Año 13 ¿cabalístico?
lunes 31 de diciembre de 2012, 17:04h
¡Adiós nochevieja! ¡Alcanzamos otro 1.º de enero! y arrancamos la última hoja del exfoliador o tachamos el casillero final de la pizarra. Sé que bastantes lectores acaso preferirían que, tras el 31 de diciembre de 2012, amaneciera mejor el 1 de enero de 2014. Pues va a ser que no. Todos cogidos fuerte de la mano si así lo prefieren, primero tendremos que atravesar sin remedio alguno todo el año 13, agraz quiromántica cifra que es una incógnita. Estoy convencido de que el guarismo es estupendo, amén de si solemos decir “primero de enero” o “uno de enero” del 13 en América o en España, respectivamente, que frente al 13 hay que ser más listos que el hambre.
El décimo tercer año de la presente centuria que avanza rauda y veloz –en la que nos adentramos poco a poco desdibujando al siglo XX– invita a que aprendamos a convivir con el mentado número agorero, que tanta aflicción provoca a muchos. La situación internacional prevaleciente puede ser vista como un mal momento para que llegue un año foliado con el número 13. ¡Qué inoportuno! ¡en mala hora! dirán más de dos. ¡Cruz, cruz!... ¡que se vaya el 13 y venga Jesús! clamará alguien. ¡Dejémonos ya de supersticiones! pongámonos el mundo por montera y a tirar pa’lante.
No le negaré que esta vez no he visto anunciados tantos buenos deseos de año nuevo citando el arribo de 2013. Sin acabar el 12 en trapatiesta, acaso sea la crisis –que a su modo nos ha zarandeado a todos– o el talante colectivo o que nuestra expectativa era el fin del mundo atribuido a los mayas y no sucedió. ¿Será que el 13 nos da mal fario? A saber. Mas ha llegado el año 13, cuando apenas ayer nos entusiasmaba el cambio de siglo debatiendo cuándo iniciaba, si en 2000 o en 2001, y medio digeríamos el significado de vivir un cambio de milenio. Y tal vez no lo hemos asimilado todavía, incluso.
A mí la última noche decembrina me emociona, me enfervoriza a fin de cuentas, a pesar de ver ahora al signo 13 en el calendario. Cambiar de año es expectante, significativo, un paso mágico que enlaza el pasado y el futuro y que dura escasos instantes. Uno acumula San Silvestres y advierte esas caras que se fueron y las que van llegando a nuestras vidas. Seguro que sí. El momento fugaz embruja, apurando las uvas cuando el segundero aporreado por el minutero o viceversa, ha dado paso atropellado a las campanadas y el planeta al girar se despide y se desprende del año viejo. Siempre es igual y a su vez diferente. Es un reinicio, una muda planetaria y merece marcarse, así sea que se trate de que recibamos a 2013. Renovemos parabienes. Y ¡albricias! aquí lo tenemos ya: a 2013 que porta lucidor el conspicuo numeral. No nos dará la tabarra. Frente a la consabida y extendida triscaidecafobia, ese temor asaz desproporcionado al signo trece (13), yo tengo, acaso por asares de la vida, cierta arraigada triscaidecafilia, pues cuando me aparece, desaprensivo o fortuito, ha sido benigno. No veo en ello nada esotérico ni inconfesable. No le digo que per se, el 13 sea mi mascota, empero puede que sí sea una especie de amuleto, de talismán, no obstante que lo miro con respeto y, eso sí, no abuso de mi suerte, que nunca hay que tentar al Diablo. Para mí el 13 no está para comérselo a besos, pero me agrada. Más trapacerías causan y me descomponen, las gratuitas sañas, cizañas, cicaterías, malquerencias, la mala copa o el mal de ojo de gente sin oficio ni beneficio, todas ajenas a los supuestos infortunios atribuidos a tan sobresaliente cifra. Su mala aspectación no es cosa de la fortuna, sino de lo mundano, que en muchas ocasiones no está bajo nuestro control y en otras sí.
Dado que tan “sombría” y “atrabiliaria” expresión numérica, el 13, nos acompañará doce meses, solo queda asumir, por si acaso apetece, algunas medidas excéntricas o estrafalarias –no quiero decir estrambóticas– para paliar sus inconfesables consecuencias de toda laya, sea que se traten de trapisondas o estropicios. Puesto que ¡desde ya! 13 por aquí, 13 por allá, 13 por acullá, convendría divertirnos con él, pues su tamiz y su cariz invitan a tomárnoslo con naturalidad. Es una experiencia nueva. Ninguno ha vivido un año 13 enterito. Animémonos. ¡Qué no todo pinta mal! Revisando de pasada anuarios, compendios, reseñas, añalejos, cartas siderales y astrales, epactas, registros, anales, horóscopos, agendas, crónicas, cabalas, lunarios, almanaques, breviarios, relaciones, arcanos y alguna que otra fuente más para conocer atisbos del año que inicia y reconocer así sus escondrijos, me entero que 2013 corresponde al equivalente del año de la serpiente dentro del milenario calendario chino, que la considera como un animal sabio, sagrado, de aspecto positivo y de buena suerte. Suena ya más esperanzador y halagüeño.
Da un poco de pena la infausta fama que persigue a esta cantidad, cuya numeralia le favorece con creces. Si apartamos al décimo tercer asistente a la Última Cena –origen de tanta inquina– tenemos que “Calle 13” es un grupo de rock mexicano muy gustado y “Reporte 13” un programa de análisis con ganada audiencia. Aunque el versículo 13 del Apocalipsis da qué pensar y lo mismo su capítulo 13, dedicado a las Bestias, y me asombra leer que Madrid carece de una línea 13 de autobuses, cierto es que la Iglesia venera al papa León XIII así como debemos a Gregorio XIII el actual calendario; se atribuyen a Benedicto XIII los huevos benedictinos y Clemente XIII se opuso con firmeza a disolver la Compañía de Jesús. El rey Luis XIII inspiró mosqueteros y difundió el chocolate en Europa. España tuvo un monarca, Alfonso XIII, que en México da su nombre a la gustada bebida a base de leche evaporada y licor de café. Afirma la Wiki que el trece era el número sagrado de los mayas y que 13 son los miembros de número de la Orden de Santiago. El músico y compositor mexicano Julián Carrillo descubrió el “sonido 13” que, de ser explotado, revolucionaría la música. No me dejo de lado a Su Majestad Julien XIII que nos ha divertido en las hilarantes películas «Madagascar». Un día quizá un pontífice romano portará por nombre el de “Pío XIII”. El 13 merodea más cerca de lo que nos pensamos. Encarecidamente lo imploro: no-le-hagamos bullying.
De manera tal que ni inmutarse con el numeral 13 que enseñorea al año nuevo. “Persígnate y no te turbes” diría mi abuelita con sabias palabras. Plantémosle cara a 2013. Pareciéndosele a sus predecesores, dejará aleccionadoras experiencias que no nos arredrarán, que si nos ponemos chulitos o remilgosos con la cifra, despechándola, más tardará en irse. Así que despacito y con buena letra para que no nos la haga cansada. 2014 tendrá que aguardar mientras transcurren 365 jornadas etiquetadas ya con el compuesto 13. Pero alegrémonos por dos motivos: ya tendremos las añosas cabañuelas para anticipar cómo pintará y siquiera que nos quede como consuelo que 2013 no es bisiesto, así que al 13 lo perderemos de vista un día antes de lo que ha durado el año anterior. Luego entonces ¡quebrantemos los cánones! hagamos del venturoso 13 una añada magnífica, una oportunidad, un año fasto y no nefasto. Ergo, con algarabía, copa repleta y alzada, clamemos jubilosos en ambos hemisferios y brindemos por vosotros, por todos ustedes, y como decimos en México: “que no se haga vicio, sino una bonita costumbre. Y que si esto, que si aquello…¡salud!”