RESEÑA
Mo Yan: Cambios
domingo 30 de diciembre de 2012, 13:08h
Mo Yan: Cambios. Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard. Seix Barral. Barcelona 2012. 217 páginas. 16,50 €
Las memorias de Mo Yan recogidas en Cambios nos llegan en el momento de máxima controversia sobre la oscura biografía del reciente Premio Nobel de Literatura, arrojando sobre ella una inesperada luz. Sorprende que el relato de su vida, tan sencillo como emocionante, no se remonte a su fecha de nacimiento sino que dé comienzo varios lustros después, justo en el año 1969. Por aquellas mismas fechas, en Europa, Jean-Paul Sartre apoyaba con encendidos silogismos, de muy dudosa consistencia, la violenta Revolución Cultural que Mao llevaba a cabo en la lejana China. Mo Yan, por el contrario, evita realizar cualquier altisonante formulación abstracta sobre aquel régimen y solo nos relata las afrentas que le tocó vivir en su propia piel. Si comienza su narración en 1969 es precisamente porque en ese año fue expulsado sin paliativos del colegio y ese repudio escolar constituyó su auténtica fecha de nacimiento, al menos su nacimiento como silencioso y perspicaz observador, embrión del escritor que sería después.
Las expulsiones del colegio fueron, en realidad, dos, la suya y la de su compañero He Zhiwn, aunque por motivos bien distintos. Zhiwn fue fulminado “-¡Largo de aquí!”, por no plegarse a las órdenes de la autoridad político-educativa de turno, y acompañó su salida destrozando los libros de texto para el adoctrinamiento, dejando los corazones de los demás alumnos palpitando de emoción. Mo Yan, en cambio, probó esas mieles del sistema educativo maoísta, tal como Sartre contaba, por motivos sin duda menos épicos. Al parecer, su profesor Liu, hijo de un héroe de guerra y presidente del Comité Revolucionario de la escuela, tenía una boca tan grande que era apodado Liu el Hipopótamo, o, en su defecto, Liu el Sapo, de tal modo que Liu el Bocazas hizo pesquisas para averiguar quién era el intrigante que le había adjudicado el mote, llegando a la precipitada conclusión de que no podría ser otro que Mo Yan.
Ante su expulsión, la actitud del futuro Premio Nobel fue diametralmente opuesta a la gloriosa rebeldía de su compañero. Cada vez que le echaban fuera, él volvía a colarse dentro. Salía a empujones y retornaba una y otra vez furtivamente, hasta el punto de que la expulsión debía ser anunciada por megafonía para conocimiento de todos sin que nunca lograsen deshacerse definitivamente de él. Mo Yan se convirtió así en el perenne “expulsado presente”, un statu quo delirante gracias al cual nos ha llegado el testimonio de las jugosas y no memos insensatas peripecias de la vida cotidiana bajo el maoísmo rural: los intelectuales convenientemente reeducados para ejercer como rudos peones en granjas y comunas, las cinco categorías sociales negras –con sus terratenientes, contrarrevolucionarios, derechistas y otros malos elementos-, de una existencia tan infeliz como las cinco categorías rojas: obreros, mártires, soldados… solo retóricamente ensalzados por el régimen, o bien el culto casi espiritual al camión Gaz 51 soviético, vestigio de la guerra de Corea, el único síntoma de velocidad en el marasmo de una región de carretas de bueyes y arados de madera. En descargo de Mo Yan, el profesor Liu que le expulsó debía de tener realmente una boca grandísima cuando en un revés durante un partido de ping-pong con la estudiante más atractiva del colegio, la pelota le entró, como por casualidad, directamente hasta la faringe dejándole al borde de la muerte, lo que no impidió que se casase con su bella alumna.
De hecho, con el paso el tiempo, Mo Yan se constituyó en el “expulsado presente” no solo de un colegio, sino en el “expulsado presente” de toda la contemporánea China comunista, ofreciéndonos un retrato insustituible de los desatinos y desquiciadas contradicciones que jalonan su reciente historia. El inclemente dibujo de la vida interna del Ejército Popular de Liberación, donde ascendió como profesor todo el escalafón sin contar con titulación de ninguna clase, supone una impagable réplica a la propaganda oficial, por ejemplo a las aventuras de Lei Fung, personaje mítico creado por los servicios de propaganda como modelo de servicio al pueblo y al partido, cumpliendo escrupulosamente las enseñanzas de Mao. Cambios da cuenta de esa monumental patraña ideológica: el compañero de Mo Yan rechazado del colegio se convirtió en un reverenciado multimillonario, y el mismo Mo Yan en Premio Nobel. Los dos expulsados fueron en realidad los vencedores, en tanto que sus compañeros de pupitre, fieles observadores de los preceptos maoístas no dejaron de arrastrar una existencia desdichada dentro de ese bucle descabellado que es el socialismo con características de mercado impuesto en el país asiático.
Es célebre aquella ocasión en que Jean-Paul Sartre, al comenzar una de sus soporíferas alocuciones ensalzando la doctrina maoísta, recibió de los líderes estudiantiles una elocuente y descarada nota donde se leía: “Sartre, sea claro, sea breve. Tenemos que discutir y decidir una serie de reglas.” Parece como si esa nota no le hubiera llegado nunca a Sartre, pero sí a Mo Yan. Cambios refleja las gigantescas transformaciones de la vida china con un trazo ágil, breve, claro, con una portentosa perspicacia y gracilidad. ¿Puede ser un autor crítico con las instituciones a las que pertenece? La respuesta es que Mo Yan escribe dentro pero como si estuviera fuera, un sello personal que le viene de la infancia. Nunca realiza plúmbeos alegatos explícitos contra el sistema porque sus historias son tan elocuentes que hablan por sí solas. Se diría que su narración siempre es un potentísimo y certero revés que incrusta la bola del ping-pong hasta el fondo de la bocaza abierta de funcionarios y mandamases del exótico régimen chino.
Por Rafael Fuentes