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La declaración de soberanía

jueves 17 de enero de 2013, 20:22h
“Oportunista él mismo, conoce bien la fuerza irresistible de la cobardía, sabe que en todos los momentos, políticos de la masa, la osadía es común denominador decisivo para todo cálculo. Tiene razón, los buenos burgueses conservadores se inclinan temerosos ante este descarado e insospechado manifiesto, perplejos y confusos, se apresuran a dar su asentimiento a una decisión con la que interiormente no están de acuerdo ni por lo más remoto. Nadie se atreve a replicar”.

Stefan Zweig. Fouché. Retrato de un hombre político.

Parecería ser que el extraordinario escritor vienés estuviera describiendo la actuación de un Presidente autonómico que actúa investido del halo salvífico de conductor de un pueblo… pero hacia el abismo.

De modo oportunista y para evitar que las críticas se centren en la mala administración de la Comunidad, nada mejor que dibujar un enemigo exterior y convertirlo en diana. Es una técnica adolescente, pero que da sus frutos. Nada mejor que responsabilizar de la situación a otro (una raza, una religión, un partido político, una minoría…), como si el actor de nuestra historia fuera un fantasma que ni siquiera pasaba por allí. Sorprende el cuajo que hay que tener para sostener que la culpa de la elefantitiasis administrativa y presupuestaria que uno ha creado la tiene otro, el Estado. Resulta increíble que la descentralización política, por la que se optó en el 78, haya originado una Administración más cercana (?), pero extraordinariamente más cara y compleja (esto sin interrogante). Y es poco menos que alucinante que el Estado desposeído de lo nuclear de sus competencias se ha convertido por arte de birlibirloque en el enemigo público número uno de las Administraciones autonómicas engordadas a golpe de pelargón. Sí, sí, el enemigo, la rencarnación de Satán que esquilma a las pobre Comunidades Autónomas lo que es suyo.

Ese oportunismo es personificado por un señor que, hecho el cálculo interesado de que carece de margen para hacer nada positivo, decide tirarse a la piscina y proclamar el derecho a ser independiente transmutando el Derecho (para hacerle decir lo que no dice) y manipulando los sentimientos (aprovechando la crisis económica y de valores). La operación es perfecta gracias a la demagogia, el arma más poderosa en manos de los políticos. Saben a ciencia cierta que la masa informe se deja llevar y que es cobarde; que sigue en fila india, camino del redil; que grita los lemas que el conductor vocea; y que se envuelve en la pancarta que le dan.

Siempre se espera algo más de los emprendedores, intelectuales y profesionales, de las personas que tienen criterio (o se les supone), pero la realidad demuestra –como sabía el astuto Fouché- que el miedo se impone y que ser independiente y levantar la voz comporta demasiados riesgos.

Cuando la esperpéntica declaración de soberanía (por favor Rousseau, ¡levanta de la tumba!) se hace pública –por más que ya se presumía hace tiempo- todos siguen mudos, cobardemente silentes. Es cierto que cuando bajan la persiana comentan bajito que es un disparate, que es una ruina y que son los políticos los que crean el problema. Pero, como acaba la cita de Zweig, nadie se atreve a replicar.

Así nos va.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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