www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La mariposa en el precipicio

José Antonio Sentís
x
directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 02 de enero de 2013, 20:46h
Lo único cierto ahora en España es la incertidumbre. Lo que sería preocupante, pero lo es más el hecho de que esa incertidumbre es extensible a casi todos los países de nuestro entorno. Los que lo tienen más claro son los que simplemente están sumidos en la desolación, el caos y la guerra, lo que no es precisamente un consuelo para ellos, aunque sea una certeza inexorable.

Es decir, la cuestión está en elegir entre los que estamos mal y los que están peor. Los primeros, porque tememos por nuestro Estado del bienestar. Los segundos sólo viven el malestar del conflicto, y casi es dudoso que puedan contar con Estado.

Conviene, por eso, relativizar los pesares. Podemos ponernos contentos, sin ir más lejos, por una decisión tomada a algunos miles de kilómetros por el Legislativo de otro país, Estados Unidos, al llegar a un acuerdo, por precario que sea, para evitar el llamado precipicio fiscal. Porque el mundo está tan interconectado que las señales de humo desde la Casa Blanca se ven en la Bolsa de Madrid, y por razones que es complicado conocer, a los inversores en deuda pública española les alivia que Obama capee el temporal más inmediato sobre su propia economía.

Ésa es exactamente la sintomatología de la actual crisis. El mundo está tan globalizado en sus comunicaciones que la antigua parábola sobre el efecto mariposa, ésa que plantea que el aleteo de una mariposa en China termina por provocar un huracán en Florida, que se ha convertido en un imposible encontrar soluciones parciales a los conflictos. Más aún, cuando parece posible conseguirlas, alguna noticia llega para sembrar nuevos temores y nuevos problemas. O para aplazarlos, que tanto da.

Lo importante es que parece fuera de nuestra capacidad y nuestra voluntad (la de nuestros gobiernos, lógicamente) hacer nada trascendental, ni para bien ni para mal. Aunque mantengamos la ficción de hacer algo, por aquello de a Dios rogando y con el mazo dando, no vaya a ser que dispongamos aún de un margen con el mazo aparte de darnos en la cabeza.

¿Había cambiado España ayer, habían cambiado sus problemas, sus datos económicos, su empleo, para que la prima de riesgo bajara? No parece. El riesgo era ayer sólo, aparentemente, para Estados Unidos. Sin embargo, conjurado parcialmente éste, pareció venir el maná sobre nosotros. Hecho que no alivia la incertidumbre, porque igual que una buena noticia en América parece ayudarnos, una mala nos arrasaría.

Son las comunicaciones, su inmediatez, las que están cambiando el mundo, tan inseguro ahora como lo fue antes, cuando las prosperidad o la pobreza dependían de la lluvia o el sol. Lo que sucede es que durante algún tiempo dio la impresión de que existiría un futuro en el que los problemas podrían preverse y controlarse, un momento de optimismo técnico científico. Una era que habría de llegar, una vez superadas las contiendas bélicas mundiales. Pero la realidad es que esa evolución científica, esa interconexión fulgurante entre los humanos, nos iba a causar el mismo malestar que el que provocaba la falta de comunicación.

Es evidente, que la crisis no la causa la intercomunicación instantánea. Pero lo que hace ésta es reflejarla tan puntualmente que le aporta un cuerpo psicológico que la extiende entre todos y cada uno de nosotros. Y, así, todos la sentimos como propia, y no sólo en España, independientemente de que tengamos o no trabajo, o que nos vayan mejor o peor las cosas. Sólo hay que ver el discurso de Angela Merkel en Alemania, un país cuya deuda se rifa y que ha batido su récord de ocupación, que no hizo otra cosa que agitar el espectro de la crisis. Y con razón, por cierto, porque aunque a Alemania le vaya bien a corto plazo con la política de la Unión Europea (que por eso la dicta), la realidad es que el desequilibrio que ello está provocando terminará por salpicarla. Igual que a Francia, igual que a Gran Bretaña, donde se encienden las luces rojas que alertan del incendio que ya azotó a Grecia, Portugal o España.

Si miramos en la parte próspera del mundo, desde Japón a Estados Unidos, con Europa incluida, la inquietud es máxima. Estamos en una pandemia de Estados económicamente fallidos, agobiados por el endeudamiento y sus déficit causantes, zarandeados por los vientos de los mercados que se desplazan de país a país sin existir en ninguno. Sin embargo, la lógica dice que en un mercado, si uno pierde es porque otro gana, y aquí, en el plano estatal, ninguno parece estar ganando, luego quienes ganan han alcanzado el grado inabarcable de lo fantasmal, de lo incorpóreo.

En este punto, sólo queda una salida. La capacidad individual para abordar cada problema particular y concreto. Pues una parte de nuestros males fue incorporar a la conversación familiar la evolución de la prima de riesgo. Pues si es difícil encontrar certezas personales, cuánto más lo es especular sobre el mercado de futuros de Chicago. Y peor que caer en el precipicio fiscal americano es sumirnos en el abismo personal de la depresión.

El mundo más próspero ha entrado en pánico, cuando más tenía y precisamente por eso, por el temor a perderlo. Sólo si consideramos que realmente fue una ficción de inmortalidad podremos entender que se puede vivir simplemente como mortales, que bastante fortuna es.

Y, por cierto, los huracanes no los causa el aleteo de una mariposa, aunque la metáfora de nuestro tiempo sea la teoría del caos, la angustia del precipicio.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios