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El ocaso de Hugo Chávez

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 03 de enero de 2013, 20:29h
Decía Mark Twain, con mucha ironía y poca piedad, que no deseaba la muerte de nadie pero que “la lectura de algunas necrológicas” le llenaba de satisfacción. Muchos serán los que se apliquen la máxima ahora que parece llegada la hora de la parca para el que fuera golpista contra el sistema constitucional y todavía ostenta el título de Presidente de la Republica (por él rebautizada de Bolivariana) de Venezuela. Como también muchos serán los que en la hora del óbito, que parece inminente, se lancen a las calles y los caminos del país para llorar su desaparición. No será su tránsito a lo que tradicionalmente se llama mejor vida, temprano por lo demás a unos cortos 58 años, el que deje impasibles a unos o a otros. Estos gerifaltes a los que Don Ramón María del Valle Inclán consideraba erróneamente “de antaño” acostumbran a dejar como herencia una profunda impronta personal y comunitaria de la que los sufridos súbditos tardarán tiempo en liberarse. Incluso aquellos que no ven la necesidad de hacerlo. Sin percibirse que los mandatos mesiánicos suelen traer a la larga más pena que alegría. Y si Dios y los venezolanos no aciertan a remediarlo esto es lo que sucederá cuando el antiguo tanquista se vaya a las verdes praderas del Edén, si que allí le acogen, por mucho que los que contemplarán con alivio su partida no hubieran deseado su muerte, sino simplemente que se hubiera ido antes. O incluso mejor que nunca hubiera llegado. Pero eso ya no tiene remedio.

Chávez ha reconstruido desde Venezuela la experiencia cubana del castrismo y no ha tenido empacho en reconocer que es era su modelo. Sin pelos en la lengua ni temor a caer en la incorrección política, ha hecho de Fidel Castro el modelo para la América supuestamente irredenta, mientras establecía con la isla un tránsito de doble dirección: petróleo a manos llenas para los sedientos herederos de las gestas de Sierra Maestra y médicos, maestros, ingenieros y espías para cubrir el espectro de una Venezuela otrora democrática. La habilidad mostrada para mantener la fachada de la regularidad electoral mientras el contenido real de las libertades y garantías conocía un brutal asalto es también fruto del aprendizaje caribeño. Los años no han pasado en balde para la dinastía de los Castro y alguna experiencia deben de haber adquirido en los tiempos del aislamiento. Pero con elecciones o sin ellas la teoría, la práctica y la palabrería son las mismas: marxismo leninismo por el tubo de la tropicalidad, desprecio del Estado de Derecho y de sus normas, invasión gradual de todos los sectores de la economía, absoluta falta de remordimientos en la aplicación de políticas represivas y/ o expoliadoras, control total de los medios de comunicación y, naturalmente, encendida retórica anti estadounidense envuelta en la soflama antiimperialista. Y como ya no existe una Union Soviética en la que apoyarse, buenos son las relaciones con la mugre del universo, trátese de Irán, Corea del Norte o Belarús. Venezuela es hoy una colonia de Cuba. El chavismo ha querido dejar todo atado y bien atado para que eso siga siendo así. Todas las especulaciones que pudieran realizarse sobre los cambios que el país conocería en la imposibilidad de contemplar un chavismo sin Chávez, en donde Maduro no ayuda a despejar las incógnitas ni menos a concebir esperanzas, son hoy pura entelequia. El tránsito se dirigirá desde La Habana y siguiendo directrices de su dirigencia.

La dictadura ya más que cincuentenaria no puede permitirse el lujo de perder la riada de petróleo gratis que desde La Guaria le ha venido regalando Chávez. Y a ello fervorosamente se sumarán los restantes integrantes del circo bolivariano, también recipiendarios de la munificencia del espadón, trátese de Morales en Bolivia, Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua o Kirchner en Argentina. La lista de las voluntades compradas con los barriles de petróleo venezolanas es larga. Tan larga como la irrelevancia de la OEA y de sus integrantes para denunciar los desmanes antidemocráticos de esa distinguida compañía. Menuda tropa.

Porque cuando se publique la necrológica y el Palacio de Miraflores de Caracas se vea invadido por los magnates que acuden en tropel a presentar sus más o menos sentidos pésames, el país, Venezuela, registrará las peores cifras vitales de su historia en pobreza, en caída de la riqueza nacional, en inseguridad ciudadana, en inflación, en deterioro viario, en infraestructuras, en libertad personal, en respeto internacional, en comercio exterior, incluso en producción petrolífera, en corrupción. Un lamentable testamento. Cuya larga sombra apenas se verá compensada por la lectura de la necrológica. ¡Si al menos hubiera llegado después que la de su longevo mentor y maestro, el habanero Fidel! Pero hasta en esto los hados se muestran sarcásticos. Confiemos en que los venezolanos sepan encontrar fuerzas de flaqueza y reconducir a ese gran país por las vías del raciocinio, la democracia y la prosperidad que una clase política malbarató y un impulsivo chusquero populista acabó por arruinar. Y que quien sepa rezar que lo haga. Buena falta va a hacer, para el que se va y para los que aquí se quedan. ¿Habló alguien alguna vez del valle de lágrimas? Pues que se acerque a Venezuela para verlo.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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