ADMINISTRACIÓN, DIPLOMACIA Y POLÍTICA DE CARNET
lunes 28 de abril de 2008, 00:03h
Decía López Rodó que el funcionariado es “el esqueleto del Estado”. Decía bien, porque del grupo humano que desempeña las ingentes tareas que la burocracia estatal comporta depende en gran medida que un país funcione o no. El Estado, por tanto, ha de dotarse de de los servidores públicos más cualificados si quiere prosperar. Sin ingerencias. Las consecuencias nefastas de un “sistema político de despojos” -como se dice en inglés americano- las tenemos a mano: Argentina -que le impresionó a Ortega en las primeras décadas del siglo XX, por su “estilo prusiano” del Estado- uno de los primeros países en dotarse de cuerpos de administración civil independiente, los deshizo y politizó tras Perón con las consecuencias que están a la vista. Los funcionarios, pues, deben estar al servicio del Estado –que no del gobierno de turno- previo paso por una oposición que certifica su valía. Y tales competencias no se prueban en las sedes de los partidos ni se acreditan con carnet alguno. La creación de una administración estatal despolitizada y no gubernamental es un proceso que en todos los países occidentales ha caminado pari passu con la separación de poderes y la democratización de nuestros sistemas políticos. En España, fue el gobierno Maura de 1918 quien dio un paso fundamental en ese sentido. Y -no lo olvidemos- el hecho de que el general Franco, al menos desde mediados los años cincuenta, respetó y (con López Rodó) impulsó los grandes cuerpos del Estado, constituyó un punto de apoyo fundamental para el éxito de la Transición democrática: porque los funcionarios (a diferencia de lo ocurrido con Perón o Mussolini) se debían al Estado y no al gobierno. Es preciso, pues, que la sociedad civil permanezca vigilante ante los intentos de los partidos políticos de politizar y canibalizar la administración según sus intereses, retrocediéndonos a un mundo galdosiano de “cesantes” y “pretendientes” del que sólo queremos saber por las novelas. Está bien que los partidos del turno se entiendan en los grandes temas de Estado. Es lo que deseamos la inmensa mayoría de los ciudadanos-contribuyentes, sea el que quiera nuestro voto. Estamos ansiosos porque pacten la administración de Justicia, por ejemplo. Pero, los empresarios del poder, tanto del gobierno como de la oposición, deben saber que los ciudadanos queremos un pacto para tener una Justicia separada, independiente y eficiente, no para que los políticos acuerden su reparto por “cuotas”.
Y lo mismo cabe decir de la administración Exterior. Porque un ejemplo alarmante de lo que venimos denunciando lo encontramos ahora en España con el nombramiento de demasiados embajadores que no pertenecen a la carrera diplomática. Un número reducido de embajadores políticos los ha habido siempre -y, en algún caso, puede ser un expediente aconsejable y eficiente. Tantos, nunca. Todos pensábamos que aquellos tiempos en los que la representación de España en el exterior se confiaba a hijos de familias ilustres por el mero hecho de serlo quedaban ya muy lejos. Pero, en todo caso y en aquellos tiempos remotos, al fin, el Duque de Osuna se pagaba la Embajada y sus extravagancias. Ahora, las pagamos los contribuyentes. Desde hace casi un siglo, en efecto, nuestra imagen nacional, representación y defensa de nuestros intereses en el exterior se encuentran en manos de un Cuerpo de la Administración especializado, con una preparación y formación no sólo dignas de admiración, sino también con un enfoque tan específico para las funciones a desarrollar que hacen de la misma difícil su reemplazo improvisado. Un hecho que hace más escandaloso el nombramiento a dedo de políticos sin formación ni vocación ni tan siquiera la experiencia en el extranjero ni dominio de idiomas. La necesidad de los partidos en el poder de utilizar cargos para recompensar favores pasados o de dar una canongía más que digna a políticos desgastados, no debe hacerse a costa de la imagen y los intereses del Estado. Pero el hecho es que el Gobierno español parece estar utilizando embajadas de primer orden como cementerio de elefantes o premio de consolación para políticos desubicados. Una política arbitraria de nombramientos que no hace sino iluminar a un Ministerio errático, en el cual tres de sus cuatro Secretarías de Estado están ocupadas por políticos que tampoco son funcionarios de carrera y en la cuarta se encuentra al frente un simple Consejero de Embajada. Nada sorprendente, por otra parte, habida cuenta de la nula relevancia que Zapatero otorga a la política exterior. Con una presencia en la escena internacional cada vez menos destacada, es lógico que el funcionamiento de nuestra diplomacia se resienta también a nivel interno para escarnio de funcionarios de carrera ninguneados por aquellos cuyo único mérito estriba en una militancia política determinada.
REFORMA DEL PEMEX
La reforma del PEMEX que pretende llevar a cabo el presidente mexicano, Felipe Calderón, se ha convertido en el gran tema central de esta legislatura. Andrés Manuel López Obrador, líder del PRD, lleva meses promoviendo diversas movilizaciones en contra de la misma e intentado atraer a su causa a todos los sectores de la izquierda. A través de esta campaña, López Obrador está tratando de recuperar la unidad perdida en el seno de su partido, muy debilitado tras su traumática derrota electoral.
El apoyo o no a la reforma energética se ha convertido lamentablemente en una cuestión de pura adscripción política, dejándose de lado el debate racional. PEMEX lleva años perdiendo dinero a espuertas. Las reservas de hidrocarburos mexicanas han estado disminuyendo de forma preocupante desde mediados de los ochenta y el problema afecta también a la producción. PEMEX ha pasado de ser la sexta petrolera más importante del mundo en 2007 a ocupar en la actualidad el número once. A pesar de las enormes cantidades de petróleo que se extraen diariamente en México, no hay dinero para refinarlo y se da la paradoja de que el país ha de importar gran parte de la gasolina que consume.
El petróleo es una cuestión estrechamente ligada al sentimiento nacional mexicano, pero no por ello debe evitarse la discusión en torno a él. El mismo PRI, que se ha mantenido en un segundo plano en el enfrentamiento entre gobierno y oposición, se ha mostrado favorable a una reforma energética, aunque dejando claro que no transigirán si esto obliga a un cambio en la Constitución. Sin embargo, por más que López Obrador se empeñe en señalar lo contrario, el objetivo de Calderón no es privatizar el oro negro sino fomentar la inversión privada de forma que se rentabilice el proceso de refinamiento. La reforma del PEMEX es urgente y necesaria, por lo que es de esperar todos los partidos políticos mexicanos asuman esa necesidad y se comporten en consecuencia. Un país como México, que ha sido capaz de una transición a la democracia infinitamente más ordenada y exitosa que la de tantos países europeos en los años treinta, un país que ha modernizado y abierto su economía con tanta inteligencia, al punto de “invadir” con sus productos al “enemigo” del Norte, debería ser capaz de sacudirse la última caspa de nacionalismo económico que lastra su crecimiento. Nos interesa a todos porque el éxito de México es el de todos los que hablamos español.
AFGANISTÁN, EL PELIGRO QUE ACECHA
El primer ministro afgano, Hamid Karzai, ha salido ileso de un atentado perpetrado por milicias talibanes. El ataque se produjo en Kabul, la capital, síntoma del grado de osadía que alcanzan los terroristas. Máxime, cuando junto a Karzai se encontraban el comandante de la Fuerza Internacional de Asistencia para Afganistán (ISAF), el general estadounidense Dan McNeill, así como el embajador británico Sherard Cowper. Es de suponer que semejante concentración de personalidades acarrearía un importante despliegue de seguridad; como colofón, la excusa de estar todos juntos era la celebración de una parada militar. Pese a todo, los talibanes actuaron, y poco faltó para que pudieran haber llevado a cabo una auténtica masacre.
Aún perduran en la memoria colectiva las bravatas del gobierno talibán, así como las soflamas e invectivas de su cabeza visible, el mullah Omar. Ya la antigua URSS vivió allí su particular Vietnam. Semejante hecho no escapó a los analistas del Pentágono, cuya estrategia para intervenir en Afganistán e instaurar un gobierno fuerte y estable no ha tenido malos resultados aparentes. Karzai tiene un buen perfil internacional, habla inglés y es visto con buenos ojos por Occidente. Pero las cosas intramuros no han cambiado demasiado. La corrupción sigue campando a sus anchas, no hay progreso económico, y la ignorancia de una población con altas cotas de analfabetismo hace que Al Qaeda y los talibanes encuentren allí un excelente caldo de cultivo, no ya como vivero de terroristas, sino como imagen a nivel global de que es posible resistir al “infiel”.
Afganistán no tiene petróleo, pero sí una escarpada frontera montañosa con Pakistán, en cuyo interior se supone reside escondida la cúpula de Al Qaeda. Otro país fronterizo es Irán, cuyo papel en la escena política mundial es de sobra conocido. Y por último, las fuerzas internacionales allí desplegadas han empeñado su prestigio en el desempeño de una misión con poco que ganar y mucho que perder. Por eso, el hecho de que los talibanes se hayan atrevido a golpear en la capital y contra las cabezas más visibles del régimen –aliados incluidos- hace que no deba perderse de vista cuanto allí acontezca. No sólo por el pueblo afgano, que bastante ha sufrido ya. Por todos.