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La conversión de Quico

miércoles 26 de diciembre de 2012, 20:52h
Actualizado el: 28 de diciembre de 2016, 18:54h
Navidad es tiempo de estar con familia y amigos. Comemos y bebemos a espuertas, gastamos más de lo que tenemos y hacemos un montón de buenos propósitos para el año que viene, a sabiendas de que en su mayor parte quedarán en agua de borrajas. Esta Navidad, sin embargo, habrá quien no tenga demasiados motivos para estar alegre. Dificultades económicas, problemas de salud o la falta de un ser querido suelen pesar más que otras fechas. Y eso que ellos aún tienen algo a lo que aferrarse.

Hace ya tiempo que conozco a mi amigo Quico -el nombre es ficticio; no así su historia-. Pasará una Navidad diferente. En lugar de turrones -la droga se le llevó algunos dientes, por lo que masticar se convierte a veces en una aventura-, pastillas. En lugar de andar por la Plaza Mayor, paseos por un patio en su silla de ruedas. Regalos, más bien pocos. Ya no le queda familia, y sus “amigos” se fueron quedando por el arroyo de la marginación. Tampoco anda muy allá de salud. Quico tiene SIDA. Lo cogió en su "otra vida", aquella en la que acabó por pagar un peaje terrible de tanto recorrer el lado salvaje.

Yo le encontré gracias a la Misioneras de la Caridad, de Madre Teresa de Calcuta. Quico vive en un hogar donde no le faltan cuidados ni atenciones y en el que hace memoria del camino que le ha llevado hasta el lugar en el que está. Tiempo atrás, alguien le habó de la historia de Elena, una joven murciana de 24 años que murió antes de poder cumplir su sueño de profesar con las Misioneras. Quienes tuvieron la suerte de conocerla hablan de ella como una persona excepcional, que supo afrontar el cáncer con la entereza que da tener un corazón de oro y una fe radiante.

Quico es un tipo duro. Atracos a mano armada, drogas y cárcel curten lo suyo. E imprimen carácter. Pero hace un par de años, Quico supo del caso de Elena. Le contaron cómo había vivido, cómo había muerto y cómo quería a todo el mundo a su alrededor, teniendo en sus oraciones incluso a gente a la que no conocía -seguramente, él incluido-. Y algo en su interior se removió. Reza por ella a diario, y se que si pudiera dar marcha atrás cambiaría mucho de lo que hizo. Tampoco es que tuviera muchos referentes: su padre murió de sobredosis cuando él apenas si era un adolescente, y a su madre la reventaron con una escopeta recortada un año después. En cambio, ahora sí tiene uno: Elena.

En noviembre, pidió que le llevasen a Caravaca de la Cruz, donde está enterrada Elena. Quería poner flores en su tumba y rezar por ella. La casualidad -¿Casualidad?- quiso que justo ese fin de semana fuera la misa de su tercer aniversario, lo que hizo el viaje aún más especial. Habrá quien pueda pensar que Quico se aferra a esto como su último clavo ardiendo. No lo se. Lo que sí se es que su cara tiene un brillo especial cuando habla del bien que le hace rezarle a Elena. Esta Navidad, Quico ha pedido -él no puede ya- que escriban en su nombre un Christmas a la familia de Elena. Desconozco qué dirá, aunque sí tengo muy claro que, sea lo que sea, será con el corazón. Un corazón renegrío durante años y que Dios retocó a través de la vocación de Elena. Aún hay conversiones. De hecho, ojalá esta Navidad todos nos convirtiésemos un poco. Como Quico.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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