Centinelas del espacio
sábado 02 de febrero de 2013, 19:15h
A mediados del pasado mes de Enero, la Casa Blanca rechazó una petición firmada por treinta y tantos mil ciudadanos solicitando la construcción de una estación espacial dedicada a la detección de cuerpos estelares peligrosos para la Tierra. Los peticionarios la llaman Estrella de la Muerte, el mismo nombre de un ingenio similar de La Guerra de las Galaxias. El gobierno americano, más preocupado por el abismo fiscal que por el futuro de la Tierra, ha desestimado la solicitud alegando dos motivos: una, que no es partidario de la destrucción planetaria; otra, que el presupuesto no da para gastos astronómicos.
La primera reacción ha sido de tristeza. La Tierra es un pedrusco desvalido en mitad del espacio y no debería frivolizarse con la posibilidad de que algo que pase cerca impacte alguna vez contra nosotros. Necesitamos una fortaleza volante dotada de instrumentos capaces de detectar cualquier aproximación sospechosa y de actuar con rapidez en caso de amenaza. Hay que evitar que nos pase lo que a los pobres dinosaurios, extinguidos por culpa de un asteroide perdido, una especie de pedrada lanzada por no se sabe quién.
El instinto varonil, tan desarrollado en la aguerrida América, no puede soportar que no se tomen medidas en previsión de riesgos futuros, incluidas invasiones. Se sabe que en Estados Unidos hay tipos que, impulsados por un patriótico sentido del deber, dirigen cada noche sus telescopios al cosmos convencidos de que en cualquier momento ocurrirá un rompimiento de cielo que aprovecharán los extraterrestres para descolgarse perversamente sobre el planeta. Aunque hay mucho en esto de boy scout o de radioaficionado, parece que cientos de miles de personas disponen de un sótano lleno de latas de conservas. El día que uno de estos centinelas cause una estampida en las redes sociales, algo parecido a lo que organizó Orson Wells, pero en el facebook, nos enteraremos de las verdaderas dimensiones del fenómeno.
La Tierra lleva eras geológicas esquivando cuerpos estelares. Se las ha arreglado hasta ahora sin ayuda de nadie. Nuestros antepasados se encontraban tan cómodos y seguros en el universo que ni siquiera imaginaban la posibilidad de que un astro escapara de su órbita y viniera a estrellarse contra nosotros. Han tenido que surgir los americanos, ese pueblo amigo de los rifles y las cabezas nucleares, para que la confianza desaparezca. “Situemos un satélite a modo de escolta, como un guardaespaldas, y así seremos capaces de responder a cualquier imprevisto”. Está muy claro que o se sienten amenazados por la inmensidad del mundo estelar o el planeta se les ha quedado pequeño y necesitan mirar más lejos, adentrarse en las masas caleidoscópicas de estrellas situadas a años luz. En ambos casos, hay algo tétrico en todo esto. Al fin y al cabo, el cielo es una gran necrópolis: la mitad de los astros son el fantasma de algo que dejó de existir hace milenios.
Al explicar la negativa del gobierno a construir la Estrella de la Muerte, el portavoz de la Casa Blanca ha dicho que la inversión solicitada comporta enormes riesgos porque una nave podría destruir de un solo disparo el satélite. Algunos han visto en estas palabras una alusión a La guerra de las Galaxias y un mensaje en clave para los partidarios del proyecto. Interpretada de cierta manera esa declaración equivale a decir: “no se preocupen, hemos pensado en todo, estamos preparados”. Pero: ¿cómo? El rumor que corre es que el ejército ha puesto a trabajar a la unidad de combate parapsicológico (desconozco el acrónimo oficial), una patrulla de gente dotada de capacidades anómalas de percepción creada durante la Guerra Fría y entrenada con el objetivo de desbaratar mentalmente las redes informáticas del enemigo y sus sistemas de armamento. Al parecer, la unidad no fue desmantelada tras la caída del Imperio Soviético, sino que fue reciclada para la guerra intergaláctica.
El rumor ha desatado la euforia de los partidarios de la Estrella de la Muerte. El futuro está garantizado sin necesidad de hacer grandes inversiones. Una de las ventajas del batallón de sensitivos es lo barato que sale. En vez de paneles computarizados y armas de destrucción masiva, lo único que esta unidad necesita es silencio. Sus miembros escrutan el universo en el interior de sus mentes y advierten el peligro mucho antes que nadie. Cualquier vibración fuera de lo común, imperceptible para el resto, percute en sus cerebros igual que una gota de agua en la profundidad de una cueva. Es una aptitud maravillosa, corriente en el mundo animal, que permite detectar a tiempo la venida de seres de otras galaxias o asteroides descarriados. Aquí, en España, desde que nos hemos enterado, dormimos más tranquilos.