Carta a Jesús
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 15 de febrero de 2013, 19:56h
Querido Jesús, único Rey de mi vida, mi amigo: Quiero dirigirme hoy a Ti para contarte algo de lo que me pasa y de lo que le pasa a esta tierra amada que habito. Sé por la fe que sabes lo que me pasa y a mi país pasa, pero necesito contártelo como un amigo a su amigo, como un discípulo a su admirado y amado Maestro. Al fin y al cabo eres el hombre más perfecto, el supremo paradigma de hombre, el hombre por antonomasia dibujado por Leonardo, y como hombre pecador a hombre perfecto te hablo y espero oír tus palabras en este tiempo cuaresmal en que la Iglesia nos aconseja que nos reconciliemos contigo. Lo bueno de Ti, Jesús, es que eres hombre, y como tal nuestro dechado más estimulante. Lo bueno de Ti, Jesús, es que escandalosamente sigues siendo el carpintero, hijo de María, y pariente de los hombres de toda condición. Gracias a Ti, Jesús, el antropocentrismo tiene ya un significado divino que lo vinculará al Creador para siempre. Es el caso que mi amor a Ti se contradice con mis pecados cotidianos, con mis debilidades y mi falta de rigor moral. ¿Cómo puedo decirte yo con seriedad que te quiero, lo mismo que el resto del pueblo católico, si no agradezco con mis obras la salvación recibida a costa de tu sangre y dolor infinito, sino que sigo hozando en las faldas del mundo, como los cerdos de los gerasenos? Y es que la fe sin obras…
Sin duda con razones más ciertas que las de Pedro deberíamos decirte: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Aunque en realidad, para ser justos, en las puertas de tus iglesias, todas tus casas, podríamos escribir el lema: “Entrada sólo para pecadores”. Pero pecadores, claro, que no quieren seguir siéndolo por amor a Ti. Pero, ¿no es desesperante que tus discípulos sigamos siendo pecadores? ¿Qué podemos decir a la luz ( o mejor, al crepúsculo ) de este mayúsculo fracaso personal? Diríase que estas ovejas que tienen un Buen Pastor no corren ya el peligro del lobo exterior, sino de su propia y contumaz locura. O quizás ese lobo hambriento y feroz se haya ya instalado en nuestro propio interior. Misterio de querer ser y no poder ser. Misterio, en fin, de la Iglesia.
Es el caso que muchos hermanos nuestros pasan necesidad y angustias pecuniarias por culpa de los pecados terribles de unos pocos, unos pocos que siguen en sus mansiones calentitos y disfrutando de sus robos en cualesquiera de las formas que ya catalogase Aristóteles sobre los distintos tipos de latrocinios públicos. Efectivamente todo tipo de corrupciones políticas ( phthoraí ) descritas por Aristóteles en el Libro VII de su Política se dan aquí y ahora, y no hace falta, como hacía el Estagirita, conocer la historia de cien póleis para ejemplificarlas. En España hoy están presentes todas las phthoraí aristotélicas: el crecimiento desproporcionado ( aúxêsin tên parà tò análogon ), que se da cuando una parte de la pólis crece o se enriquece en detrimento de otras partes que enflaquecen o se empobrecen; la avaricia o pleonexía de los políticos, que se lucran unas veces de bienes privados y otras de los de la comunidad en una relación sinalagmática, esto es, la relación público-privado enriquece al político corrupto; las intrigas o eritheias, que hacen opaco lo que debe ser transparente ( el gobierno de la pólis ); malversar o robar los fondos comunes ( kleptousi tà koiná ); hacer a los ricos más ricos y a los pobres más pobres ( hoi mèn aporôsi lían hoi d´euporôsin ); la desviación de la justicia o utilización por parte del gobierno de los jueces ( toû dikaíou parékbasin ); la prevaricación o paranomía de los magistrados, mucho más perversa para Aristóteles que la malversación, porque transgredir la ley o hacer una ley ad hoc para salvar a los criminales de la justicia ( v. gr. la Ley de Amnistía fiscal de Montoro ) es mucho peor que robar, puesto que el ciudadano queda desnudo sin el escudo formidable y divino de la ley; la no constante puesta al día de la tributación al erario con respecto a las necesidades públicas ( sumpherei toû timêmatos episkopeîn toû koinoû ); permitir el engrandecimiento excesivo y desproporcionado de algunos ciudadanos ( mêt´auxánein lían mêdena parà tên symmetrían ) contra el interés común; no hacer imposible el enriquecimiento de los gobernantes ( mê eínai tàs archás kerdaínein ); no hacer imposible que el gobierno robe ( ou ta koinà kléptein tous archóntas ); no hacer imposible la indisciplina y la ignorancia en las escuelas, pues si la indisciplina es posible en el individuo, lo es también en la pólis ( eíper gár estin eph´ henós akrasía, esti kaí epí póleôs ). Como ves, mi buen Jesús, no hay corrupción de las catalogadas por Aristóteles que no se dé en este país de tu Santísima Madre. Pero el pecado, mi Señor, nuestro pecado, también nace de “los otros”, de aquellos que de forma farisaica utilizan la corrupción reinante para asaltar el poder y mantener en él la misma corrupción que desalojan de forma conspirativa y no mediante las urnas.
Durante treinta años se ha llamado “política o control de la natalidad” lo que ha acabado siendo una “prohibición de la natalidad”, impidiéndose quizás el nacimiento de los mejores y más hermosos niños. Capitalismo y Socialismo se han empleado a fondo para destruir la familia. La antigua y venerable estatua romana de Verecundia ha sido derribada y pisoteada por los intereses bárbaros del capitalismo pornógrafo y enervante. La eugenesia neonazi con ropajes progres. Una cultura unisex que no ha supuesto que los hombres lleven flores en sus sombreros o arrastren aquellas nobles vestiduras pontificales con las cuales la tradición envolvía a cada mujer como si fuera una reina, sino que las mujeres se vistan como hombres y hagan las más torpes “hombradas”. Todos los egoísmos individuales de los más fuertes llevados hasta el paroxismo sin la mínima contención moral. La plutocracia que esquilma a los pueblos muchas veces sin la expresión del obligado escándalo moral de las iglesias nacionales. El relativismo moral imperante en la educación y la cultura que prepara a los hombres a hacer el mal sin ningún dolor de conciencia o de culpa. La frivolidad que embota la sensibilidad ante el dolor de los demás. La felicidad de unos pocos que flota sobre un océano salado de las lágrimas de muchos, de muchísimos, como las de esos niños africanos que mueren de hambre por miríadas. ¿Qué te contestaremos, Jesús, cuando nos preguntes qué hicimos cada uno de nosotros por esos niños? Tu sola mirada justa nos va a aterrorizar, como la de ese magnífico crucificado que se encuentra en la Basílica de la Santísima Trinidad de Fátima.
Para ser monstruos de maldad no hace falta siempre cometer crímenes horrendos y sangrientos, basta sólo con no hacer nada para salvar la inocencia que habita en el mundo. Y yo me reconozco monstruo, mi Jesús, con una cuenta de moralidad llena de números rojos. ¿Hasta cuándo me aguantarás, mi Señor, mi dulce Jesús? ¿Con qué misterio humano explicas que viva un pecador y muera un niño de hambre, supremo símbolo del pecado? Ya morir un niño es un misterio de la teodicea que nos vuelve locos, pero si encima el niño muere de hambre nos deberíamos convertir en locos furiosos, en locos suicidas, en entes dolientes, en almas rabiosas. Pero lo cierto es que no pedimos, mi Jesús, un calmante fuerte que nos quite el dolor moral que causa la visión de un niño muerto por el hambre. Sólo solicitamos los calmantes o el alcohol para librarnos de nuestro propio dolor físico o moral, y es que los demás no nos duelen, monstruosamente no nos duelen, brutalmente no nos duelen nada. No es que seamos pobres psicópatas irresponsables; peor, somos pobres fariseos que con un billete mensual a Cáritas intentamos engañarnos a nosotros mismos. Somos subhumanos. Pero no, que no nos podemos engañar. Ahí estás Tú, el Hombre, el paradigma de lo humano, para despertarnos cada día y decirnos que ese día aún podemos tener la oportunidad de ser hombres. Y algún día será el último. Y es seguro que no Tú, sino nosotros mismos nos condenaríamos. Nos condenaríamos por pura lógica humana. ¿O no?
¿Cómo puedes contener tu cólera, Jesús mío, contra nosotros? ¿Quiénes aplacan tu ira para no eliminarnos con justicia?
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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