Lecciones de fiscalidad: Mil y un trucos para acabar con el déficit
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
domingo 30 de diciembre de 2012, 20:10h
De todas las argucias llevadas a cabo por los poderes públicos para sanear sus cuentas, la idea de cobrar un euro por cada receta expedida, un gravamen aplicable en las comunidades de Cataluña y Madrid, va más allá de los límites del descaro.
He dicho mil veces y lo seguiré repitiendo, que nuestra sociedad abusa de la industria farmacéutica. Por supuesto que vivimos en un mundo hipermedicado. Pero desde luego que en pasar el cesto no está la solución, al menos, no a ese problema. Me parece patético, a la par que vergonzoso, que cada vez que un ciudadano acuda a una farmacia tratando de mitigar una molestia, aparezca por arte de magia el representante regional del fisco pidiendo una monedita. ¿No es ligeramente contradictorio que si el siguiente cliente acude en busca de una crema antiedad, el primero corra el riesgo de aportar proporcionalmente más al erario público?
Creo que resulta de lo más ruin acudir a los enfermos del país y cual yonki del tributo andar pidiendo un eurillo. Eso, después de haber subido el IVA, el IRPF, las tarifas del transporte público, y de amenazar con llenar el sistema judicial con unas tasas que reservan el derecho de amparo legal a unos pocos. Lo sé, quizás todo esto suene al viejo discurso de “¡Nos están asando a impuestos!”. El problema, como siempre, es que en el Reino de España nos estrangulan a unos pocos. De aquí a restaurar el derecho de pernada no veo mucha distancia. ¿Cómo evitar creer que existe una fiscalidad clasista si al tiempo que aparecen manos pedigüeñas por todas partes las grandes fortunas se ven beneficiadas por una amnistía fiscal? Es como para salir con las antorchas a la calle.
En estas fechas se me ocurren mil y un artículos sobre los que aplicar los efectos del “euro solidario”. Sin embargo, parece que el consumo desmedido e irresponsable no es malo, tan sólo el de las medicinas. Seamos valientes, conscientes y coherentes, y cobremos un euro por cada smartphone, por cada tablet y por cada videoconsola. Cobremos un euro por cada alimento con exceso de grasas y/o azúcares. Cobremos un euro por cada bebida energética o por cada billete de avión.
Y ya puestos, cobremos 100 euros por cada joya y 500 por cada yate, así, por las buenas. Claro, que eso podría ser tildado de un atentado contra el derecho a la propiedad y a la libertad del disfrute de las fortunas, muchas de las cuales crecieron y se mantienen gracias a una economía enferma.