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La sombra de una amenaza en el norte de África

Víctor Morales Lezcano
jueves 14 de febrero de 2013, 20:06h
A partir de la segunda mitad de enero de 2011 comenzaron a desatarse las revueltas árabes que tuvieron en Túnez y Egipto sus escenarios predilectos. En Libia, la eclosión se tradujo en la guerra entre sectores partidarios y detractores de Gadafi -con intervención franco-británica, en apoyo de los insurgentes de Cirenaica-. Mientras que en Marruecos, la Monarquía y la Corte supieron esquivar con habilidad el conato de desafío popular al autoritarismo “carismático” tan enraizado en los países del Mundo Árabe. Argelia, por su parte, se comportó con un cauteloso repliegue para evitar la “recaída” en el sangriento bache hacia el que se precipitó el país entero durante los años 90 del siglo XX.

Dos años después de las rebeliones sociales que lanzaron a la palestra mediática el Bulevar Burguiba y la Plaza de Tahrir -en Túnez capital y en El Cairo-, proliferaron los síntomas precursores de la inestabilidad de fondo que anida en las sociedades egipcia y tunecina. (Volvemos a remitirnos a las sedes de dos milenarias civilizaciones del Mediterráneo norteafricano, como hemos venido haciéndolo en varias columnas publicadas en El Imparcial y en un breve libro de crónicas sobre la mal llamada primavera árabe). Veamos ahora el desarrollo más reciente de aquella primavera.

El pasado mes de enero ha distado de ser una balsa de aceite en la vida pública y política de El Cairo y Alejandría, las dos mayores aglomeraciones urbanas de Egipto, donde se han registrado más protestas y mayor número de manifestaciones airadas contra el gobierno de la República. Ha sido en las ciudades que jalonan el flanco noroccidental de Egipto (Port-Said, Ismailía y Suez) donde los tumultos han sido más aparatosos. En ésta última ciudad marítima, la cólera popular que alimenta la crisis económica en que yace el país y la radicalización del posicionamiento político que despliegan los partidos islamistas y las mismas formaciones cívicas liberales, se ha complicado con un episodio deportivo protagonizado por el club de fútbol local en un encuentro con un contrincante cairota. La determinación del gobierno de zanjar la reyerta entre los dos onces con el encarcelamiento de deportistas, hinchas y “pescadores en río revuelto” no hizo sino acelerar el pulso de la agitación callejera de Suez; agitación que respira todavía en una ciudad clave para el buen funcionamiento del Canal.

El enfrentamiento entre los sectores encontrados que polemizan sobre el futuro constitucional, parlamentario y político de Egipto, ha llegado hasta el extremo de que un predicador musulmán perteneciente a la rancia estirpe de los Torquemada, haya promulgado una fatwa (fetua o prescripción religiosa condenatoria), en teoría emitida contra El-Baradei, uno de los líderes aperturistas más conocidos con que cuenta el elenco liberal del Egipto post-Mubarak.

La gravedad que pueden alcanzar las soflamas condenatorias en algunos círculos del Islam político (piénsese en el caso del novelista indo-británico Rushdie, autor de la laureada obra Hijos de la Medianoche) nos basta para medir la hipertensión interna que recorre todo Egipto actualmente.

Donde sí ha llegado la sangre al río, lamentablemente, es en la avanzada república de Túnez, como se daba por sentado en los medios de comunicación de los años 80 y 90 del siglo XX. El hecho de haberse erigido en el primero de los escenarios donde sonó el pistoletazo de salida de la “primavera del jazmín”, confiere a Ifriquiya (África, literalmente) un lugar sobresaliente en el trayecto inquietante que vienen recorriendo las transiciones políticas en el norte de África. El hecho de haberse procedido a la normalización de signo democrático desde los primeros pasos dados por los protagonistas de la revuelta tunecina contra la taimada dictadura de Zide el-Abidine Ben Ali, no impide la sospecha de que la troika gobernante en el país acusa el ascendiente hegemónico del partido Ennahda, de corte islamo-moderado, pero también de algunos grupúsculos de corte yihadí. Esta evidencia alimenta las inquietudes de los liberales tunecinos, no solo en la capital de la República sino también en ciudades de relevancia económica como Sfax, Gafsa y Tataouine, volcadas hacia el sureste de Túnez.

Como ocurre en Egipto, donde se está a la espera de la convocatoria de unas elecciones parlamentarias que pongan las cosas en su sitio, también en Túnez predomina la expectativa de otra convocatoria electoral que esclarezca el panorama turbio a que ha conducido el proceso iniciado hace dos años, que tantas esperanzas alimentó sobre el triunfo de los principios, universalmente acariciados, de libertad y justicia. Mientras, sin embargo, la crispación que se viene instalando en la sociedad tunecina desde la victoria (relativa) del partido Ennahda y “allegados”, ha desembocado en un trágico suceso dentro del país: el asesinato a bocajarro de Chokri Belaid, que fue abogado y líder del principal partido de la oposición. Hecho de sangre cuya autoría se atribuye a la Liga para la Protección de la Revolución del 14 de enero de 2011. Omitimos comentarios ociosos sobre este tipo de ligas formadas por los “perros de la guardia”. El eco y resonancia del asesinato de uno de los opositores radicales al gobierno del islamista Hamudi Jabal y del mismo presidente de la República, el aperturista Moncef Marzouki, han sido monumentales. Túnez cuenta ya con una víctima de excepción en esta hora de discrepancia y disenso que fractura al pequeño y entrañable país magrebí, al que el autor de esta columna -a propósito- se siente muy vinculado por razones profesionales y de amistad importantes.

El camino hacia las confrontaciones internas ha comenzado a ser pavimentado en el norte de África. Por el momento, la oposición tunecina al gobierno de la nación ha anunciado que retira sin paliativos su participación en la Asamblea Nacional Constituyente. Por su parte, el poderoso sindicato Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT) no ha titubeado en convocar a sus afiliados y simpatizantes, que son muchedumbre debido a la politización paroxística en que está inmerso el país.

En un breve libro de carácter recopilatorio que lleva por título Norte de África: rebeliones sociales y opciones políticas (Madrid: ed. Diwan,) quien suscribe estas líneas quiso hacer de cronista de la primavera árabe hasta los meses de marzo-abril de 2012. Luego, en El Imparcial ha proseguido el curso serpenteante de la fenomenología de la Transición que están experimentando más de 160 millones de habitantes norteafricanos, vecinos meridionales del frontispicio mediterráneo de la Unión Europea. El asunto en juego -futuro arriesgado, aunque alentador y equitativo para la inmensa mayoría de norteafricanos- no es baladí.

La solidaridad transmediterránea debe tomar cartas en el asunto, en tanto en cuanto las circunstancias internas de cada país árabe lo permitan, y en la medida en que la toma de conciencia europea contribuya a que los pasos iniciados hace dos años en el Magreb y Egipto no se demuestren reversibles. Esperemos que las jornadas liberadoras de enero-febrero de 2011 no se conviertan en un episodio efímero en la historia del Mediterráneo. Ojalá que del espíritu innovador de aquellas jornadas surja una fórmula adecuada para la consolidación del librepensamiento y la democracia en el norte de África.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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