Reseña
Alfredo Bryce Echenique: Dándole pena a la tristeza
domingo 27 de enero de 2013, 11:19h
Alfredo Bryce Echenique: Dándole pena a la tristeza. Anagrama. Barcelona, 2012. 273 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 13,99 €
Con el humor que lo caracteriza, Alfredo Bryce Echenique nos ofrece en su más reciente novela la historia de una familia peruana, arquetipo de la aristocracia limeña que desaparecería tras el golpe militar de Velasco Alvarado en 1968. Aferrados a un rancio y dudoso abolengo de raíz hispánica, aunque emparentados con extranjeros advenedizos, ingleses o alemanes, los de Ontañeta Tristán, deben su fortuna a la explotación minera en los Andes. La saga familiar se remonta al abuelo centenario, Tadeo, fundador del imperio financiero a finales del siglo XIX.
El autor construye una truculenta trama condimentada con alta dosis de ironía, el arma más eficaz para mantener la distancia que imprime verosimilitud a unos personajes esperpénticos. El primero de ellos, el abuelo Tadeo, con ciento cinco años, que se resiste a abandonar vicios, como el tabaco, menos peligroso que otras desviaciones suyas, como su afición a las niñas. De sus perversiones deja constancia en la dantesca escena de su muerte, un crimen que la familia debe ocultar para mantener intacto el prestigio social con el que sella su poder.
Siguen al abuelo Tadeo, dos hijos, uno que se queda en los márgenes debido a sus adicciones y otro no menos excéntrico, Fermín Antonio, desde cuya perspectiva observamos la repetitiva y asfixiante monotonía de usos sociales absurdos, pero imprescindibles para los suyos. Es curiosa la constante referencia al personaje cervantino, con el que se identifica este hidalgo criollo, lector de El Quijote, que vive en la pretenciosa casona extremeña, de la no menos pretenciosa avenida Ugarte de Lima. Como próspero banquero, le corresponde a Fermín Antonio sostener ese legado entre los vaivenes de una sociedad sujeta a los cambios, pese a la feroz resistencia de los suyos a renunciar a los privilegios. El hermano, convenientemente fallecido, víctima del alcoholismo, pasa sin pena ni gloria, pero deja su impronta en una descendencia difícil de asumir.
La tercera generación, la de la decadencia, está representada por las hijas de Fermín Antonio, María Magdalena y María Isabel, lectoras de Marcel Proust, de Thomas Mann y amantes de Beethoven y Vivaldi. Con yernos de los que se avergüenzan, los de Ontañeta Tristán se ven forzados a arrancar el mal de raíz recurriendo a la violencia y al crimen, en defensa de sus intereses, muchas veces, también en contra de los suyos; porque el declive de esta saga empieza con los sobrinos de Fermín Antonio, cuya vida parasitaria supera los temores de sus parientes. Tal es el cinismo de las nuevas generaciones, depredadores hijos del derroche, que rozan los límites de la delincuencia. Son siete sobrinos, como siete vicios, empleados en el banco de la familia, que el tío Fermín Antonio se ve forzado a hacer desaparecer del escenario.
Bryce Echenique no deja cabo suelto en estos Buddenbrook criollos cargados de vicios y prejuicios raciales, que menosprecian la cultura indígena y mestiza y estarían encantados de vender ese país tan enorme como indómito que los vio nacer, para comprarse uno más pequeño cerca de París. Con los ojos puestos en ese otro mundo, se sumergen en su limitado trayecto, intentado borrar los crímenes del pasado, eludiendo a ese pariente de raza negra, que consideran descendiente de esclavos mandingas.
En homenaje a Cervantes, Bryce bucea en los orígenes del idioma, recuperando del barroco el ritmo de una sintaxis ágil y amena, sin renunciar a recursos como la hipérbole, para ofrecernos, a veces en delgadas líneas, a veces, en recias pinceladas, el retrato de unos personajes que responden en toda regla a arquetipos culturales latinoamericanos.
Por Consuelo Triviño Anzola