Agamenón y la verdad
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 31 de diciembre de 2012, 17:02h
Contra lo que gustaba de asegurar el más enaltecido de los Machado la verdad no es la verdad la diga Agamenón o su porquero. Quizás en otros tiempos fuese así. Desde luego, no en los nuestros. En todos los planos de la vida española actual abundan los ejemplos de ello; pero acaso el político y el cultural sean los más estragados por sus efectos.
Días atrás la prensa exhibió una elocuente muestra al reproducir sendos juicios respecto al nacionalismo hispano expresados por un sobresaliente historiador y un destacado hombre público de militancia socialista. El primero afirmaba taxativamente que la visión de Manuel Azaña del pasado patrio apenas si se diferenciaba de la de Francisco Franco; al paso que el segundo aseveraba que mientras el PSOE actual no pronunciara el vocablo España con el mismo énfasis enfervorizado que Indalecio Prieto estaría tocando el violón… Sin lugar a dudas cabe testificar la exactitud global de la opinión explicitada por uno de los grandes estudiosos modernistas de hodierno; mientras que, debido a su propia naturaleza de punto de vista acerca de algo tan lábil e inaprensible como es siempre el hecho político, la referida en segundo lugar, con ser en todo correcta y justa en relación con la vehemencia españolista del famoso líder del socialismo vasco, se enmarca más en el mundo de la presunción y el futurible.
El núcleo de ambas, sin embargo, se encuentra ampliamente corroborado, según se decía, por el discurso historiográfico vertido en obras de escasa circulación por ir a redropelo del despóticamente imperante en el último medio siglo y, por ende, con nula presencia en los ambientes configuradores de la opinión pública. En su plasmación novecentista, el nacionalismo español sería elaborado tras la crisis del 98 por algunos ideólogos del pensamiento conservador y, muy singularmente, por escritores vinculados o pertenecientes a la Institución Libre de Enseñanza. Uno de estos últimos, D. Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), fue el principal y más insigne de sus formuladores, secularizando –sólo parcialmente- el fuerte contenido sacral que lo distinguiera en su andadura inicial durante la segunda mitad del siglo XIX, y alzaprimando su vertiente cívica. Con dicho aval, su aceptación se reveló instantánea y unánime en los medios más creadores y avanzados de la intelectualidad de la época hasta convertirse en moneda común en los distintos grados de la enseñanza y en las esferas oficiales y privadas de la cultura y el pensamiento. Los textos de las academias militares –Toledo (más tarde, Zaragoza, precisamente bajo la dirección de Franco entre su inauguración en 1928 y 1931), Ávila, Guadalajara, Valladolid y Marín)-, de los institutos y de las universidades tuvieron la misma inspiración y falsilla. Con alguna modulación poco significativa –elección entre héroes civiles y religiosos-, idéntica homogeneidad se hallará en el Parlamento, la prensa o el naciente cine. Ni siquiera la guerra civil supuso una quiebra en tal línea argumental ni en su vivencia.
Verdad elemental a la luz de la Historia, la crispación y el sectarismo predominantes en las letras y artes de la España democrática lograron, no obstante, ocultarla. De ahí, que sea una señal esperanzada de positivo cambio el que ahora comience de nuevo a aflorar bajo el prestigio de ciertos nombre señeros. Un rayo de luz en un horizonte aborrascado como pocos en nuestra existencia como pueblo.