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CRÍTICA

Stephen J. Burn (ed.): Conversaciones con David Foster Wallace

domingo 06 de enero de 2013, 14:25h
Stephen J. Burn (ed.): Conversaciones con David Foster Wallace. Traducción de José Luis Amores. Pálido Fuego. Málaga, 2012. 238 páginas. 18 €
El 12 de septiembre de 2008, Foster Wallace se suicidó en el garaje de su casa, en el sur de California. Después de la publicación de La broma infinita (1996) se había convertido en el escritor más valorado y promisorio de su generación. No llegó a publicar una segunda novela, aunque apareció póstumamente El rey pálido, obra inacabada en la que llevaba más de diez años trabajando.

Nacido en Ithaca el 21 de febrero de 1962, cerca de Nueva York, en una familia de profesores –el padre de filosofía, la madre de lengua inglesa—, una intensa afición por los deportes (fútbol americano y tenis) y más tarde por la filosofía y las ciencias lógico-matemáticas no hacía suponer que terminaría por dedicarse a la creación literaria. Pero al terminar sus estudios de grado decide matricularse en un máster de escritura creativa en la Universidad de Arizona. En 1987 publica su primera novela, La escoba del sistema, aún inédita en castellano —la editorial de estas entrevistas anuncia su próxima publicación—, a la que sigue un primer libro de relatos, La niña del pelo ralo (1989). Una “gran promesa” que iba a quedar confirmada cuando siete años después llegara a las librerías un poco usual volumen de más de mil páginas —el manuscrito enviado a sus editores tenía mil setecientas— que, situada en un improbable futuro inmediato en que Estados Unidos se habría federado con Canadá y México, reflejaba la América que se enfrentaba al fin del milenio. En efecto, el Foster de La broma infinita aspira a captar algo así como “el espíritu de la época” relatando las idas y venidas de unos personajes desorientados en torno a dos instituciones: una academia de tenis y la sociedad de Alcohólicos Anónimos de Boston, donde se desarrolla la historia.

Opulencia y desamparo son dos de las raíces de la vida americana que se despliega ante la mirada de FW, cargada de ironía y sarcasmo, pero que no se desprende del todo de un cierto sentimiento empático hacia sus personajes. Sabemos que cuando publicó esta novela ya estaba trabajando en su próximo proyecto porque asistía a clases de contabilidad, cuyo protagonista trabajará en una agencia de recaudación de impuestos, situada en el medio oeste. Esta es el punto de partida de la improbable trama de El rey pálido, la novela inacabada que sobrevivió a su autor.

Entre 1996 y 2008 Foster Wallace editó libros de no-ficción, ensayos y crónicas que fue publicando en revistas como Harper’s, Rolling Stone o Atlantic Monthly, libros como Entrevistas breves con hombres repulsivos (1999) o Hablemos de langostas (2005) recogen un conjunto de escritos densos, prolijos, llenos de notas y meandros, y extraordinariamente divertidos, en los que analiza casi siempre desde un ángulo de visión imprevisible un acontecimiento o situación cotidiano o raro, banal o especial pero que Wallace consigue presentar como un “hecho extraordinario”. Desde un viaje en crucero hasta el festival anual de cine porno que organiza la Adult Video News, pasando por la crónica de siete días de campaña de un candidato a la presidencia de los EEUU, el republicano John McCain en 2000, o el festival de la langosta de Maine, FW intenta llegar a una realidad oculta debajo de las superficies consteladas de imágenes.

Probablemente hay una continuidad entre este orden de escritura y las obras de ficción, como es seguro que la hay entre la palabra escrita y la palabra hablada (o casi) del DFW que comparece en esta colección de entrevistas editadas por el especialista en su obra Stephen J. Burn. De 1987 a 2005, las diecinueve entrevistas trazan las curvas y rectas de una travesía literaria atípica, intensa, veraz y plena, como lo es la vida y la inteligencia creadora que la hicieron posible.

Las entrevistas van precedidas de una introducción que ayuda a poner orden en la complejidad biográfica de Wallace, así como a hacer algunas precisiones sobre la recepción de su obra. El artículo de David Lipsky “Los años perdidos…” ayuda a comprender las razones por las que la vida de FW terminó en suicidio.

En general es muy difícil que una entrevista a un escritor no parezca serlo. En las de FW se habla, como en casi todas, del libro que la provoca, de qué significa escribir, de sus orígenes y obsesiones de los propósitos, de los editores, del público, de los colegas, de los maestros. También, en el caso de FW, de las desilusiones y de los fracasos. Las entrevistas son desiguales. La más extensa, de Larry McCaffery, es también la mejor editada y en la que Foster Wallace se muestra más confiado. Quizá las últimas sean las más flojas, con un escritor ausente –o tal parece. La edición española de las entrevistas no merece sino elogios, aunque me gustaría hacer notar que ésta habría quedado notablemente enriquecida si hubieran añadido las entrevistas que en su día realizó a FW el también novelista Eduardo Lago.

No se trata de decirle al lector lo que debe buscar entre la hojarasca de palabras, pero a mí me ha sorprendido la preocupación de David Foster Wallace por lo que podríamos llamar con expresión un punto pretenciosa, el éthos del escritor, es decir la responsabilidad y sentido de la obra de arte. ¿En un escritor postmoderno?

Por José Lasaga
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