El nombre de Charles Ponzi no le dirá nada a muchos lectores. Pero si hablamos del fraude de las finanzas piramidales, entonces sí sabrá de qué se trata. De esas cartas en las que podía entrar en una rueda en la que sólo se podía ganar dinero metiendo a más gente. O de, según se dijo, Forum Filatélico y Afinsa. O de Bernard Madoff. O de las pensiones.
Esta referencia al sistema de pensiones puede parecer chocante. Pero no lo es en absoluto. Es el mismo principio que propuso Charles Ponzi en 1920. Vamos a contar su historia, tal como la recuerda Daniel Stelter en un reciente informe de Boston Consulting Group. Habla de este italiano emigrado a los Estados Unidos, y dice lo siguiente: “Él arbitró un sistema de arbitraje con cupones de respuesta internacional en Italia, e intercambiarlos por sellos en los Estados Unidos, sacando provecho de las significativas diferencias de precios debido a la enorme inflación post bélica. Atrajo a muchos inversores, prometiéndoles rentabilidades extraordinarias, del 50 por ciento en 45 días. Pero, en lugar de invertir el dinero en comprar los cupones e intercambiarlos por sellos, simplemente utilizaba el dinero de los últimos inversores en pagar los altos intereses de los primeros inversores, con lo que extraía enormes beneficios mientras tanto. En el momento en el que el fraude colapsó, los inversores habían perdido cerca de 20 millones de dólares, el equivalente a 225 millones de dólares de 2011. Desde entonces, estos fraudes se conocen como esquemas Ponzi”.
El nombre del informe, traducido al español, es
Acabando con la era de las finanzas Ponzi. El autor reconoce que “por supuesto, no hay nada malo en endeudarse, siempre que la deuda se invierta en la creación de crecimiento económico adicional”. Pero señala que en las últimas décadas ese endeudamiento se ha destinado, sobre todo, “al consumo, a especular con acciones y bienes raíces y al pago de los intereses de la deuda anterior”. Y como indicador de esta tendencia señala que “durante los años 60’, cada dólar adicional de deuda en los Estados Unidos llevaba a la creación de 59 nuevos centavos en nuevo PIB; en la primera década de este nuevo siglo, ese mismo dólar de crédito producía sólo 18 centavos en nuevo PIB”.
A partir de ahí se basa en el siguiente esquema de Hyman Minsky, que distingue entre tres tipos distintos de financiación basada en el crédito: 1) La financiación cubierta, en la que “el deudor genera el suficiente cash flow como para pagar el interés y devolver el capital”. 2) La financiación especulativa, en la que el deudor puede pagar el interés, “pero no el principal, a partir del cash flow”. En este caso, el deudor tiene que refinanciar sus obligaciones constantemente. Y 3), una financiación tipo Ponzi, en la que “el deudor no genera el suficiente cash flow como para pagar ni el principal ni el interés. Aunque espere que el valor del activo suba más rápido que los costes de financiación, él debe endeudarse más para hacer frente al pago de los intereses”. El objetivo último es salvarse, “vendiendo el activo al siguiente comprador”.
Si uno se endeuda para financiar un consumo, está claro que ese consumo no genera intereses, no genera un rendimiento (un cash flow o, más bien, una renta), y por tanto endeudarse para consumir entraría dentro del tercer tipo de financiación. Es sostenible cuando hay otra renta que es capaz de sostener esa deuda. El caso de las pensiones (y de los beneficios sociales, en general), entra dentro de este esquema. Porque las pensiones son transferencias de renta de las clases productivas y ahorradoras a las menos productivas y, en cualquier caso, consumidoras. Es decir, las pensiones son consumo.
Entonces, ¿son las pensiones un esquema Ponzi? Lo son. Daniel Stelter pone un ejemplo: “Imaginemos 100 nuevos bebés que representan la fuerza laboral de futuro de Alemania”. La fertilidad necesaria para mantener la población es de 2,1, mientras que la tasa de fertilidad de Alemania es de sólo 1,4. “Esto significa que de los 100 bebés necesarios para mantener la población, 33 no llegarán a nacer”. De los 66 hay que restar una parte pequeña, pero real (9 personas) de analfabetos funcionales (o trabajadores con baja productividad), y hay que restarle otros 4 que emigrarán. Son 54 trabajadores productivos que deben sostener a 36 jubilados. La tasa de impuestos que tendrían que aguantar para pagarlos es tan alta que esos 4 emigrantes acabarán siendo más.
A esto hay que sumar, dice el autor, que el crecimiento de la productividad cada vez es menor, que la era de los recursos naturales baratos se ha acabado, y que la innovación presta menores saltos en la productividad. ¿Qué cabe hacer?
En primer lugar, atender el exceso de deuda de inmediato. Las medidas que propone no son muy acertadas (incluyen el impago o la inflación, otra forma de impago), de modo que vamos a pasar por encima de ellas. En segundo lugar, reducir las obligaciones sin fondos, como las pensiones.
En tercer lugar, mejorar la productividad del Estado, de forma paralela a la reducción del gasto. El cuarto punto no tiene mucho sentido, de modo que pasaremos de un salto sobre el quinto: facilitar las migraciones. El sexto es invertir en educación para hacer al trabajo más productivo, lo que se da la mano con el sexto punto: invertir en infraestructuras. Mejorar la eficiencia en el uso de bienes materiales y realizar una acción global forman parte del decálogo, que termina con el siguiente punto: Lanzar el siguiente ciclo de Kondratiev. En otra crónica explicaremos en qué consiste, pero es un ciclo largo de crecimiento que al final… al final termina en lo que estamos viviendo.