Hablando del rey de Roma: Cloaca Maxima
miércoles 06 de febrero de 2013, 21:02h
Hay cosas viejísimas. Tarquinio Prisco, rey de Roma, llevó a cabo una colosal obra de ingeniería cuyos restos aún se conservan: la Cloaca Máxima (Cloaca Maxima en latín). Era, como su propio nombre indica, una vasta red de alcantarillado por donde canalizar las inmundicias de la ciudad. Pero Tarquinio ha pasado a la historia por haber hecho mucho más que una cloaca, por máxima que fuera. De hecho, construyó un montón -lo suyo era el urbanismo-, y se forró, manteniendo mientras vivió un ostentoso nivel de vida, en contraste con la austeridad del vulgo. Y eso que no sabemos nada de sus yernos…
Insisto; hay cosas viejísimas, de esas que no cambian. Por ejemplo, la interrelación entre las cloacas y los dirigentes que despilfarran a costa del pueblo. Si no era bastante el estado de indignación en que vive España, ahora resulta que algún gracioso se ha dejado puesto el ventilador y los detritus afloran por doquier. Estos días le toca el turno al PP, con el affaire Bárcenas y unas fotocopias más sospechosas que un libro en manos de Belén Esteban. Es muy fácil coger papel y lápiz y elaborar la lista de los reyes godos. Pero sin fotos, ni testigos ni asientos contables ni prueba concluyente alguna, sólo hay indicios y muy mala baba. Eso sí, los indicios son enormes. Casi tanto como la abulia de Mariano Rajoy, que se ha quedado como las vacas mirando al tren ante el mercancías que se le viene encima. El, a lo suyo -que no se sabe muy bien qué es, pero en fin-. Mientras, los de siempre -más algún que otro abogado catalán resentido y cierto ex juez delincuente- envenenando a toda Prisa.
Cosas viejísimas. Como la corrupción en Andalucía, con la mamandurria esa del PER y los ERE retratando el sistema con que la izquierda engorda a sus paniaguados a costa de todos. O la del nacionalismo catalán, tan cosmopolita para algunas cosas -cuentas en Suiza y Andorra- y tan pueblerino y fariseo en todo lo demás. Eso sí, las sedes de CIU y PSOE, impolutas. Las del PP, apedreadas y protegidas por la policía. Los ERE, 800 millones. Artur Mas ha pedido 4.900 millones de euros para sabe Dios qué. Y en el otro lado, los 22 millones en la cuenta de Bárcenas. ¿Desproporción? Un poco. ¿Podredumbre moral? A espuertas.
Cosas que no cambian. Ya lo dijo Largo Caballero antes del 36. “o ganamos o hacemos la revolución”. Ahora hay también quien quiere hacerla. Y algunos, con sobradas razones para ello. La clase política en general se ha hecho merecedora de un desprecio ganado a pulso. Pero sin dobles raseros. Porque muchos de los que apedrean las sedes del PP sostuvieron con sus votos a los que dejaron el país como un erial y su credibilidad internacional por los suelos. Los que vinieron después lo hicieron con un respaldo en las urnas que los resentidos de antes quieren laminar. Y como dijo Ortega, “no es eso”. Urge, pues una regeneración moral en toda regla. Que pasa por tirar de la cadena y mandar a la cloaca máxima a corruptos, pusilánimes, acusadores sin pruebas, acosadores de la democracia, chorizos reales -que no virtuales- y demás quincalla.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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