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TRIBUNA

Lincoln

martes 29 de enero de 2013, 08:23h
El cine es un instrumento pedagógico de primer orden, máxime en una cultura, como la actual, con un claro predominio de lo audiovisual sobre el medio escrito. Siendo Lincoln una de esas figuras más evocadas que realmente conocidas, el largometraje del mismo nombre, dirigido por Steven Spielberg, ha venido a paliar, siquiera parcialmente, ese déficit por parte del gran público.

Hay que comenzar afirmando que se trata de una película de exquisita factura —como, por lo demás la práctica totalidad del director estadounidense-, sobria y al mismo tiempo plena de intensidad dramática. Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico destaca la fotografía —el juego de luces y sombras es magistral- y el vestuario; no tanto la banda sonora, frente a lo que cupiera esperar siendo John Williams su artífice, ya que recuerda más de lo debido a otras realizaciones anteriores del mismo autor.

En lo que respecta al tratamiento histórico del período, personajes y temáticas subyacentes, la película es bastante fiel a la realidad contada, a la que “transporta” al espectador en muy poco tiempo y con una simplicidad admirable. Lincoln, a través de una interpretación extraordinaria, se acerca de tal manera al público actual hasta el punto de provocar el efecto de haberlo conocido, doble mérito si se tiene en cuenta que se está ante un gigante histórico. Varios aspectos de la compleja personalidad del estadista de Kentucky aparecen muy bien reflejados. Especialmente lograda es la plasmación de su faceta de contador de historias -de la que hay numerosos testimonios en la cinta-, principal herencia recibida de un padre, con el que Lincoln mantuvo una relación distante -aficionado en exceso a la bebida-, a diferencia de lo que ocurriera con su madre y posteriormente con su madrastra. Pero junto a este rasgo de su perfil, al que habría que añadir ciertas dosis de extravagancia, particularmente en su juventud, Lincoln fue una persona que atravesó períodos de intensa melancolía, cuando no depresiones, con una tormentosa relación con su mujer, ambiciosa primero, dominante siempre, y, en última instancia, desequilibrada mentalmente. Esta mezcla de extroversión e introversión, de risa y llanto internos en dosis muy altas, es, sin duda, uno de los aspectos más fascinantes del alma lincolniana. La complejidad del personaje hace que la caracterización del protagonista no esté exenta de dificultad, pudiendo calificarse de prodigiosa la realizada por Daniel Day Lewis, por su gran parecido espiritual y físico.

La ambientación del período es excelente. Son los últimos meses de un conflicto terrible —el de mayor número de bajas en la historia estadounidense-, cuya suerte, si bien estaba echada, no de manera definitiva. Así, hay que recordar que en los últimos meses de 1864 el Norte había sufrido sangrientos reveses y que Petersburg llevaba 7 meses sitiada en el momento en que se desarrolla el argumento de la película. Es decir, la guerra no había perdido ni un ápice de su dramatismo, frente a lo que pudiera creerse, hasta el extremo de que Grant es acusado de intercambiar muertos con el Sur sin importar el precio, dada la superioridad demográfica del Norte —“yo no cuento mis muertos”, se le llegará a atribuir.

El hilo conductor de la película es el proceso de aprobación de la XIII Enmienda de la Constitución norteamericana de 1787 por la que se abole la esclavitud en todo el país. La recreación del ambiente parlamentario —nada fácil- es uno de los grandes logros del film, magnífica en todos los sentidos —arquitectónico, oratorio, emotivo, etc… Se muestran con precisión y claridad diversos aspectos característicos del sistema político estadounidense que han sobrevivido, en mayor o menor grado, hasta la actualidad. Es el caso de las relaciones entre el poder ejecutivo y el legislativo, con un Presidente que ha de forzar la mano de una Cámara de Representantes “coja” (lame duck), es decir, aquella que se reúne después de la elección de su sucesora y antes de la constitución de ésta. En esta línea, la situación descrita en el largometraje no deja de tener ciertas concomitancias con la situación acontecida hace un mes a propósito del fiscal Cliff. En segundo término, se trata con claridad la división partidista: demócratas y republicanos, a su vez con distintas facciones en cada uno de ellos (principalmente, en ese período, conservadores y radicales en el bando republicano). Ello enlaza con otro rasgo peculiar de la democracia norteamericana como es la ausencia de una estricta disciplina de partido, a diferencia de lo que ocurre en la actualidad en el Viejo Continente. Es este un fenómeno saludable, por lo que supone de profundización en el ideal democrático y de dignificación del representante político. La ausencia de tal disciplina explica en buena parte el complejo proceso de negociaciones —no exentas en el pasado de episodios de “compra” del voto, como relata la película- requerido para aprobar medidas en determinadas circunstancias.

Con motivo de la aprobación de la enmienda, dos grandes temas históricos que recorren todo el film merecen ser destacados. En primer lugar, la esclavitud, auténtica obsesión personal del que fuera decimosexto presidente de los Estados Unidos. Su primer viaje al Sur, que le llevará como balsero hasta Nueva Orleans, le dejará marcado para siempre al contemplar personalmente los engranajes de la odiosa “institución”. Su perseverancia, su habilidad para lograr la meta de su existencia política —y seguramente personal- siguen produciendo hoy día honda admiración. La película aborda esta cuestión con gran maestría, desde su óptica más idealista hasta la más práctica o estrictamente política. En relación con ello, cabe destacar la interesantísima disquisición jurídica —no en vano fue un hábil abogado- realizada por Lincoln para explicar la necesidad de acometer la aprobación de la enmienda, ante las dudas de que una medida de guerra como fuera la Proclamación de Emancipación de 1 de enero de 1863 pudiera ser rechazada por los tribunales una vez alcanzada la paz. Por lo que a ello respecta, no quedaba muy lejos la tristemente célebre sentencia Dred Scott (1857) en la que el Tribunal Supremo consideró a los esclavos como una propiedad.

Un segundo gran tema es la dimensión de Lincoln como auténtico hombre de Estado. Su otra obsesión, evidenciada desde el mismo inicio de la guerra, fue la consecución de una rápida reconciliación nacional, en la que no se mirara atrás. Este aspecto tiene reflejo en la película (si bien, claro es, no con la misma intensidad que el tema de la esclavitud), como queda de manifiesto en la escena del encuentro con los delegados sureños. Remedando al malogrado Presidente, basta una anécdota para ilustrar su afán en este punto, su profundo respeto por el Sur: cuando el día que finalizó la guerra la multitud acudió a la Casa Blanca para festejar la tan ansiada paz, Lincoln ordenó a la orquesta que sonaran los acordes de “Dixie”. En definitiva, una gran película para un Coloso histórico.