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El peso político de la estupidez

José María Herrera
sábado 19 de enero de 2013, 20:09h
Mucha gente, flagelada por la crisis y la nostalgia de la época del pelotazo, aún se pregunta cómo pudieron hacerse tantas tonterías en España sin que nos diéramos cuenta hasta que fue demasiado tarde. Probablemente ignoran que el peso relativo de una tontería, su impacto en la realidad, es inversamente proporcional a su número y que ese número ha sido siempre aquí elevadísimo. A los españoles nos cuesta percibir a tiempo las tonterías porque, por grandes y disparatadas que sean, encajan muy bien en la atmósfera general.

No tengo constancia de que nadie haya calculado nunca el número de tontos que hay en España. Posiblemente se trata de una cuenta inconstitucional y tendremos que esperar a que los historiadores futuros encuentren nuestra caja negra para saber el resultado. Pero: ¿y en el mundo?, ¿sabemos cuántos tontos hay en el mundo? Aquí si hay datos. Salomón fue el primero en ofrecerlos. “Stultorum infinitus est numerus”, dijo. No es una cifra demasiado precisa, desde luego, aunque al menos deja claro que los tontos son tan numerosos que antes de contarlos habremos perdido el interés por hacerlo. ¿Significa esto que su cantidad es constante? No. Como intuyó agudamente Erasmo de Rotterdam, aumenta sin cesar. Mas: ¿puede incrementarse un infinito? El autor del Elogio de la Locura no lo explica: su hipótesis es simplemente que siempre habrá más tontos que antes. No le faltaba razón.

Con la revolución científica, la gente comenzó a creer que la tontería podría ser erradicada como una enfermedad, la varicela o la tuberculosis. La nave de los locos, símbolo de la estupidez de los hombres, acabaría siendo hundida por los cañones de la ilustración. Hasta Flaubert, quien demostró que la dama Locura no había desaparecido con el progreso, sino que progresaba con él, muy pocos dudaron de ello. El autor de Bouvard y Pécuchet intuyó que la tontería moderna no descansa en la ignorancia, sino en el conocimiento, y que, lejos de lo que creen los devotos del progreso, información y saber no excluyen la falta de lucidez y la imprudencia. Muchos han considerado este descubrimiento más decisivo que los de Marx o Freud. Milan Kundera, por ejemplo, convencido de que el peso de la estupidez aumenta en proporción directa al número de ideas preconcebidas que circulan en la sociedad, auguró hace veinticinco años que en el instante en que éstas se inscribieran en los ordenadores y fueran divulgadas por los medios de comunicación, su fuerza sería tal que aplastarían cualquier pensamiento original. Lo que pasa en las redes sociales prueba que no andaba desencaminado. Lean si lo dudan el espléndido artículo que dedicó aquí Guillermo Ortiz a los efectos de esta combinación venenosa de información y falta de lucidez, “Facebook y la idiotización de España”, y verán cuán acertado era el pronóstico.

Si la tontería, como los virus, crece y muta de forma que cada vez resulta más difícil percibirla (no en vano afecta a las facultades que empleamos para hacerlo): ¿no debería la ciencia estudiar su impacto en la sociedad como estudia otros factores? Esto es lo que sugirió Giancarlo Livraghi en el El poder de la estupidez, un libro justamente famoso. Basándose en los estudios de Carlo Cipolla, el primero que trató en serio estos asuntos, Livraghi piensa que erramos al atribuir las malas decisiones a la maldad, pues tras la mayor parte de ellas lo que hay es simplemente tontería. Sus conclusiones se pueden resumir en tres principios: primero, en cada uno de nosotros hay un factor de estupidez mayor de lo que suponemos; segundo, la combinación de la estupidez de un individuo con la de otros hace crecer geométricamente su impacto; y tercero, la gente perspicaz suele cometer la estupidez de subestimar el poder de la estupidez.

Yo estoy de acuerdo con Livraghi y pienso, en efecto, que detrás de las malas decisiones está a menudo la necedad, la incompetencia, la falta de criterio, el mero no pensar. Sin embargo, y mientras escribía esto, una nueva andanada de informaciones (denuncias y casos de corrupción, indultos y amnistías del gobierno, chanchullos que huelen a fraile capuchino -“excepciones” dicen los políticos todavía no imputados-) me ha hecho pensar que quizá Livraghi exagere un poco al conceder más peso específico a la estupidez que al bandidaje. ¿Será que es italiano y todavía distingue entre Estado, partidos políticos y Mafia?
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