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¿Cuántos millones de mensajes se mandan en Navidad?

martes 01 de enero de 2013, 11:00h
La Historia está llena de hitos, de inventos en los que rezuma la inteligencia humana. A bote pronto, desde que un tipo peludo con pinta de mono se puso a frotar palitos y surgió el fuego, pasando por la bombilla de Edison, la penicilina que salvó millones de vidas, el coche que revolucionó las costumbres, la píldora que situó a la mujer a la altura, o por encima, del hombre a la hora de tener relaciones sexuales, hasta hace bien poco, Internet, esa Red infinita que si algún día se agujereara el mundo se pararía. Y ése sí que sería el fin del mundo, y no el de los mayas. Porque dependemos de todo y para todo de esos satélites que rebotan al instante cada tecla que tocamos. Porque ya todo depende de la maldita y maravillosa Red.

Y con Internet, basándose en el teléfono de Graham Bell, hemos llegado al móvil, ese aparato que ha vuelto a revolucionar el mundo, que ha cambiado las costumbres, que tiene un millón de ventajas, pero que se ha convertido en una esclavitud y, a veces, en un auténtico incordio.

Una de las cosas más curiosas que ocurren con el móvil puede contemplarse cada día cuando se reúnen los adolescentes y, a veces, no tan adolescentes. En cualquier rincón del mundo, uno se encuentra grupos de personas reunidas que no se miran a los ojos y que apenas se hablan. Sólo teclean impulsivamente mensajes, chats y rollos de ese calibre. ¿Pero para qué se reúnen si apenas cruzan una palabra? Y luego, el grupito en cuestión, cuando llega a su casa, siguen tecleando como posesos mensajes y, ahora, a aquellos colegas con los que hace poco tomaba café sin apenas hablar ni mirarse a los ojos.

Y no digamos ya de los famosos vídeos que circulan por ahí. Hay pocos que no sean bobos, cursis, con pretensiones filosóficas, con mensajes pseudotrascendentales, pero que tardan años en abrirse y ponerse a pitar músicas espantosas y soltar frasecitas entre poéticas y tontorronas como grillos sin parar. Los textos son para llorar o salir corriendo. ¡Cuántas tonterías se pueden decir y escribir! Y aquí es dónde se ve que el hombre puede ser un genio e inventar la luz o un cazurro que se cree Einstein. Con los vídeos y mensajes de fondo, casi todos son cazurros e insoportables. Conclusión: los vídeos se borran y a otra cosa.

Y llega el día de Nochevieja y el aparato en cuestión no para de sonar, de tintinear, de escupir mensajes de felicitación de gente inaudita. Millones y millones de mensajes circulan estos días por todo el mundo. Porque el sobrino de un tío segundo del pueblo, al que uno no tiene la suerte de conocer, se ha puesto sensible y te felicita y por pura cortesía tienes que contestarle. Y no sabes ni a quién. Ni por qué.

Lo mejor, y que cada día lo hace más gente, es sin pudor, sin miramientos, a cierta hora se apaga el móvil y a otra cosa, a comer, a tomar las uvas, a bailar o a charlar. A disfrutar de la noche que dicen ser la más alegre, divertida y larga del año. Aunque para muchos puede ser la más triste.

A veces, pocas, a uno se le llena el corazón de alegría al recibir el mensaje de alguien que recuerdas, que añoras o que quieres, pero que está lejos. Aunque la verdad es que el 99,9% de las llamas y mensajes que suenan como abejorros son de tipos pesados que apenas conoces, pero que ese día les da sensiblón y que quieren extender su alegría, o por el exceso de cava que se ha trajinado, por la agenda entera que acumulan en su móvil.

Pues eso: El día de Nochevieja, el de Nochebuena y a ciertas horas de cualquier otro día del año se apaga el móvil y llega la paz, el silencio y hasta la libertad. Y, a veces, muchas veces, dan ganas de tirar el maldito móvil al primer río que uno se encuentra para que desemboque plácidamente y para siempre en el mar y en las más hondas y abisales profundidades. ¡Qué deje de sonar de una puñetera vez!

Pero ya no podemos, dependemos demasiado del aparatejo en cuestión. Entre otras cosas, para trabajar. Porque para felicitar a alguien cualquier día del año, lo mejor, y hasta lo más seguro, es meter en un buzón hermoso y amarillo una bonita carta con su sellito bien pegado para que el destinatario la lea plácidamente en el sillón de su casa cuando le apetezca. Y si no le gusta, a la chimenea. Porque borrar los vídeos es harina de otro costal. ¡Y qué vídeos! ¡Cuánto tonto y cuánto cursi anda suelto por el mundo! ¡Y qué textos! ¡Cuántas bobadas, lugares comunes y memeces se pueden leer! Y, lo peor, es que los autores se creen agudos, graciosos e inteligentes. Si Cervantes levantara la cabeza. Pues tiraría el móvil al río.
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