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La ética de los valores

jueves 24 de enero de 2013, 20:37h
Del monotema de la crisis económica hemos pasado al tema único de la corrupción política. Eso sí pasando por la puesta en cuestión de la forma de Estado, por la quiebra del modelo de organización territorial, por la pérdida de valor de la marca España, por la falta de calidad democrática del sistema con explícita ausencia de frenos y contrapesos…

En la joven historia democrática española no se conoce una situación como la presente caracterizada por: a) un desprestigio tal de la clase política, de los partidos políticos y de sus miembros; b) un distanciamiento tal de los ciudadanos respecto de la política cualquiera que sea la forma que revista; c) una tamaña desconfianza y desilusión, de forma que no se espera nada de la acción política (más bien se reza con la famosa jaculatoria de “Virgencita, que me quede como estoy”).

El vendaval producido por el conocimiento de unos hechos gravísimos apuntalados como corrupción política (en Madrid y en Barcelona) reafirma a la ciudadanía en esas tres conclusiones, a las que añade una cuarta: que la corrupción es un mal endémico de la sociedad española que afecta a todos los partidos, bueno a todos menos a los que no han tenido ningún tipo de responsabilidad de gobierno.

Desde luego podemos revolvernos en el barro de la melancolía o divertirnos elucubrando sobre hacer un nuevo partido y una nueva forma de hacer política. Obviamente ni todos son iguales ni debería imponerse una injusta generalización. Pero la percepción es poco proclive a matizaciones o distingos, pues son tiempos de escribir con trazo grueso. ¡Tal es el nivel de deterioro y hartazgo! El peligro acecha por el lado del acratismo, de una parte, y del pasotismo, de otra. Y ya escribió un famoso constitucionalista que el peligro que presenta la democracia es que los titulares de la soberanía dejen de acudir a emitir su voto. ¿Cómo se legitima entonces un sistema democrático sin votantes?.

Se siguen anunciando por doquier reformas normativas tanto para, presuntamente, incentivar la economía como para introducir más transparencia pública. Normas y más normas que van ocupando páginas y más páginas del BOE. Pero, preguntémonos, si de verdad hay alguna medida normativa imprescindible para frenar la corrupción (hagamos el paréntesis para recordar que cuando salta la alarma en uno de los partidos, el otro se frota las manos y viceversa, pero la concurrencia de responsabilidades de los nacionales y los nacionalistas es indubitada).

Con la misma ingenuidad que los constituyentes de Cádiz, sólo nos atrevemos a apostar por la cultura de los valores que está en el frontispicio de nuestro sistema democrático: el rigor, la honradez, la moralidad, la profesionalidad, la integridad, el respeto, el patriotismo, la defensa de los intereses generales. La ética de los valores es la única tabla de salvación ante la crisis más profunda que vive España desde el 98.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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