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Misión imposible: en busca del rey perfecto

José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
domingo 10 de febrero de 2013, 19:27h
La monarquía española no pasa por su mejor momento. Atrás quedó la mirada fija de Juan Carlos I salvando al país de un terrible vacío de poder. El Rey, revestido de un carisma que jamás lograría recuperar y ataviado con su uniforme militar como si de un superhéroe se tratase (quizás inspirados en ello utilizaron los de la editorial de cómics Marvel la indumentaria real para vestir a Magneto), no sólo consiguió apaciguar los ánimos cual árbitro conciliador, sino que además logró justificar que su real trasero estuviera sentado en el trono.

Han pasado ya más de 30 años desde aquello, y no es que el monarca haya perdido facultades, no es que el rey se haya hecho “viejo”. Es que la monarquía es vieja per se, pero es algo que sólo nos atrevemos a recordar de vez en cuando a lo largo de la Historia. Esta institución es un cadáver político que se ha resistido a los cambios de Europa, logrando esquivar la muerte que la Modernidad le tuvo siempre preparada. La Corona burló a la guadaña (o quizás sea más apropiado hablar de la guillotina) en algunos bastiones europeos donde los súbditos aún se dejaban impresionar por los cuentos de hadas.

Ahora que la Casa Real hace aguas es cuando sus enemigos se ceban con ella, intentando buscar la estocada definitiva. Me parece tan sumamente triste que en lo referente al cuestionamiento de la monarquía, se recurra a la opción de tejer un argumentario lleno de elementos diversos y casi hasta estrafalarios.

Las críticas parecen alcanzar el mayor refinamiento en materia de análisis politológico al afirmar con vehemencia que la actual monarquía es resultado de la generosa herencia que nos proporcionó don Francisco Franco. Lo grave no es que el Generalísimo facilitase la continuidad de la Casa de los Borbones, lo grave es que la mayoría de la población española lo aprobase, no sólo al ratificar el tratado constitucional, sino también al votar masivamente (cada vez menos, eso sí) a organizaciones políticas que no cuestionan en lo más absoluto la persistencia de esta excepción en la praxis democrática que supone la Casa Real.

Ahora la prensa juega a hacer el tonto con una línea roja que sólo los rotativos extranjeros tenían la posibilidad de cruzar. Juan Carlos I (“El Campechano”) se ve atacado con las tropelías de familiares presuntamente corruptos, insinuaciones acerca de irregularidades protocolarias con nombre de mujer, cacerías fuera de temporada e incluso hemos de escuchar a Willy Toledo diciendo que nuestro Jefe de Estado “pimpla”. Alguien ha abierto la veda y ahora todos atacan al Rey con lo que pueden.

¿En eso se basan las críticas? Para empezar, la indignación no debería ser contra una figura (el monarca) sino contra toda una institución (la Corona). Es la personalización de los problemas la que hace que nunca acabemos con ellos. Otros centrarán sus iras en el desorbitado presupuesto asignado a la Casa Real (algo más cercano a la envidia que a una crítica republicana), como si se tratase de un problema de dinero. Vaya, ahora que nos quitan la paga extra ya no queremos oír ni hablar de bodas de ensueño, reverencias ni palacios. La combinación de cotilleo y política –gracias, Telecinco– es una aberración cuya improcedencia no me voy a molestar en explicar. Si la alternativa a esto es la demagogia convencional y panfletaria, esa que invita a llevar banderas tricolor hasta en cabalgatas, carnavales y procesiones, jamás lograremos caer en la esencia del problema: tenemos una Jefatura de Estado de carácter hereditario y debería darnos vergüenza.

Así, quizás algunos sigan esperando al “rey bueno” como quien sueña con un príncipe azul. Por muy poco poder que tenga un monarca a día de hoy en España, no deja de sugerirme una grave falta de autoestima política que echa por tierra cualquier esperanza de que sean algún día los ciudadanos quienes gestionen efectivamente sus vidas. Democracia y monarquía son incompatibles.

José María Zavala

Sociólogo

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