la espalda del norte de Europa, que la avisa, y previene, del cambio de vientos y estaciones históricas. Sabe cómo espolear al resto del Estado. Se ríe incluso de él, sin que nadie rechiste. Lo juzga paleto. Así lo considera uno de sus honorables. Lo ve hueco de sustancia, sin ningún oriente en la Unión Europea. E intuye cómo van a girar, o giran ya, los gonces futuros de España. Impotente ante el nuevo concierto europeo, alejada de América, de espaldas a África, mendiga de Asia, incapaz de reconocerse, solo espera que alguien la rescate y redima de esta miseria galopante.

El ruido de las lenguas catalana y española en su acepción metonímica sirve además para encubrir el fondo de la penuria existencial del Estado español. Tapia la corrupción depredadora, el agio, especulación sobre los fondos públicos. Mientras unos trabajan, trabajamos, otros inventan medios para beneficiarse del estruendo que provocan.

Lo importante, crucial, sustantivo de este momento, con más incertidumbre que ilusión, si alguna, es saber hasta qué punto los honorables nos han destronado, robado, humillado durante décadas de latrocinio y conversión del Estado en código mafioso de la democracia. En catalán, castellano, gallego, vasco, o mejor, español, para que lo entiendan todos los ciudadanos.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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