CRÍTICA
Varios autores: 1898. El desencanto
domingo 30 de diciembre de 2012, 12:42h
Varios autores: 1898. El desencanto (Del cautiverio, de Ciges Aparicio; Sombras eternas, de Raimundo Cabrera y Luz de domingo, de Pérez de Ayala). Prólogo de Fernando García de Cortázar. Introducción de Carmen R. Santos. Espasa/Fundación Dos de Mayo. Barcelona, 2012. 432 páginas. 23,90 €
La Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad viene auspiciando una serie de publicaciones que, desde el placer que proporciona la buena literatura, nos invitan a reflexionar sobre períodos y momentos decisivos de la reciente historia de España. Iniciativa sin duda sumamente oportuna al fundirse el siempre necesario conocimiento de la Historia con el disfrute de escritores imprescindibles. Así, tras presentar, en anteriores títulos, obras en torno a la Guerra de la Independencia o la revolución liberal de Cádiz, no podía dejar de ocuparse de la crisis de 1898, etapa de hondo desencanto, que supuso también un revulsivo en la conciencia nacional y el nacimiento, en la estela del regeneracionismo, de la Generación de 1898, con nombres como, recordemos, Pío Baroja, Azorín, Antonio Machado o Miguel de Unamuno.
Precisamente Unamuno escribió: “Vino el derrumbe de nuestros ensueños históricos, vino lo de Santiago de Cuba, y lo de Cavite, vino el Tratado de París”, poniendo en el centro de la profunda crisis noventayochista a Cuba y a ese Tratado de París –firmado el 10 de diciembre de 1898- por el que España pierde sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Eran los postreros enclaves del que fue el primer imperio global, que, nacido en 1492 con la gesta de Cristóbal Colón, contaba con posesiones en todos los continentes, y en cuyos dominios “nunca se ponía el sol”. De 1492 a 1898 España recorrió un largo camino surcado de gloria y victoria, pero también de sufrimiento, desolación y derrota, que desembocó en ese “derrumbe de nuestros ensueños históricos”, en palabras del rector de la Universidad de Salamanca.
Al comienzo del siglo XIX, nuestro país se enfrenta con éxito a la invasión napoleónica en la heroica Guerra de la Independencia y dos años después de su primera década se promulga la primera Constitución española –conocida popularmente como “la Pepa”-, cuyo bicentenario hemos celebrado el año que ahora termina. Pero tras la lucha contra Napoleón, la centuria decimonónica se caracteriza por la convulsión y la inestabilidad, surcada por pronunciamientos, exilios, conspiraciones y contiendas civiles, a lo que se suma el proceso emancipatorio de las colonias al otro lado del Atlántico, que, si bien ya había dado muestras en el XVIII, se desencadenaría con toda su virulencia en el XIX. Este proceso, sin embargo, no fue visto en principio desde la metrópoli con especial preocupación. Preocupación que, por el contrario, sí se desató, y mucho, con la pérdida en 1898 de las últimas colonias, después de una desastrosa guerra con la emergente potencia norteamericana, cuyo detonante fue el oscuro episodio de la explosión del Maine, el barco estadounidense anclado en La Habana.
Especialmente dolorosa y significativa resultó la pérdida de Cuba. Y será la preciada isla caribeña la que protagonice las memorias de Manuel Ciges Aparicio recogidas en Del cautiverio, y la novela Sombras eternas, de Raimundo Cabrera, que se reúnen en este volumen, acompañadas por la narración Luz de domingo, de Ramón Pérez de Ayala. La Fundación Dos de Mayo recupera y pone al alcance de los lectores dos títulos –Del cautiverio y Luz de domingo-, escasamente reeditados desde su aparición originaria, a la vez que propicia que vea la luz por vez primera en nuestro país Sombras eternas, del cubano Raimundo Cabrera.
El libro de la vida trágica. Del cautiverio (1903) se inscribe en el ciclo denominado Los cuatro libros, formado, junto a este, por II. El libro de la vida doliente. Del hospital (1906). III. El libro de la crueldad. Del cuartel y de la guerra (1906) y IV. El libro de la decadencia. Del periódico y de la política (1907), conjunto que, no obstante, puede leerse de manera independiente. En Del cautiverio, Manuel Ciges Aparicio (Enguera, Valencia, 1873-Ávila, 1936) cuenta su dura reclusión en el castillo habanero de La Cabaña, utilizado en esos momentos como prisión. Es, como él mismo señala, un “tiempo de dolor y muerte”, que se convierte en un estremecedor testimonio personal de la Cuba en sus estertores coloniales, a la que va Ciges como soldado en 1896, cuando la Gran Antilla está dominada por el general Valeriano Weyler, dispuesto a terminar con la insurrección como sea. Para ello, entre otras actuaciones, establece una polémica medida, la “reconcentración” –reunir a los campesinos en ciudades controladas por el ejército-, que a Ciges Aparicio le resulta nefasta. Cree que no solo es un trato indigno hacia los nativos, sino su condena a un absoluto hacinamiento, o incluso a la enfermedad y hasta la muerte por la falta de alimentos y de sanidad. El siempre combativo Ciges se opone en privado y en público tanto a esa medida como a las acciones de Weyler en la isla. Su disidencia de la política colonial le acarrea el confinamiento en La Cabaña, cuyo relato supone un valioso ejemplo de literatura testimonial, vertida con firme pulso narrativo, por quien fue también autor de las novelas El vicario o Circe y el poeta, entre otras.
Raimundo Cabrera Bosch fue uno los intelectuales cubanos más prestigiosos, de cuyo nacimiento se han cumplido en 2012 ciento sesenta años. Vino al mundo en La Habana, la misma ciudad en la que fallecería en 1923, tras una vida en la que desplegó una amplia actividad en los ámbitos literarios y políticos. Desde muy joven manifestó un acendrado amor a Cuba y decidió luchar por su libertad, aunque en una posición autonomista, no de ruptura absoluta con la metrópoli. Su novela Sombras eternas encierra una condición histórico-testimonial de primer orden sobre la Cuba postcolonial, recogiendo a la perfección el ambiente que se vivió en la excolonia cuando partieron las tropas españolas, y como se van desarrollando su discurrir posterior, con sus luces y sus sombras. Porque, sin duda, uno de los mayores méritos de Cabrera es la práctica de un patriotismo autocrítico, que no se entrega al autoengaño de un fácil triunfalismo. A través de vidas cruzadas, Cabrera nos sumerge en un gran fresco, poblado de una certera galería de personajes.
Por último, el volumen se cierra con una de las mejores muestras de la narrativa del escritor ovetense Ramón Pérez de Ayala (1880-1962), como es Luz de domingo- calificada por él mismo como novela poemática-, donde ni su lirismo ni el estar ambientada en un pueblo “imaginario”, Cenciella, impide a Pérez de Ayala, sino todo lo contrario, hablar de su patria y realizar una lúcida y viva denuncia. Cenciella, en buena medida, se convierte de esta forma en símbolo, a pequeña pero muy significativa escala, de lo que sucede en la España de la Restauración, en la que el caciquismo es un mal endémico y donde la figura del indiano, aquí representada por el abuelo de la protagonista, es corriente y se ve como una posible salida la marcha a América.
Como es habitual en este conjunto de publicaciones, el libro incluye un prólogo del historiador Fernando García Cortázar, premio Nacional de Historia y director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad, y una introducción de la editora del volumen, en este caso la profesora y crítica literaria Carmen R. Santos. Prólogo e introducción nos sitúan perfectamente en el marco histórico y literario de los textos, lo que contribuye a que su lectura resulte doblemente agradable. Acaba de aparecer también en la serie que auspicia la Fundación Dos de Mayo el volumen Las máscaras de la quimera, que recoge las novelas Viva mi dueño, de Valle-Inclán, Míster Witt en el Cantón, de Ramón J. Sender y la joya periodística de Agustín de Foxá En la calle del Turco / le mataron a Prim.
Por Adrián Sanmartín