La cabeza de Lanuza
jueves 20 de diciembre de 2012, 20:21h
Los Austrias, qué dinastía. Ibamos a tener a Artur Mas diciendo memeces sobre que el rey es el problema si aún estuviese en el trono Felipe II. Calladito que estaría. Y eso que el primer Borbón patrio, Felipe V, también dio muestras de saber cómo hay que entenderse con el nacionalismo; aunque, eso sí, nada como los Austrias. Dinastía con la que, por cierto, iban los catalanes en la Guerra de Sucesión española. Sí, española. Lo de la Diada y todo eso son solo resquemores pasados de quienes optaron por el bando perdedor en aquella guerra, nada más.
Pero volvamos a Felipe II, para ver cómo aquel hombre resolvió un asunto que amenazaba con írsele de las manos. Todo empezó con don Juan de Austria, hermanastro del rey y uno de los hombres más notables que ha tenido España. Siempre leal, avisó a Felipe II de las intenciones de su hijo, el príncipe don Carlos, quien mantenía tratos con los rebeldes de Flandes. Gracias a ello, el príncipe fue detenido y posteriormente confinado, donde moriría en extrañas circunstancias. Dicha muerte sería uno de los detonantes de la famosa “leyenda negra española”, auspiciada por ingleses y holandeses para desprestigiar a un Imperio donde no se ponía el sol.
Más tarde, don Juan de Austria seguiría dando muestras de sus servicios a España con éxitos tales como la victoria de Lepanto. Su leyenda se agrandaba cada día; demasiado, a juicio de su hermano. Quizá por ello, Felipe II le mandó de gobernador a los Países Bajos, con Juan de Escobedo como secretario. El del rey, Antonio Pérez, encajaba a la perfección con lo que hoy sería un nacionalista catalán al uso: corrupto, sectario, intrigante y mentiroso. Envenenó la relación entre ambos hermanastros hasta hacer desconfiar Felipe II de las intenciones de don Juan de Austria. Tan es así que incluso ordenó asesinar a Juan de Escobedo, con la aquiescencia real. Sin embargo, este hecho precipitó la caída en desgracia de un Antonio Pérez a quien sus turbios manejos cada vez granjeaban más enemigos en la corte. El intento de chantajear al rey sería su último error. Fue detenido y torturado, aunque logró escapar a su Aragón natal, donde se acogió a la protección de Martín de Lanuza, el Justicia Mayor.
El rey pidió su entrega, pero Lanuza se negó, apelando a los fueros -aragoneses, que no catalanes; éstos eran vasallos de la Corona de Aragón, y no al revés-. Felipe II movió ficha y acusó a Antonio Pérez de herejía, por lo que éste fue recluido en la cárcel que el Santo Oficio tenía en Zaragoza. Los maños, muy suyos ellos, lo vieron como una afrenta y se sublevaron. Esta circunstancia la aprovechó Antonio Pérez para, con la complicidad de Juan de Lanuza -el nuevo Justicia Mayor e hijo del anterior-, cruzar los Pirineos y seguir molestando desde Francia, donde moriría.
A Felipe II todo aquello no le gustó un pelo. Para colmo, la muerte poco después de don Juan de Austria revelaría que la actitud del héroe de Lepanto fue siempre leal hacia su hermano y hacia España, lo que acrecentó los remordimientos del rey. Así, al ver que Lanuza había congregado un ejército de varios miles de efectivos para hacerle frente, envió a los célebres Tercios, que apenas sí se vieron inquietados. La rebelión fue sofocada, y la historia puso a cada uno en su sitio: a don Juan de Austria, como el héroe que fue, a Antonio Pérez, como un traidor que acabó como merecía -olvidado por todos- y a Juan de Lanuza como un hombre de honor que, sin embargo, perdió la cabeza -lo decapitó el verdugo real- por terquedad. Baturro él.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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