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La dimisión de Monti

Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
viernes 21 de diciembre de 2012, 21:44h
Tras la aprobación de los Presupuestos generales de 2013 por el Parlamento italiano, Mario Monti ha presentado su dimisión ante el presidente de la República, Giorgio Napolitano. Termina así el mandato técnico, aunque hasta el domingo el Professore no anunciará cual será su futuro y, sobre todo, sabremos si de verdad está preparando su descenso a la arena política. Y mientras las elecciones de febrero se acercan, Italia sigue en la incertidumbre, ante un futuro preocupante y en un escenario nebuloso. Cumplidos los rituales del adiós, Monti ha terminado abruptamente su mandato técnico, una experiencia política que ha servido para recuperar la credibilidad de Italia e intentar salvar así su economía. Se trató entonces de una decisión cínica pero útil para que Italia se librase de una de su peores pesadillas, que ciclicamente vuelve a amenzar su futuro: Berlusconi. Merece la pena recordar que tras la dimisión del cavaliere –en noviembre de 2011- se abría una incierta etapa política, donde la posible creación de un Gobierno técnico con una personalidad al frente que pudiera poner de acuerdo a todas las fuerzas políticas parecía la solución más adecuada para sacar a Italia de tan difícil situación. No obstante, se trataba de una solución paliativa, una panacea temporal, mientras el país necesitaba y necesita cambios duraderos, un Gobierno que tenga la estabilidad y la eficacia entre sus prioridades.

Desde que el conocido economista asumiera la presidencia, la imagen de Italia y su credibilidad han mejorado notablemente. El ex Comisario europeo ha conseguido trasmitir seriedad y rigor al escenario político-económico nacional, adoptando medidas de ajuste improrrogables e iniciando un proceso de reforma necesario para relanzar e impulsar la economía nacional. Sin el vínculo del mandato electoral, Monti ha podido aprobar unas medidas de austeridad duras e impopulares; asimismo, ha sido el promotor de unas reformas económicas, bien recibidas por la Unión Europea y los Estados Unidos, que han servido, sobre todo, para tranquilizar a los mercados. Reformas, pero sobre todo impuestos: el Gobierno Monti ha salvado probablemente a Italia de una crisis más grave, pero el precio que están pagando los ciudadanos parece demasiado alto. Muchas de sus promesas se han quedado en el aire y el Gobierno ha parecido demasiado “tímido” en temas tan importantes como liberalizaciones y privatizaciones. Por eso, su mandato ha servido para alejar un pasado tan cercano como nefasto e intentar recuperar la credibilidad de una de las cunas de la civilización moderna, cuyos últimos acontecimientos políticos parecían un espectáculo, a veces dantesco y otras veces, más cercano al mundo del culebrón; una opera buffa o una tragedia, según se mirase. La llegada de Monti a la presidencia ha permitido a Italia contar con mayor protagonismo dentro de las instituciones europeas y con una activa participación en la determinación de la política europea. Pero aún queda mucho camino e Italia necesita un Gobierno fuerte, que sea capaz de reducir la enorme deuda y, sobre todo, de potenciar el crecimiento, impulsando el relanzamiento de la economía nacional.

Los Gobiernos técnicos son episódicos y limitados en el tiempo: ha llegado el momento de que la clase política nacional aprenda de sus errores, asumiendo sus responsabilidades tras esta anómala etapa en la que se ha negado a pagar el coste político de gestionar la crisis. Es más, paradojícamente la Casta italiana ha llegado a negar su responsabilidad ante la crisis, considerándose exenta de culpa. En vísperas de las elecciones de 2013, los partidos italianos necesitan replantearse su identidad, mejorar su modelo político, reflexionando y ejerciendo una constructiva autocrítica de su conducta de los últimos años. Italia no puede permitirse el lujo de seguir siendo el retrato vivo de la frase gattopardina del “cambiar todo para no cambiar nada”, ni estar, una vez más, a la vanguardia de tendencias socio-políticas como fue el caso del fascismo, por ejemplo, o como laboratorio de cambios como en el caso de la videocracy populista de Berlusconi. Italia debe superar la parálisis del “berlusconismo y antiberlusconismo”, la enorme confusión política de estos últimos meses (o, mejor dicho, años) o sus Gobiernos sui generis. Está en juego no sólo el futuro de Italia, sino de toda la Unión Europea.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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