RESEÑA
Madeleine Thien: El eco de las ciudades vacías
domingo 30 de diciembre de 2012, 13:17h
Madeleine Thien: El eco de las ciudades vacías. Traducción de Vicente Campos. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona, 2012. 226 páginas. 17,90 €
Madeleine Thien es una escritora canadiense, de raíces chinas y malayas. Aunque en España es poco conocida, en Canadá ha conseguido cierto reconocimiento como una de las narradoras jóvenes más importantes del país. Antes de El eco de las ciudades vacías, que publica ahora Galaxia/Círculo, en España ya se conocía un trabajo anterior, Certeza, que editó Alfaguara con traducción de José Luis López Muñoz.
A pesar de que aquí su trayectoria es exclusivamente de novelista, Thien se había dado a conocer en Canadá como narradora de cuentos. A día de hoy, sin embargo, su debut inicial, el libro de relatos breves Simple recipes —que sigue siendo su trabajo más reconocido— permanece inédito en nuestro país, Una prueba más de que la narración breve y la traducción de narrativa corta siguen siendo feudo exclusivo de escritores reconocibles para el gran público. Como si el cuento no mereciese otra cosa que ser un complemento de la obra verdaderamente importante que, tenemos que entender, es la novela.
El eco de las ciudades vacías es, según nos informa la edición de Galaxia, el título sugerido por la propia autora para la traducción de Dogs at the perimeter. Esas ciudades vacías, los territorios sitiados que nos anuncia el título en inglés, pertenecen a Camboya. El eco de las ciudades vacías reconstruye la historia de Janie, una investigadora canadiense que, de niña, huyó de Camboya durante la brutal purga de los jemeres rojos después de la guerra civil camboyana. También es la historia de Hiroji, un investigador de origen japonés, el mentor de Janie en la universidad, cuyo hermano ha desaparecido durante la misma contienda.
Thien escribe de forma opresiva. La atmósfera de esas ciudades vacías tiene una densidad particular, angustiosa, que emana de su propio estilo. No tomamos aquí el estilo por lo que debería ser -en sentido estricto, una evaluación del estilo a partir de un texto traducido, independientemente de la calidad de la traducción, siempre será incompleta-, hablamos de una forma de componer el espacio en la que la autora apela constantemente a conceptos sensoriales para entretejer un lugar que se podría resumir como «inconsistente». Podemos encontrar gente que se caracteriza con un olor (no por su olor), y tenemos por doquier la presencia de la luz, que Thien presenta como una forma fantasmal, casi como si la propia luz fuese un trampantojo y, al mismo tiempo, la condición necesaria de la existencia del mundo.
El eco de las ciudades vacías está compuesto como un viaje imposible en el tiempo. Janie e Hiroji son rehenes de un pasado que no pueden abandonar. La suya es una existencia de parias. Parias en un país que les ha dado un nuevo nombre, que los ha aceptado como ciudadanos, e incluso como ciudadanos respetables, pero que no puede dejar de señalarlos como elementos diferentes. En un momento del libro Hiroji, un prestigioso neurólogo, recuerda haber atendido a un paciente de origen japonés, como él, y que un compañero bromeó diciendo que ambos parecían hermanos. Esto Hiroji no lo puede olvidar.
Pero Janie e Hiroji son también parias en el tiempo. Los dos intentan recuperar un pasado que la guerra les arrebató y que, ahora, se presenta como inamovible y cruel. Lo más terrible del pasado es que no solo les ha arrebatado su familia y su felicidad, sino que es capaz de perseguirlos como un fantasma contra el que no tienen defensa alguna. Es inútil intentar revolverse contra él. El pasado es un monstruo invencible que rechaza sus esfuerzos con abrumadora indiferencia.
No se puede decir que la estructura de El eco de las ciudades vacías sea particularmente original. El lector puede estar ya bastante acostumbrado a una forma de componer el relato que se ha hecho tópica en la novela contemporánea, aquella que va adelante y atrás en el tiempo intentando reconstruir el presente de los personajes a partir de la resolución o el enfrentamiento de un pasado traumático. Sin embargo, Thien está dotada de una capacidad narrativa singular. Tremendamente angustiosa y no exenta de una sorprendente elegancia -aunque ni mucho menos aspira a ser elegante- a la hora de abordar las matanzas de los jemeres rojos, uno de los momentos más horripilantes de la historia del siglo XX.
Por Miguel Carreira