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CRÍTICA

D. T. Max: Every Love Story is a Ghost Story. A Life of David Foster Wallace

domingo 10 de febrero de 2013, 11:47h
D. T. Max: Every Love Story is a Ghost Story. A Life of David Foster Wallace. Viking. New York, 2012. 368 páginas. 24,92 €. Libro electrónico: 14,78
La biografía es un género de tibio interés en España. Salvo las obras sobre personajes muy mediáticos o políticos, la biografía tiene escasa trascendencia. Las causas pueden ser dos: primero, la tendencia ibérica y meridional a vivir en un presente continuo con poca relación con el pasado y con el futuro, una suerte de atemporalidad gramatical que etiqueta los tiempos que no son presente como sospechosos de herejía (y reduce la historia y la previsión al nivel de la ficción); segundo, la reducida transcendencia que el español otorga a personalidades que no sean políticos ni reyes o reinas del papel couché. En cualquier caso, en las letras hispanas la biografía es un páramo con dientes de leche, más que picos de sierra.

La biografía, además, es un género poco uniforme. En ocasiones, ofrece mucho; otras, aporta poco al conocimiento del biografiado. Para un aficionado a la literatura, la biografía, más o menos breve, es muchas veces la puerta de entrada en la obra de un autor. Los autores tienen a menudo vidas diferentes, excéntricas, interesantes, que son tarjetas de lo que su obra nos puede ofrecer. La biografía que nos ocupa, Every Love Story is a Ghost Story , es una de esas puertas a un autor que no fue ni político ni rey del papel couché, y que tiene una obra tan transparente que alguien puede preguntarse, ¿y para qué necesita David Foster Wallace una biografía, si su obra es un mapa mental tan preciso como el GPS más avanzado?

Every Love Story is a Ghost Story está escrita por D.T. Max, escritor del New Yorker. Y aunque el estilo de D. T. Max es lo más opuesto al del D. F. Wallace, el libro cumple con la misión de acercar al lector a algunos recovecos de la vida del escritor, previsibles a veces, pero recovecos. Wallace fue el escritor de culto más polémico de la nueva narrativa norteamericana, hasta su muerte por suicidio en 2008. La publicación póstuma de The Pale King lo ascendió al altar de los elegidos para la transcendencia internacional. Más que inteligente, Wallace fue un escritor hiperinteligente. Esto no es muy normal en un escritor. Pero todavía es menos que fuera una persona obsesionada por la sinceridad y la honestidad hasta extremos excepcionales.

Idea de su precocidad la da el que uno de sus dos trabajos de licenciatura fuera La escoba del sistema, su primera novela, que acaba de ser publicada en España por la editorial malagueña Pálido Fuego (el otro trabajo fue una refutación lógico-filosófica). Pero Wallace era bastantes cosas más: hijo de un profesor de filosofía y de una profesora de inglés obsesionada por la gramática y su uso, jugador precoz de tenis, habitante del Midwest norteamericano, ese reducto de vida aparentemente idílica cubierto por una capa de laca de uñas fucsia plástica que esconde las llanuras más desoladas en invierno, los campos de maíz más interminables, los horizontes más abiertos y creadores de soledad, las “twin peaks” más desconcertantes. Un mundo lejano de los centros de cultura que no sean campus universitarios salvo por la televisión (en esos años). En ese mundo, lo normal es que se hubiera criado el autor más americano del orbe y, sin embargo, creció el más internacional, aquel con el que cualquier adolescente de un extrarradio europeo (un adolescente inteligente, eso sí) se puede identificar. ¿Por qué?

Leyendo la biografía se percibe que la experiencia más definitoria de Wallace fue sin duda sus años formativos en el Amherst College del estado de Massachusetts. Allí, Wallace desarrolló lo que sería su vida después: una intensa búsqueda del reconocimiento ajeno mezclada con un desprecio por ese mismo reconocimiento. Wallace fue un estudiante brillante, tímido, crítico, dado a fumar marihuana, escuchar música y pasar interminables horas en la biblioteca. Allí descubrió la escritura, la amistad y las crisis depresivas, algo que le perseguiría toda su vida. Allí refinó su amor por Derrida y por Pynchon, y allí se gestó la idea de que él, ese joven del Midwest dado a la precisión de las palabras podía hacer algo, algo que transcendiera, algo que diera sentido a la vida de la gente común, algo que le hiciera más humano y que sirviera para que otros se redimieran. Allí trenzó su discurso sobre la sociedad americana, una sociedad solipsista, que busca sin parar la solución de la angustia, la ansiedad y el tedio humano en un hedonismo autoindulgente sin percatarse de que lo que cree ser salidas de su jaula son precisamente los barrotes. Allí decidió traspasar a la ficción la experiencia frustrante de un joven americano, blanco, de clase media, con una vida fragmentada, absurda, excesiva, hedonista, y definitivamente circular e inconclusa. Allí tomó la determinación de hacerlo de la forma más sincera posible, yendo directamente de los programas de TV más populares al Wittgenstein más elevado. Allí comenzó con los antidepresivos y pasó por el electroshock. Allí amasó su estilo arrollador, irregular, de arroyo que mana a borbotones mezclando cultismos y coloquialismos, alta y baja cultura, aderezado todo por un aparato de notas abrumadoramente interesantes e inteligentes. Allí decidió convertirse en un santón de la literatura, aunque no lo supiera.

Tras Amherst, Wallace luchó siempre por alcanzar una consideración y un éxito que le llegaron pero que nunca le satisficieron. La etapa de profesor en Illinois, en las “twin cities” Bloomington/Normal, y el gran éxito de La broma infinita lo convirtieron en un ser desquiciado, dolorido, dividido, adicto a los programas de desintoxicación, a sus perros y al sexo. Su prosa ensayística se elevó hasta las nubes y la ficción fue cayendo, sobre todo la de largo recorrido, la novela. Se embarcó en El rey pálido, un lisérgico, inconcluso y budista libro sobre la agencia de impuestos federales de los EE.UU. Partió después para Claremont, California, a enseñar en el Pomona College. Se casó, pero su ánimo fue cayendo hasta su suicidio en 2008.

Tratar de comentar la vida y la obra de Wallace en un artículo de esta longitud es casi una tortura. D. T. Max define La broma infinita como un “Guardián entre el centeno” para una generación que ha leído El guardián entre el centeno”. Pero el problema es que Wallace y su obra son muchísimo más. De entrada, conforman un mapa del mundo moderno y post-moderno o, mejor aún, un mapa de la trayectoria de un alma común en el mundo contemporáneo. Por ello, es necesario leer su obra. Y esta biografía. Y recordar lo que dijo Wallace en el extraordinario discurso del “Commencement” de 2005 en el Kenyon College: cuando eres un pez, es importante saber apreciar el agua que te rodea.

Por José Pazó Espinosa
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