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Sobre la intervención en Malí

Luis de la Corte Ibáñez
viernes 01 de febrero de 2013, 20:54h
La operación militar emprendida en Malí va dando frutos. En pocas semanas la aviación y las tropas francesas, en combinación con fuerzas regulares malienses y de otras naciones africanas y con apoyo indirecto de varios Estados europeos, han repelido la ofensiva lanzada por elementos yihadistas a principios de enero con la pretensión de extender sus fuerzas por el sur del país. Las principales ciudades tomadas por la filial argelina de Al Qaida y sus socios extremistas en el norte de Malí también han sido recuperadas, incluida la legendaria Tombuctú, con su inmenso depósito literario y monumental, ahora disminuido por culpa del fervor iconoclasta de los últimos invasores salafistas. Seguramente cuando este texto aparezca publicado la contraofensiva francesa haya llevado la intervención a su siguiente fase, el contingente multinacional africano tome el relevo y encare el cometido de ampliar el control institucional hasta implantarlo sobre el conjunto del territorio. Si los primeros objetivos han podido cumplirse en pocos días de combate nadie se atreve a vaticinar una rápida reintegración territorial, menos aún la plena estabilización del país, opciones éstas que ni siquiera parecen asegurables a más largo plazo. Por el contrario, casi todos los análisis fiables auguran la prolongación del conflicto con recurrentes acciones de desgaste por parte de la insurgencia yihadista, principalmente en forma de operaciones de guerrilla y atentados terroristas (sin excluir nuevos secuestros) y con posibles ramificaciones fuera de Malí, ante todo en otros países del Sahel pero acaso también en escenarios no africanos.

En suma, la guerra en aquel inmenso país empotrado entre el Magreb y África Subsahariana someterá a examen la determinación, capacidades y resistencia de todos los actores implicados. No hablamos sólo de los contendientes directos (fuerzas francesas y africanas frente a yihadistas). Nos referimos también a las milicias tuareg, las cuales dieron origen a la actual crisis pero que (¡gran paradoja!) podrían terminar por convertirse en parte de su solución si fueran ganados para la lucha contra sus antiguos socios yihadistas. Y, desde luego, la coyuntura pone asimismo a prueba al resto de países y organismos internacionales que están comprometidos o pueden comprometerse a favor del frágil Estado africano y cuya actuación permitirá despejar, entre otras incertidumbres, dos incógnitas fundamentales: ¿cuánto tiempo aguantarán Francia y los Estados africanos que han puesto tropas en Malí antes de sacar a sus soldados de allí? Y ¿cuáles y cuántos recursos y ayudas externas recibirán esos dos países y el propio Estado maliense para llevar a cabo y sostener la lucha contra las fuerzas extremistas y devolver a Malí a una relativa situación de orden?

Yendo a cuestiones más generales, la pendiente de extremismo y violencia por la que se venía deslizando la situación en Malí desde hace ya un año vuelve a demostrar, una vez más, que la inacción no es una opción inteligente ni prudente. No lo es, claro está, a menos que se piense que el hecho de que una alianza de terroristas fanáticos pueda hacerse con el poder de todo un país ubicado a 3.000 kilómetros de Madrid y en las cercanías de la ribera sur del mediterráneo sea un riesgo asumible o un mal menor. Las alertas que apuntaban al Sahel y Malí venían sonando desde muchos meses atrás y el problema se agravaba a velocidad de vértigo, aunque quienes debieran reaccionar no hicieran demasiados esfuerzos para adaptarse su ritmo de respuesta al de los acontecimientos. Y pasó lo que tantas veces ha pasado antes en la historia, como ya advirtiera con frase rotunda un viejo pensador liberal, Edmurd Burke: <>. Malí ha vuelto a poner de manifiesto que, guste o no, el componente militar, que rara vez era aconsejable para combatir al terrorismo del siglo XX, resulta indispensable para afrontar algunas de las situaciones de emergencia y crisis a las que es capaz de enfrentarnos el terrorismo global del siglo XXI. Contra esto se podrá aducir que responder a los terroristas con maquinaria de guerra es entrar en su propio juego, y posiblemente así sea algunas veces. Sobre todo cuando la opción militar cuente con alternativas que permitan contener e invertir la progresión de una amenaza con medios menos cruentos y costosos. Pero no siempre hay alternativas. Con todos sus inconvenientes y limitaciones, no hubo alternativa incruenta y rápida para acabar con el inmenso santuario que el gobierno de los talibán cedió a la Al Qaida original para que continuara alimentando impunemente al terrorismo yihadista en todo el mundo, con formación y otros medios diversos, al tiempo que preparaba nuevos atentados masivos al estilo de los del 11-S. Tampoco ha habido otra forma de evitar que los yihadistas africanos llegaran a Bamako. Es más, de haberse decidido alguna actuación en Malí antes de que la crisis llegara a poner en riesgo a todo el país (por ejemplo, activando los planes previstos de formación y entrenamiento de una coalición de tropas africanas) seguramente se hubiera ahorrado sangre y dinero, además de evitar los problemas inherentes a la implicación de tropas occidentales en el terreno (tan incómoda para algunos países vecinos y que tanto excita a los simpatizantes yihadistas de todo el mundo).

Pero para entender completamente la tardanza de la intervención en Malí y su liderazgo exclusivamente francés hay que prestar atención al momento geopolítico y geoestratégico en el que se enmarca tal campaña. Tal momento corresponde a una nueva etapa respecto a la posible implicación de los países del hemisferio occidental en la gestión de conflictos o crisis internacionales que puedan ocurrir fuera de su contorno o su entorno más próximo (y esto afectará tanto al tratamiento de los conflictos y crisis que mantengan alguna relación, de causa o efecto, con el terrorismo global, como al resto). Y lo que marca esta nueva etapa geopolítica es el cambio de criterio recientemente introducido en la política exterior y de defensa y en el enfoque estratégico de la primera potencia militar y económica de Occidente y del mundo. Pese a los errores que haya podido cometer en materia antiterrorista, Estados Unidos ha sido el país que más en serio se ha tomado la consideración del extremismo yihadista como un problema global. Congruentemente con ese planteamiento también ha sido el país que ha proyectado más fuerzas y recursos fuera de sus fronteras con el fin de contrarrestar dicha amenaza. Sin embargo, la retirada consumada en Irak todavía inestable y el aceleramiento de planes para dar término a la intervención en Afganistán sin haber conseguido derrotar a la insurgencia aportaron algunos primeros indicios sobre la nueva orientación de la política exterior norteamericana. No se trata de que el último y actual presidente se haya vuelto pacifista de la noche a la mañana o que de repente haya decidido practicar un aislacionismo extremo. Aun sin dejar de apoyar a sus aliados frente a amenazas con ramificaciones comunes (como demuestra la reciente decisión de implantar una base de aviones no tripulados en el Sahel), la administración Obama parece decidida a dejar atrás su clásico papel de gendarme del mundo, así como procurar evitar su involucración directa en nuevas misiones militares lejanas, salvo para reaccionar a situaciones imprevistas que puedan suponer un peligro inminente y máximo para Estados Unidos.

Semejante giro aboca al resto de los Estados de la comunidad internacional a asumir más responsabilidades y protagonismo en la gestión de aquellas crisis y focos de conflictividad que les queden más próximos y que comprometan más directamente sus propios intereses y la seguridad de sus ciudadanos. Por supuesto, en estas condiciones Europa debería abandonar su vieja y cómoda posición de protegido de los Estados Unidos y poner en práctica, de una vez por todas, sus planes para una política común exterior y de seguridad. Pero la división de actitudes y criterios con que los países del viejo continente enfrentaron la crisis de Libia en 2011 y ahora la de Malí y el Sahel Occidental pone bien a las claras que la Unión Europea no sabe adaptarse a las nuevas circunstancias, principalmente por falta de voluntad y estrechez de miras de la mayoría de sus Estados miembros, incluyendo el de España. Así, como señalaba recientemente una analista del Real Instituto Elcano, en lo único en que estuvieron de acuerdo los participantes en el último Consejo de Asuntos Exteriores de la UE, celebrado el pasado 17 de enero, es la pretensión de <>.
Debemos ser conscientes al menos que semejante disposición limita drásticamente el impacto y la sostenibilidad de la operación que deberá ser continuada por fuerzas africanas, aumentando la posibilidad de un cierre en falso de la crisis.

Pero ni siquiera los partidarios más decididos de la intervención militar creen que las armas puedan resolverlo todo en el Sahel. Contentarse con poner en fuga a los terroristas mientras se dejan intactas las condiciones de conflictividad, impunidad y caos que les permitieron llegar a controlar más de la mitad de un país expondría a su población al riesgo de repetir el drama del dominio yihadista. Por eso mismo, resulta paradójico, que la única forma de evitar que los problemas que ahora se combaten en Malí vuelvan a reproducirse en un futuro cercano pasa por un abordaje típicamente europeo basado en el uso combinado de capacidades militares y civiles, tal y como dicta el <> (o comprehensive approach), mencionado en todos los documentos estratégicos recientes de la Unión, entre ellos una Estrategia para la Seguridad y el Desarrollo en el Sahel publicada en septiembre de 2011. Y, ciertamente, no es menos paradójico que esos mismos documentos insistan en la necesidad de priorizar las medidas preventivas cuando frente al creciente riesgo en Malí la prevención ha brillado por su ausencia. De modo que las loas europeas a la prevención y su planteamiento como forma de respuesta presuntamente opuesta o alternativa a la contención se han demostrado retóricas o inconsecuentes pues la prevención o es una forma de acción o no es nada. Y respecto a Malí y el Sahel está claro que no ha sido. De momento, la Unión Europea ha adquirido el compromiso de conducir dos misiones de formación complementarias en el Sahel, una en Niger, aprobada ya antes del verano pasado, y otra en Malí, propuesta tras el inicio de la intervención francesa. Menos es nada. Pero ninguna de esas aportaciones ayudará demasiado a resolver el déficit de gobernabilidad y orden que afecta al país y que constituye el más grave desafío de todos los que se plantean en la región, según indican los propios analistas de la Unión Europea.
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