49 horas en Kinshasa
jueves 27 de diciembre de 2012, 20:23h
Javier Reverte ha prologado el vibrante relato de Miguel Fernández-Palacios sobre las terribles horas que él y su personal sufrieron encerrados en la embajada española y, después, en la sede de Naciones Unidas en la capital del Congo, en marzo de 2007, cuando él era embajador de España allí y, en la avenida donde abría sus puertas la legación, estallaron violentos combates entre las tropas del presidente Kabila y las de un señor de la guerra no demasiado conforme con su política.
“49 horas en Kinshasa”, publicado por Catarata/Casa África, es un vibrante relato sumamente descriptivo de la peripecia padecida por aquellas veintiuna personas: diecisiete funcionarios, un asesor de la Generalitat, dos cooperantes y una monja. Sólo dos policías españoles con armas ligeras estaban a cargo de la seguridad de las dependencias, y sólo gracias a los cascos azules uruguayos resultó posible la evacuación de los atrapados en aquel edificio, convertido en una ratonera, donde estaban también domiciliados un banco, la embajada de Grecia y las oficinas de UNICEF.
Algún cineasta debiera tomar en consideración el próximo traslado a la gran pantalla de esta peripecia de un grupo de civiles luchando por conservar la calma y el pellejo mientras el sonido de las balas de los “Kalashnikov” y de los impactos de las granadas anticarro en las calles pugna, a su vez, por quebrar sus nervios, y que nos trae ecos visuales de “Hotel Ruanda”. Porque en el texto de Fernández-Palacios, aparte de una vivísima narración, hay material para un gran guión y una película de éxito…
Además de un cabal testimonio de que la diplomacia conforma un arte cuyos cultores han de estar preparados para improvisar y coordinar un rescate de urgencia bajo la balacera lo mismo que para acertar en la elección del surtido de canapés con que agasajar a los invitados en las recepciones (buenísimos, por cierto, los servidos la otra noche en la Embajada de Francia con motivo de la imposición, a Alberto García-Álix, de la Insignia de Caballero de las Letras y las Artes de la República Francesa).