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Rubalcaba ha leído a Malaparte

lunes 04 de febrero de 2013, 20:21h
A las reconocidas dotes que tan lejos le han llevado en política (destreza consumada lo mismo con la daga florentina que con la perica, aplomo inigualable para afirmar y negar una misma cosa sin solución de continuidad, envidiada habilidad para tirar la piedra escondiendo la mano, ilimitada falta de escrúpulos y tantas otras que de puro conocidas es innecesario enumerar) parece que Rubalcaba, aka Alfredo P., ha añadido otra cualidad que en principio no se le sospecharía, la de lector de clásicos o al menos de los resúmenes de ellos extractados por algún ente ectoplasmático de fundación Ideas. Quizá no frecuente muchos, pero a Curzio Malaparte, un clásico de la ambigüedad y el gatuperio, es evidente que lo maneja como un experto. O más exactamente, aquél de sus libros que más se recuerda, Técnica del golpe de Estado, una sutil incitación, so capa de pretender prevenirlo, a ejercerlo contra el mismo Mussolini al que había seguido con entusiasmo desde primera hora y un florilegio de las muchas formas que puede presentar ese procedimiento expeditivo de echar gobiernos.

Sólo una minoría, posiblemente no muy selecta, sepa a ciencia cierta qué y cuánto hay de verdad en las imputaciones que se le han venido encima al Partido Popular. Hasta sería posible que todas las cifras cuadren, su origen sea inmaculado y los perceptores honrados a carta cabal, pero eso da ya absolutamente igual. En la política de masas tan importante o más que lo que las cosas sean realmente es lo que parecen y cómo se perciben. Y el estado de opinión que ha cristalizado sobre este asunto, no sólo espontáneamente por cierto, es categórico y probablemente irrevocable. La sensación general de frustración e irritación que se vive desde hace años necesitaba un chivo expiatorio y ya ha aparecido, por lo menos el mayor de ellos. Poco importa que las culpas con las que va a cargar el gobierno y su partido no sean todas suyas, y quizá las propias sean menos e incluso menores, pero los chivos expiatorios están para eso: para ajobar con los pecados de todos y pagar por ellos. En las democracias estables con electorados maduros eso se oficia en las siguientes elecciones o, si las condiciones lo permiten, con iniciativas parlamentarias apropiadas. Y sólo así.

Mientras el PP y su jefe bracean con la desesperación inútil del que sabe que se va a ahogar, el Sr. Rubalcaba ha aparecido para pedir la renuncia del presidente del gobierno por acusaciones no probadas, y aunque muy serias y bochornosas no de las peores que se han hecho a un gobierno en los últimos años. Es decir, quiere una crisis de gobierno añadida a las que ya están convulsionando al país: económica, social, institucional en diversos frentes. Se alcanzaría así lo que la izquierda política, sindical y callejera, valga la redundancia, ha venido pretendiendo desde el día siguiente del holgado triunfo del Partido Popular en las últimas elecciones generales, y que no es otra cosa que enmendarle la plana al electorado y violentar el papel de las instituciones. Nada tranquiliza que quien muestre este súbito ataque de celo por la respetabilidad y la decencia sea el mismo señor que desde un gobierno decía que los GAL eran un infundio, el mismo que se saltó impunemente los limites de la acción política en la víspera de unas elecciones para legitimar cuando no incitar el acoso a los contrarios, el mismo que preside el partido desde el que ahora mismo se está alentado idéntica táctica. El mismo señor, el mismo partido y las mismas bases sociales que dan por sentado que sólo ellos pueden legítimamente gobernar, que sólo sus objetivos y preferencias son aceptables, que la lealtad sólo es exigible para con ellos, que si gobiernan otros vale casi cualquier cosa para que dejen de hacerlo cuanto antes.

Resulta, además, tan convincente como la dueña del burdel sermoneando sobre el pudor. Lo que pretende tendría credibilidad si, en vez de hacer lo que hace, presentase una moción de censura y con ella su propia renuncia al escaño y la dirección de su partido, por aquello de las habas que en él se cuecen a calderadas, y porque las cosas están de tal manera en la política española que no hay justo para tirar la primera piedra. Pero actuar como lo ha hecho no es que sea poco responsable dada la coyuntura, es que descubre demasiado la tentación de transitar atajos en alguna variante blanda de las que Malaparte describía.

Y además no le servirá de nada. Es muy común la idea de que el modelo político salido de la transición ha llegado a su final, y que el actual elenco de partidos tiene los días contados, en especial los principales de ellos. No es nada probable que los votantes del PP, primero desorientados y ahora despechados con sus dirigentes, vayan a votar el PSOE y que éste, atrapado en misma ciénaga, restaure su crédito. De modo que el vacío político resultante lo llenarán formaciones improvisadas y oportunistas con audacia. Ya pasó en Italia y aquí deben de estar calentando en la banda los aspirantes a Berlusconi local. A nadie extrañaría ver entre ellos a Alfredo P. explicando que ya es hora de sanear la vida pública y que para eso ¿quién como él?

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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