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Lo que cuentan los evangelios apócrifos sobre los Reyes Magos

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Poca o ninguna es la información que los cuatro evangelios canónicos –fijados entre los siglos II y III d. C. por Ignacio de Antioquía, Justino Mártir o el obispo Ireneo de Lyon, entre otros– ofrecen al lector que quiera acercarse en estas fechas a la misteriosa y hasta maravillosa figura de los Reyes Magos, cuyo innegable poder de ilusión recorre la noche del mundo cada madrugada del 6 de enero, al punto de que pocos podrían atreverse a negra su existencia, a la vista de la agitación que despiertan en niños y no tan niños. Como afirmaba C. S. Lewis y recientemente ha remachado Umberto Eco en Confesiones de un joven novelista, quién puede arrebatarle a los seres construidos por la imaginación, el mito, la leyenda o incluso la propia realidad su categoría existencial, pues toman forma y figura, alma y psique en las mentes de millones de personas. ¿Acaso no poseen una “vida” más tangible que otras de menor empuje y que en nada nos afecta? Nos adherimos plenamente a esas tesis, a la del poder omnímodo de la imaginación, capaz de modificar la realidad, mal que les pese a los realistas y aguafiestas de este mundo...

Acudamos una vez más a las fuentes. En concreto, Mateo nos habla de unos magos que venían de Oriente, donde habían visto una estrella que iba delante de ellos hasta que se detuvo encima del lugar donde estaba el niño, en Belén de Judea. Se llenaron de inmensa alegría, entraron en la casa, vieron al niño con María su madre y, postrándose, lo adoraron. Luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Avisados en sueños de que no volvieran al palacio del rey Herodes, tal y como les había indicado –“cuando lo encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle”–, regresaron a su país por otro camino.

¿Pero quiénes eran en realidad? ¿Por qué no se recurre habitualmente a las fuentes apócrifas, descartadas ya en una Antigüedad que no contaba con los métodos modernos de interpretación y ecdótica? Mateo, según investigaciones recientes como las llevadas a cabo por Franco Cardini, Massimo Centini o Santino Spartà, se refirió en el conocido texto evangélico a sacerdotes persas o a astrólogos árabigo-caldeos, probablemente babilonios, que estudiaban la relación entre el curso de los astros y la historia humana y siguieron de cerca las esperanzas mesiánicas de los judíos desde que se vieron forzados a permanecer en Babilonia, en tiempos de Nabucodonosor. Es decir, Mateo pasa de puntillas sobre uno de los viajes más fascinantes de la historia: el de una comitiva de sabios del zoroastrismo provenientes del lejano Oriente, tras leer e interpretar las palabras del profeta Miqueas sobre el nacimiento de un príncipe de Israel. Mateo no habla de su número ni menciona los nombres de estos astrólogos paganos, videntes de Persia y conocedores de los misterios de Zaratustra: los convierte en testigos privilegiados del nacimiento de Jesús de Nazaret, del que dan fe y cuya divinidad certifican.

El evangelista no aclara si los magos fundaban la identificación de Jesús como el rey salvador que iba a nacer en la ciudad de David en la exégesis astrológica o en la convergencia de profecías, dos en el caso del Antiguo Testamento. “Los reyes de Tarsis y las islas traerán tributo. Los reyes de Sabá y de Seba pagarán impuestos; todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las naciones” (Salmos, 72, 10-11). Y también “Un sinfín de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Vienen todos ellos de Sabá, portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahvéh” (Isaías, 60, 6). Hasta aquí la relación ortodoxa, la aprobada por los primeros intérpretes de la apasionante materia bíblica. Pero… ¿qué cuentan los considerados textos apócrifos, esos libros donde se narran prodigios y aventuras tan fascinantes como los de la propia Biblia y que un buen día –o mal, según se mire– unos ancianos, allá por el siglo II de nuestra era, decidieron encerrar en cajas?

El Evangelio del Pseudo Mateo, que en el arameo de origen se tituló Libro sobre el nacimiento de la beata Virgen y la infancia del Salvador, afirma que los magos no llegaron a adorar a Jesús pocos días después de su nacimiento, sino al cabo de unos dos años, versión de la historia que concuerda con la decisión de Herodes de mandar exterminar a todos los niños menores de dos años; una vez en casa de María y José, los viajeros les ofrecen dones espléndidos, luego cada uno regala al Niño una moneda de oro y, finalmente, le ofrecen –también a modo invidual– un regalo distinto: oro, incienso y mirra, de ahí el número de tres reyes magos que se ha creído hasta la fecha de hoy. Por su parte, los manuscritos Hereford-Arundel ofrecen la descripción detallada más antigua de estos sabios: vestidos con calzones sarabare típicos de Irán y amplios trajes, color de piel oscuro y gorros frigios, es decir, ataviados con la típica ropa persa o escita. En esta versión, Herodes entrega a los Reyes Magos “un anillo en que va engarzada una preciosa piedra real, sello incomparable que le envió como presente el rey de los persas; y nos mandó que ofreciéramos este don al niño”, además de confiarles como obsequio para el rey recién nacido su regia diadema con una blanca mitra.

El relato de los magos se vuelve más rico y complejo en el Evangelio árabe de la Infancia, redactado en árabe y sirio, que recuerda que existía una profecía de Zaradusht (Zaratustra), “quien inventó las ciencias de la magia”, sobre el nacimiento del Niño, al que los magos persas ofrecen los dones del oro, el incienso y la mirra. Tras la veneración y en prueba de agradecimiento, María les entrega uno de los pañales recién usados por Jesús, con el que emprenden el viaje de regreso a su patria. Allí los recibieron reyes y príncipes, ante quienes honraron el regalo siguiendo sus costumbres de adoradores del fuego: encendieron la chimenea de palacio, adoraron el fuego y arrojaron a las llamas el pañal, que no sufrió combustión alguna por el elemento sagrado.

Tras recuperar el pañal, los magos lo besaron, se lo pusieron en los ojos y la cabeza en señal de adoración y lo incorporaron a la cámara del tesoro, junto a otras maravillas recogidas en sus diferentes viajes alrededor del mundo. El relato zoroátrico de este evangelio termina en un itinerario histórico fascinante, con conexiones con la leyenda del Santo Grial, en forma de la reliquia conservada en Constantinopla hasta la cuarta cruzada, que pasó luego a Saint-Denis y perdida durante la revolución francesa. En el texto leemos: “Alguien opinó que fueron tres, según el número de los dones, otros dijeron que eran doce hombres, hijos de sus reyes; y otros aseveraron que eran diez, de estirpe real y acompañados con un séquito de cerca de mil doscientos hombres”.

Los evangelios sirios completan la fascinación de la maravillosa historia de los Reyes Magos con el relato de la noche misma del nacimiento de Jesús, cuando un ángel fue enviado a Persia, donde se celebraba una gran fiesta y los magos, adoradores del fuego y de las estrellas, adornados con vestiduras solemnes, vieron brillar la luz angelical sobre el país e informaron al rey persa y a sus nobles: “Ha nacido el Rey de reyes, el Dios de los dioses, la Luz de las luces […] un prodigio divino ha venido a anunciar su nacimiento, con el fin de que vayamos a ofrecerle dones –oro, incienso y mirra– y a adorarlo”.

Entonces tres príncipes visionarios, de entre aquellos magos, precisamente los hijos del rey de Persia, tomaron cada uno tres libras de las tres sustancias preciosas y, vestidos con sus ropas de ceremonia y tocados con su tiara, emprendieron el viaje a Jerusalén guiados por el ángel en un tiempo récord, desde el canto del gallo hasta el ocaso. Allí, María también les hizo entrega del pañal sagrado.

Pocos relatos que hundan sus orígenes en la noche de la historia siguen despertando tanta admiración, asombro y embeleso y ejerciendo tanta influencia hoy en día como el de la marcha de los Reyes Magos de Oriente, inspirados por la visión de una estrella más brillante que la luz del sol, acompañados de su séquito, pajes, guardas, mozos… mientras atraviesan a lomos de camellos y dromedarios la distancia entre Persia y Jerusalén, ya sea en unos pocos días o en dos años. Si esta asombrosa peripecia, que Michel Tournier convirtió en literatura con Gaspard, Melchior et Balthazar (1980) y cineastas como Michael Ray Rhodes llevaron a la pantalla en esa joya que es The Fourth Wise Man (1985), continúa vigente con toda su fuerza… no será sólo por los ajustados renglones que el evangelista Mateo le dedicó.
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