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Pemex: ¿Quién causó lo inexplicable?

Marcos Marín Amezcua
lunes 04 de febrero de 2013, 20:25h
El jueves 31 de enero de 2013 puede inscribirse como una fecha ignominiosa para los mexicanos. Al parecer dos artefactos (a juzgar por el dicho de vecinos del lugar) estallaron en el edificio B del conjunto corporativo de la empresa petrolera mexicana Petróleos Mexicanos (PEMEX), la proveedora de divisas más importante de México y cuarta productora de crudo del mundo. Casi nada, ya lo ve usted.

Situada en Ciudad de México, el hecho generó poner patas pa’rriba la megaurbe. Se trata de un complejo de oficinas que al día recibe al menos, a diez mil personas –entre empleados y visitantes– y dejó un saldo de, mínimo, 35 muertos y más de cien heridos, una cifra oficial y conservadora que, amén de lo trágica, nos salió barata a juzgar por las terribles fotografías de fierros retorcidos y escombros acumulados como consecuencia de tal desastre que nos enluta y nos enfada.

Las detonaciones acaecidas en la capital del país no son poco cosa, no porque importe si la capital sea lo más per se, sino por el hecho de que pueden tener diversos orígenes. Desde un accidente hasta lo indecible. Tampoco son cotidianas ni estamos en un incendio nacional. Es otra cosa, de momento. Por ello, por lo inauditas, requieren de toda nuestra atención por la trascendencia de la empresa, una atención difícil de conseguir al suceder en vísperas de un puente que cierra el lunes 4. Es un tiempo precioso para retrasar un veredicto sobre lo sucedido y además, implica en tal razón hacer imposible lo que ha pedido el jefe de estado desde el primer momento: el evitar especulaciones. Si era una orden, no se ha incumplido. Si era una recomendación o sugerencia pocos lo han secundado.

Se antoja imposible abstenernos de especular. Ciertamente que esta vez las especulaciones han sido cuidadosas, medidas, para no incurrir en irresponsabilidad, pero que lo sean obedece a que queremos confiar por una vez en que el gobierno de Peña Nieto dirá la verdad y que por muy terrible que sea, la suelte sin miramientos y sin tratarnos como a menores de edad. De lo contrario y mientras llega tal explicación que no tiene fecha, será imposible detener las más legítimas especulaciones que crecen como la espuma a la par del legítimo derecho ciudadano a exigir explicaciones a un gobierno del PRI que tendrá la oportunidad de entender que no está en la época anterior a 2000, en que podía manipular una versión y ocultar información como cuando tenía en un puño a los medios de comunicación masiva.

Claro es que si se trató de falta de mantenimiento, con 35 muertos y decenas de heridos, Peña quedará mal, pues la pregunta será dónde quedó el dinero que debió destinarse a conservar en óptimas condiciones aquello. Y si fue una agresión externa peor, porque será una declaración de guerra. Cualquier respuesta, cualquiera de las dos causas dejará en mal al gobierno de Peña Nieto. El director de la empresa, ausente del país al momento de suceder el acontecimiento y cuya hoja de servicios no está relacionada con la importante materia pero si con nexos en temas de inversionistas, parece un tanto extraviado, obligándonos a buscar respuestas en otra parte.

El siniestro a pagar por todos los mexicanos a precios estratosféricos, nos representa una afrenta que será doble si resultara que no fue un accidente. Sucede en el peor momento, cuando hay un cambio de administración que implica revisar cuentas pasadas y en el marco de una polémica reforma energética impulsada por el PRI, que pasaría por la búsqueda de inversionistas privados que cambiarían la naturaleza del monopolio petrolero estatal, cosa que de momento la ley no permite y hasta el PRI niega, afectando poderosos intereses de seguir adelante. Nos queda exigir la verdad ante la bellaquería de los muertos causados y de la insensatez de las autoridades por no adelantar pronto una postura que desentrañe lo ocurrido, tratando a la opinión pública como menor de edad. Los ciudadanos no se merecen esto y están pugnando en las redes sociales por saberlo.

Azorados por la noticia, sorprendidos por la gigantesca afectación material que representa este golpe certero producido en el corazón de la petrolera mexicana, la joya de la corona, en el corazón de la república, en la misma capital del país y por lo que representa en la economía mexicana y latinoamericana Petróleos Mexicanos, no podemos sino externar nuestro coraje y nuestra indignación.

Ambos sentimientos obedecen a causas diversas. Primero: por la muertes acaecidas justo en una hora de arduo movimiento, cuando muchos trabajadores oficinistas estaban justo en la zona siniestrada, en donde se encontraban los registros de salida como todos los días. Segundo: porque se han destruido archivos importantes y estratégicos en el devenir de la empresa. Tercero: porque se demuestra la vulnerabilidad siempre minimizada, de nuestros sistemas de seguridad. Cuarto: porque jugando un papel trascendental, las redes sociales propagaron lo sucedido mostraron imágenes del edificio afectado y quinto: porque han denunciado las vacaciones del jefe de estado en Punta Mita, una playa nayarita con vista al Pacífico, aprovechando el puente que marca el calendario cívico de la Constitución, evidenciándolo y obligando a que reapareciera en el lugar de los hechos el sábado 2, intentando subsanar esa insensibilidad evidenciada bochornosamente, enviando alguno que otro tuit e inspeccionando la zona afectada como si nada.

De forma tal que los mexicanos queremos una respuesta cierta y no estoy seguro de que la obtendremos. Que no especulemos nos han dicho. Pues como el Estado se tarde en explicarse no podemos garantizar nada. Y cualquier verdad que plantee deberá de estar acompañada de una detallada explicación, de lo más pormenorizada, porque nos están costando hasta los asesores extranjeros llamados para dictaminar lo sucedido. No la tienen fácil en el gobierno y no podemos ponérselas fácil. ¿Quién causó lo inexplicable? Eso es lo que queremos saber.
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