El Papa, los Reyes Magos y la prensa
sábado 22 de diciembre de 2012, 19:36h
El Papa no afirmó en su libro sobre la infancia de Jesús que los Reyes Magos de Oriente vinieran de Occidente. Podría ciertamente haberlo hecho –cualquiera que haya contemplado con atención la imagen más antigua que existe de Melchor, Gaspar y Baltasar, un mosaico del siglo VI de San Apolinar de Rávena, sabe que eran catalanes-, pero la verdad es que no lo hizo. Benedicto XVI no es tan buen cristiano como para equivocarse cada vez que sus detractores lo necesitan. Son estos los que ahora han quedado en entredicho. Media vida reprochándole que se inmiscuya en temas que no le atañen y para una vez que el Pontífice habla de religión, sólo de religión, la pifian ampliamente.
¿Aprenderán los enemigos de la fe ajena a ser más precavidos o se limitarán a esperar otra ocasión para precipitarse con redoblado ímpetu sobre el representante del oscurantismo en la Tierra? Habrá que verlo. Yo, particularmente, y aunque sólo sea por lo improbable que es que un hombre llegue a cruzarse alguna vez consigo mismo, me inclino a pensar lo segundo. El viento de la historia sopla a favor de aquellos que tienen la suerte de no tropezarse nunca con lo insondable y esto les basta y sobra para no necesitar ser escrupulosos con sus argumentos. ¿Acaso no debería proscribirse por todos los medios la superstición, hostigar a los dogmáticos, entorpecer el fanatismo, chamuscar a los inquisidores? En suma: da igual si el Papa ha escrito lo que se dice que escribió; el hecho indisputable es que ha escrito y, en consecuencia, que se ha equivocado. La infalibilidad de la razón, ya lo saben ustedes, es cosa demostradísima.
Lo más azorante del caso ha sido, sin embargo, el papel de la prensa. ¿Cómo es posible que se diera por buena una información tan absurda?, ¿no queda ya nadie en las redacciones capaz de exigir que se compruebe la exactitud de las noticias antes de divulgarlas? La facilidad con que circulan en España las más increíbles especies, amparadas por una prensa que, como la Real Academia, da cobertura a cuanto oye, produce la degradante impresión de que vivimos en un país carente de juicio. Desde luego, pasma que los medios de comunicación, tan severos a la hora de recriminar las equivocaciones de los demás, se conduzcan en lo suyo de forma tan chapucera. ¿Acaso la mediocridad, la estulticia, la deshonestidad que han envilecido el país no nos ha alcanzado también a nosotros? Los periódicos se pasan la vida evaluando los méritos y la respetabilidad de los diversos sectores de la sociedad, pero sabemos de algunos de ellos que están en una situación similar a la de las cajas de ahorros, dirigidos por genios que han puesto en práctica el principio de que, salvo el suyo, siempre hay alguien que puede hacer el trabajo por menos, aunque sea mal, pero como no hay cajas de ahorros que peroren a costa de esto, el tema apenas se trata.
El periodismo está en crisis, y no sólo porque lo está todo lo demás. Quizá sea excesivo decir que la forma en que ha evolucionado le ha hecho perder la llave de la opinión pública, si tal cosa existe realmente, pero de lo que no cabe duda es de que cada vez son menos los que creen que el periódico es lo mejor para estar bien informado. Su aportación al esclarecimiento de los asuntos se ha reducido en la misma proporción que su crédito, un crédito que ha caído a causa del descaro con que asume ahora su condición de cuarto poder y, sobre todo, la incuria con que suele ejercerlo. Datos falsos o incorrectos, informaciones tendenciosas, acusaciones infundadas, artículos compuestos y redactados con el peor estilo posible, un palmar de Troya que no es fruto de las circunstancias, sino una de sus causas. Habría que empezar a tomarse el asunto en serio porque con estas credenciales resulta sumamente difícil convencer a nadie de que existe una prensa libre, garante de la verdad y la decencia pública. En todo caso, si, como decía Cyril Connolly, la literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces y el periodismo el de escribir algo que sólo se lee una vez: ¿qué interés puede haber en seguir algo que apenas justifica la mayoría de las veces una apresurada lectura?