La rebelión de la masa enfurecida
viernes 04 de enero de 2013, 20:24h
Yo siempre he tenido la sensación de que las continuas apelaciones por parte de sindicatos y determinados políticos a la “posible ruptura de la paz social” cada vez que el Gobierno de turno legislaba contra sus intereses tenían algo de chantaje. He tenido esa sensación porque dentro de lo que cabe las cosas no iban tan mal y amenazar con romper pactos de convivencia así porque sí era de una irresponsabilidad enorme. Otra cosa es lo que está pasando ahora, por muchos brotes verdes que se vean. La crisis económica amenaza con una crisis política de proporciones gigantescas y no sé muy bien si las instituciones están preparadas para ello.
En la última encuesta del CIS, los partidos políticos aparecían como el tercer mayor problema de la sociedad, por detrás del paro y los problemas económicos. En cuarto lugar asomaba la corrupción y el resto de las cuestiones quedaban a mucha distancia. Si resumimos un poco, podemos convenir en que la economía –paro y derivados- es lo que más preocupa a los españoles y la política –partidos y corrupción- lo segundo. El resto queda a una diferencia abismal y eso que el resto no es poca cosa: terrorismo, sanidad, educación, inseguridad ciudadana…
Sobre el ingrato papel de los políticos se ha hablado mucho en esta columna. Los políticos son la clave en la democracia liberal porque sin ellos no habría pacto social posible, todo serían ejercicios de acción directa constante. Que los políticos –o el Estado democrático en cualquiera de sus formas- sean los mayores enemigos de la extrema izquierda y del neoliberalismo a la vez no es casualidad: ambos bandos comparten la creencia de que no necesitan a nadie que medie en sus problemas, no hay más leyes que las que ellos mismos consideren oportunas y toda obediencia a un bien común es un incordio si ese “bien común” no es exactamente el que ellos han decidido de antemano.
El tema no hay que tomarlo a la ligera porque la búsqueda de ese estado de bienestar ha sido una premisa básica de la convivencia en los tiempos contemporáneos. Si hemos decidido vivir bajo estas reglas ha sido porque lo considerábamos lo más apetecible. Más apetecible que un mundo cubano, chino o soviético a lo “1984” y más apetecible que un mundo a lo Mad Max donde el pez grande se come continuamente al pequeño, como insensatamente proponen algunos liberales que harían enrojecer de vergüenza a los mismísimos Adam Smith u Ortega y Gasset.
Hay que entender que las constituciones, los parlamentos, las mediaciones institucionales se aceptan y se respetan porque nos ofrecen una sociedad deseable. En el momento en el que los miembros de esa sociedad empiezan a ver a sus gestores como gente muy poco deseable, incluso problemática, el camino al populismo se allana… y el populismo puede ser como en los años treinta o puede tomar cualquier otra forma, pero créanme que no va a ser mejor que lo que hay ahora.
La responsabilidad de los que están socavando los servicios públicos, hundiendo a la clase media, haciéndose a un lado ante los escándalos diarios y repitiendo “no se puede hacer otra cosa” cada vez que las desigualdades crecen y algunos multimillonarios aumentan sus fortunas en más de un 50% en un solo año es tremenda. No seré yo el que defienda unas medidas a lo Hollande, pues el éxito de las mismas se ha visto recientemente, pero sí quiero dejar claro que el pacto social, para que exista, debe ser deseable. Si no es deseable se cambiará por las bravas, por la acción directa, por el populismo. Los enemigos naturales de cualquier democracia digna de ese nombre.
Sin transparencia, sin explicaciones, sin una justicia inmediata y para todos, sin una consideración al contribuyente, al ciudadano, a la hora de ofrecerle y cobrarle unos servicios comunes básicos de calidad, sin combatir la sensación de que uno puede hundir Bankia y encontrar refugio en Telefónica si pertenece al partido correcto o salir de la cárcel en tercer grado pese a demostrar ser una amenaza al volante si tiene los amigos necesarios… Sin todo eso, ahora sí, y esto no es un discurso de propaganda ni silbato, la paz social, el pacto social, peligra. Porque puede que la masa sea estúpida, no lo descarto, pero no por eso deja de existir, y cada día está más enfurecida, sin que quede claro que eso le convenga demasiado a nadie.
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Escritor, analista y profesor
GUILLERMO ORTIZ es licenciado en filosofía. Ha colaborado con revistas digitales como El Semanal Digital, Factual o JotDown Magazine así como en medios culturales como Neo2 o Cuadernos Hispanoamericanos.
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