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¿Quedan libreros?

miércoles 09 de enero de 2013, 20:12h
A veces, uno no puede dejar de pensar en que es cierto que ya no existen muchos caballeros, pero lo peor viene después, en el momento inmediatamente posterior, cuando te preguntas si la falta de caballeros podría deberse a que ya no existan tampoco demasiadas señoras. Es un pensamiento algo cruel y bastante exagerado, lo sé, pero se parece bastante a la congoja que sobreviene nada más descubrir que una de esas librerías en las que empezaste a comprar las novelas de Enyd Blyton cuando aún llevabas uniforme al cole, ha desaparecido. Cerrada. El local, ocupado por un “chino”, una tienda de suvenires o un bar de tapas de la franquicia más de moda, esa en la que tú te lo sirves y tú te lo comes. Es triste quedarse sin una librería, pero lo es más quedarse sin el librero y de esos, como las señoras, empieza a haber una preocupante carencia.

Porque a uno le puede producir nostalgia el perfumado aroma a tinta que se percibía nada más entrar en aquella reunión de sueños ficticios o ensayos sesudos que te ayudaban a entender lo difícil, pero a quienes ya hace años que se empezó a echar de menos es a los libreros. Aquellos personajes, en peligro de extinción, que parecían haber leído todos los libros que moraban en su local y que, sin necesidad de consultar una base de datos, salían raudos desde detrás del mostrador para dirigirse sin vacilación al lugar preciso de la estantería en la que estaba el libro por el que le habías consultado. Más aún, el librero de antaño, consciente de que uno de los mayores placeres del lector consiste en marear los volúmenes y leer las sinopsis, dejaban un buen rato que se pasease tu imaginación, hasta que te veía volver tres veces al mismo lugar. Entonces se acercaba. Sigiloso. “Te va a gustar más éste”, susurraba como si se tratase de un secreto, mientras te señalaba un libro en el que, a lo mejor, ni siquiera habías reparado. Así que lo tomabas de sus manos, explorabas la portada, la contraportada y las solapas, y, de repente, te dabas cuenta de que sí, ese parecía ser precisamente el libro que andabas buscando cuando ni siquiera sabías que lo estabas buscando. El librero ya te conocía, se acordaba de anteriores títulos que te había recomendado y después se había interesado en saber si te habían gustado o no. Orgulloso de su oficio, casi hacía de tutor pero respetando tus gustos, tus fobias, hasta tus estados de ánimo. Bendito.

Algunos de aquellos libreros ya están jubilados. Ley de vida. Otros, tuvieron que asumir que ya no existían señoras, es decir, lectores dispuestos a fiarse de otra intuición que no fuera la que le había llegado desde la publicidad. O desde el lugar que ocupan en el centro más visible de alguna de las grandes superficies que, entre otras cosas, venden libros. Lo siguiente fue un bucle imparable, una de esas pescadillas que se muerden la cola hasta quedarse en la raspa. Si el que entra en la librería, ya sabe muy bien lo que está buscando, porque es lo mismo que están buscando todos, limitémonos a tener lo que demanda el cliente, parecieron pensar muchos. Si quien entra en el negocio, se dirige directamente a la estantería de los diez más vendidos para coger alguno de ellos sin fijarse en la sinopsis, en la cara del autor o en su breve biografía, para qué molestarse en leerlos y recomendarlos. Sin embargo, es ahí dónde radica su diferencia, en no tener lo mismo que la competencia. O, por lo menos, en no tenerlo en el mismo sitio. ¿Qué poderosa razón hay para no intentar recomendar novelas de autores distintos a los que recomienda la publicidad de las editoriales más poderosas? ¿Por qué limitarse a ser una franquicia o una especie de sucursal de las grandes superficies? Sí, corren malos tiempos para todo. Las librerías tienen que luchar, además, contra las nuevas tecnologías, y la última en cerrar, la mítica Catalonia en Barcelona, nos ha provocado impresión y nostalgia. Pero las historias se siguen escribiendo, los autores no van dejar guardadas sus palabras aunque la lucha entre distribuidores, librerías y editoriales siga empeñada en el mismo bucle, un círculo innecesario que, al final, perjudica a todos. También a los lectores, todos mimetizados, con la imaginación cada vez más estrecha, más limitada por los dictados del comercio.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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